Cómo crear personajes literarios que contribuyan al éxito de tu novela

Los personajes son las piezas claves a través de las cuales se articulan todas las historias, de ahí que sea fundamental, en una primera fase, acometer bien la tarea de su creación. Más tarde llegará el momento de describirlos dotándolos de características.
¿Cómo afrontar su creación? La sugerencia que consideramos más importante es que huyas de cualquier tipo de estereotipo, ya que si te basas en estos, solo conseguirás personajes planos, sin fuerza ni consistencia para sostener tu argumento. Seguramente habrás oído hablar de personajes redondos, pero ¿qué son realmente? Se trata de aquel que se puede identificar totalmente con una persona de carne y hueso; aquel con el que los lectores podrán empatizar; que despertará todo tipo de sentimientos (positivos y negativos) sin dejar indiferente; alguien cuya vida sobrevivirá más allá de los confines del papel y puede quedarse con nosotros como un amigo más, a veces hasta como un guía en quien basarnos o de quien aprender; aquel que se definirá por sus luchas, sus contrariedades, sus triunfos y fracasos; alguien que, en evolución constante, experimentará las grandezas y las miserias de las personas reales… En definitiva, todo lo contrario a un perfil que se pueda definir por simples dicotomías bueno/malo; valiente/temeroso; fuerte/débil.
Los personajes redondos son aquellos que te permiten abordar los grandes temas de la literatura y los valores universales. Solo a través de la creación de personajes redondos lograrás mantener la atención de tus lectores, así como conseguirás dotar de fuerza a tu argumento y añadirás esos toques de suspense y misterio que contribuirán al éxito de tu obra.
Mientras estás inmerso en esta casi escultórica tarea de darles forma y vida a tus personajes, debes ir pensando qué papel ocuparán. Una clasificación muy habitual que quizá te sirva de orientación es: protagonistas; principales (los que, sin ocupar un papel protagonista, son esenciales en cualquier obra); secundarios (aquellos que se pueden eliminar sin alterar el conjunto); contraste (presentan un contrapunto al protagonista, por ejemplo, Sancho Panza sería el personaje contraste con respecto a Alonso Quijano), etcétera.
Ahora sí llega el momento de dotarlos de características y describirlos. Para esto vamos a recomendarte una herramienta que nos resulta de gran utilidad: el uso de tarjetas en las que puedas ir anotando y recopilando toda la información fundamental de cada uno de tus personajes, desde los datos más básicos (cómo se llama, qué edad tiene, dónde vive…) hasta los rasgos que lo definirán en su dimensión física; psicológica (qué piensa, cuáles son sus valores…); emocional (qué siente, a qué le tiene miedo, con qué sueña…); social (en qué tipo de ambiente se relaciona, cómo se desenvuelven…). También es importante que tengas en cuenta el registro en el que habla (el vocabulario que emplea y su forma de expresarse deberá ser acorde con su nivel cultural, el contexto social al que pertenece, etc.).
Por último, huye siempre de la forma más convencional de afrontar las descripciones (Aquella mujer tenía el pelo rojo, mediría 1,60 y llamaba la atención por el tamaño prominente de su nariz); por el contrario, deja que estas se deduzcan a partir de la narración: un personaje exponiendo sus sentimientos, emociones o complejos, por ejemplo, después de mirarse en un espejo; a través de una crítica o comentario ajeno…

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