Escribir en voz alta

Escribir en voz alta: corrección de textos

Estás escribiendo. Necesitas terminar ese texto para cumplir con un encargo, un compromiso, con tu propia planificación semanal o simplemente porque te apetece y, cuanto más consciente eres del poco tiempo que te queda, o más te afanas, mayores dificultades encuentras: la inspiración ha huido, no tienes fluidez, sientes que ¡te has estancado! ¿Te ha ocurrido esto alguna vez? ¿Sí, verdad?

Pues, vente, sigue leyendo, voy a darte una solución.

Y se trata de una solución tan simple, tan sencilla, tan fácil de poner en práctica que a lo mejor hasta te decepciona: leer tu texto en voz alta, sí, escuchar lo que escribes.

¿Cómo puede ayudarte leer lo que escribes?

• Leer en voz alta un texto te ayuda a dotarlo de ritmo, y nada como reconocer el ritmo de un escrito para saber dónde debes añadir algo, eliminarlo o simplemente modificarlo.

• Leyendo en voz alta advertirás mucho mejor esas frases complejas, enrevesadas, que deberías reducir o eliminar. (No olvides la importancia de la sencillez).

• Reproducir tu texto en voz alta te ayudará con la puntuación y te resultará mucho más fácil reconocer dónde deben ir esos signos que tantos quebraderos de cabeza te producen.

• Escuchándote identificarás con mayor facilidad las repeticiones, redundancias, así como esas horribles cacofonías que has podido cometer y que tanto perjudican la lectura y comprensión.

• Leer en voz alta lo que has escrito, si además lo haces poniéndote en la piel de uno de tus potenciales lectores, te permitirá reconocer si se entiende bien lo que deseas comunicar, así como el potencial de mejora de tus párrafos.

• Escucharte leyendo tu texto te ayuda a dotarlo de organización, de estructura, con objeto de que su comprensión sea lo más eficaz posible.

En definitiva, no deberíamos infravalorar el poder sonoro de la literatura. Escuchar lo que escribes te ayuda, en general, a encontrarte en el texto, a comprobar si realmente estás comunicando lo que deseas y de la forma que deseas, así como a reconocer mejor los errores. También te aporta una guía muy certera sobre por dónde debes seguir cuando te has perdido y te sientes atascado.

Y, ahora, “escuchemos” a otros autores que de esto de escribir entienden. 😉

Anthony Trollope, uno de los autores ingleses más exitosos de la época victoriana, recomendaba: “Escuchar. Siempre empiezo mi tarea con la lectura del trabajo del día anterior, una operación que me lleva media hora y consiste principalmente en sopesar en mi oído el sonido de las palabras y frases. Recomiendo encarecidamente esta práctica a todos los escritores. Leyendo lo último que escribió antes de reanudar su tarea, el escritor encuentra el tono y el espíritu de lo que decía antes, y evita el fallo de parecer diferente a sí mismo”.

El poeta Henry Michaux sostenía: “Yo no puedo escribir si no es hablando en voz alta; es posible que se trate de un encantamiento. Es posible que la voz que surge del texto sea en realidad su metáfora, la más bella de las metáforas, la más eficaz. Porque tal vez no haya otra metáfora”.

El dramaturgo francés Moliere tenía bien claros los muchos beneficios de leer en voz alta su obra, tanto que se las leía a su cocinera. En realidad, parece que esta era una práctica muy habitual entre varios autores franceses.

Flaubert se pasaba horas leyendo en voz alta para escuchar cómo sonaban las palabras.

Charles Perrault decía: “Es necesario que la lectura se haga escuchando y que las páginas impresas sean voz sin nombre”.

Por lo visto, Julio Cortázar grababa todo lo que escribía y corregía sus textos mientras se escuchaba a sí mismo.

Dostoievsky le dictaba sus obras a su mujer y Dickens hacía lecturas públicas de sus novelas en teatros.

Y me gustaría concluir este artículo con una reflexión que me parece brillante y que encontramos en el noveno capítulo del libro Como una novela, de Daniel Pennac.
“¡Extraña desaparición la de la lectura en voz alta! ¿Qué habría pensado de esto Dostoievsky? ¿Y Flaubert? ¿Ya no tenemos derecho de meternos las palabras en la boca antes de clavárnoslas en la cabeza? ¿Ya no hay oído? ¿Ya no hay música? ¿Ya no hay saliva? ¿Las palabras ya no tienen sabor? ¡Y qué más! ¿Acaso Flaubert no se gritó su Bovary hasta reventarse los tímpanos? ¿Acaso no es el más indicado para saber que la comprensión del texto pasa por el sonido de las palabras de donde sacan todo su sentido? ¿Acaso no sabe como nadie, él, que peleó tanto contra la música intempestiva de las sílabas, la tiranía de las cadencias, que el sentido es algo que se pronuncia? ¿Cómo? ¿Textos mudos para espíritus puros?”.

Parece ser, por tanto, que esto de escuchar lo que uno escribe, o escribir en voz alta, se trata de una práctica extendida. ¿Qué te parece a ti?, ¿haces algo parecido?, ¿te funciona? Nos encantará que nos cuentes tu experiencia y opinión y, si te parece interesante, ¡ayúdanos compartiendo en tus redes sociales! Gracias. 😉

Berta Carmona Fernández

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