Respiración cansada.

Ojos enrojecidos.

El rostro inundado de lágrimas.

Manos temblorosas.

Ya no puedo más.

Trato de avanzar unos pasos más, pero siento mis piernas como si fueran cristales, tan frágiles que pueden romperse de un momento a otro.

¿Debería volver la vista atrás? ¿Para qué? ¿Para ver todo el dolor que abandono, todo el sufrimiento? No, no puedo dejarme vencer a esta altura del camino.

Simplemente, levanto la vista y continúo andando, con pasos cortos y cansados. Nunca pensé que sería tan difícil dejar los problemas atrás, pero nadie dijo que fuera fácil.

Miro a mi alrededor, pero estoy sola. No me importa, la soledad ha sido mi única compañera en estos últimos años. Aunque antes de todo, yo era diferente. Era feliz, sí, me despertaba y sonreía al mundo, y abrazaba a la gente y ellos me correspondían. Pero…¿qué ocurrió? En aquellos días soleados, una nube oscura se cernió en torno a mí, y me sentí atrapada, hasta el punto de no poder escapar. Los rayos de sol ya no se filtraban a través de la densa nube, y yo cada vez me aislaba más de mi mundo feliz, para acabar en la inmensa soledad de tristeza. ¿Quién trajo aquella infelicidad a mi vida? Tal vez de ellos no fuera la culpa, tan sólo la tenga yo… Ellos sólo decían lo que pensaban, aquellos que se hacían llamar amigos me aconsejaban, pero creo que nunca me llevaron por el buen camino, más bien pienso que ellos crearon la densa nube en torno a mí, para que nunca escapara. Si no les hubiera hecho caso, mi vida sería diferente. Pero el miedo a la soledad me hizo aceptar esa lenta muerte interior… pero que al fin y al cabo llega. Tal vez, si ellos no hubieran cambiando, yo tampoco lo habría hecho. Si ellos no hubieran seguido las normas de esta sociedad, yo no habría caído en la tentación. Pero ya era demasiado tarde, y veía imposible volver atrás…

Hace tiempo que decidí abandonarles. Ellos no eran tan amigos como resultaban ser y yo no era tan ingenua como para hacerles caso.

Una mañana, vi un débil rayo filtrarse entre aquella espesa oscuridad, y decidí seguirlo.

Aún sigo intentando encontrar la luz, la esperanza.

¿Ellos? Se quedaron atrás, tan lejos de mí que apenas alcanzo a verlos. Están encerrados en sus propias nubes de problemas, y creo que nunca podrán escapar de ellas.

Cada paso, cada lágrima que resbala por mi mejilla me devuelve un recuerdo, que intento olvidar al instante.

Miro de nuevo al frente, y la claridad cada vez es más intensa. Mis pies descalzos piden que me detenga, pero a estas alturas no me puedo rendir. Y, a pesar de tener todo mi cuerpo amoratado y con arañazos y mi rostro demacrado, consigo alcanzar el final del camino.

Allí, hay una chica. Es igual que yo, excepto por su aspecto , el cual es completamente distinto al mío. Luce una sonrisa y tiene los brazos extendidos, como si quisiera abrazarme.

Me detengo frente a ella y la observo. Puedo ver mi reflejo en ella, una chica triste y desorientada. Pero a la vez está sonriente y parece tener muchas razones por las que ser feliz.

Una lágrima resbala por mi mejilla y la chica la retira con la yema de sus dedos y me mira con un rostro esperanzado. Ella está aquí para cuidarme. Tal vez esa antigua parte de mí nunca me haya abandonado y esté de vuelta para volver a guiarme por el buen camino.

La estrecho entre mis brazos y mi cuerpo se funde en el de ella.

De repente, todo se convierte en luz y esperanza.