Sorprende y engancha a tus lectores con un buen principio

PrincipiosNos gusta mucho una frase que afirma: «No hay segundas oportunidades para primeras impresiones». La primera impresión que se lleve de nuestro libro un posible lector que lo tome en sus manos para hojearlo va a estar basada (aparte de en otros elementos como la sinopsis o la portada…) en el comienzo que hayamos elegido para arrancar nuestra narración. Y no tendremos más que una oportunidad para captarlo, para engancharlo, para atraer su atención y conseguir que decida que le merece la pena continuar la lectura.Y es que las primeras frases con las que un autor decide comenzar su historia son claves para mostrarnos muchas cosas: el núcleo fundamental de la acción que desencadenará todo lo demás; la introducción de un misterio o suspense; la presentación del personaje protagonista; la muestra del estilo personal del escritor; el tema, tono o estilo que tendrá la obra…

Por esta razón, una recomendación importante para conseguir atraer a nuestros lectores es huir de los datos y las descripciones superfluos (pueden desubicar y hacer perder el foco) y arrancar ya con algo que estimule al lector, que lo sorprenda, lo zarandee y despierte su curiosidad haciéndole sentir ese deseo infatigable de leer sin cesar hasta descubrir o encontrar las respuestas que necesite.

Una fórmula casi infalible es comenzar exponiendo un conflicto y creando tensión. A algunos autores les funciona abrir con una acción trepidante, conseguir un ritmo muy rápido que directamente sitúe al lector en el centro de la acción. Sin embargo, también es válido empezar con un ritmo más pausado, que vaya aumentando progresivamente, pero que de alguna manera provoque algún movimiento, ya sea apelando a sus emociones o sentimientos, generándole alguna intriga, presentando un reto que querrá saber si superarán los personajes.

La muerte, el amor, las emociones, el misterio…
son recursos muy presentes en los comienzos de los mejores libros que han pasado a la historia de la literatura. Quizá por eso García Márquez, quien llegó a reconocer que podía tardar meses en escribir las primeras frases de sus novelas, decidió abrir de la siguiente manera Crónica de una muerte anunciada: «El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo».
Stieg Larson, en Los hombres que no amaban a las mujeres, opta por presentar un misterio que rápidamente querremos saber cómo va a resolverse: «Se había convertido en un acontecimiento anual. Hoy el destinatario de la flor cumplía ochenta y dos años. Al llegar el paquete, lo abrió y le quitó el papel regalo. Acto seguido, cogió el teléfono y marcó el número de un ex comisario de la policía criminal que, tras jubilarse, se había ido a vivir a orillas del lago Siljan».
Nabokov, sin embargo, eligió para su novela Lolita por un comienzo con menos acción, pero lleno de emociones, sentimientos y pasión… que inevitablemente provoca un movimiento en el lector:
«Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita».
Y todos conocemos el arranque de
La metamorfosis
de Kafka: algo totalmente diferente, misterioso, sorprendente…, que hace que el lector inevitablemente se pregunte qué está pasando y cómo se va a resolver dicha situación: «Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo».
Otro inicio absolutamente intrigante, que te deja con ganas de más, es el del Corazón tan blanco, de Javier Marías: «No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados».

Esperamos haber aportado algunas sugerencias de utilidad para comenzar vuestras novelas. ¿Cuál es para vosotros el mejor de los comienzos que habéis leído? Gracias por ayudarnos a difundir este artículo compartiendo en vuestras redes.

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