Un ruido inusual entró por mi ventana.

Abrí los ojos.

El sonido de un golpeteo constante y confuso inundó mi habitación.

¿Vendría del jardín?

Sabía que no debía hacerlo, pero mi curiosidad de niña de ocho años hizo que quisiera levantarme de la cama. Sin embargo, aún no había salido el sol y podía despertar a Luci, mi hermana. Ella tenía un año menos que yo y, aunque la idea no me entusiasmaba porque yo era la mayor, compartíamos el cuarto.

La miré. Su pelo castaño, lacio y largo le cubría parte del rostro. Se veía tranquila. Pero la agitación que venía desde afuera no terminaba.

¡Tenía que saber qué pasaba!

No lo pensé más.

Me destapé despacito. En silencio. Salí de la cama sin darme tiempo para poner las zapatillas de levantar. Con seguridad mamá me hubiera llamado la atención por eso.

Me acerqué a la ventana.

Corrí las cortinas.

Allí estaban.

Cientos de mariposas felices revoloteaban mezclándose unas con otras. Parecían acariciarse entre ellas, besarse al ritmo del viento. Grandes, pequeñas, medianas. Eran tantas que el rozar de sus alas se dejaba escuchar.

Por primera vez nuestro jardín, verde, con flores amarillas, rojas y fucsias, estaba salpicado por diferentes tonalidades de azul que le daban esos insectos voladores.

Desde muy pequeña, mi madre me había contado esa historia. La historia de las mariposas azules que una vez al año visitaban Armuz, la ciudad donde vivíamos. Vienen a llenar las calles de vida. A alegrar a la gente.

Y es que eran tan tristes las casas de Armuz. La nuestra, sin embargo, era la única que tenía jardín. Nunca supe cómo lo hizo, pero mamá se había encargado de convertir ese terreno seco y oscuro de nuestro patio, en un impresionante campo de flores rodeado de árboles inmensos que nos protegían del calor y del viento, donde jugábamos al regresar del colegio.

—El poder de esas mariposas las vuelve capaces de animar a la gente a convertirse en una de ellas —nos decía mamá.

—¿Pero es verdad eso? —le pregunté varias veces y ella siempre me respondió que sí, que por supuesto que era cierto y que más de un pariente nuestro se había convertido en mariposa azul.

Me fijé en mi hermana.

Ella seguía dormida, tranquila, con su camisón de franela celeste que le encantaba usar, sin imaginar que si yo lo decidía, en ese momento podría convertirme en un animalito libre que surca los cielos con sus propias alas.

Volví a mirar hacia el jardín.

El sol empezaba a brillar con fuerza regalándole a las mariposas un brillo cautivador, un reflejo suave y tornasolado, inquietante, que me animaba a ser parte de ellas, de un mundo desconocido que me permitiría dejarme llevar por el viento. Alegrar a los niños al verme volar por sus patios grises con la esperanza, claro, de que no quieran atraparme.

—¿Y si las dejo pasar? —pensé—. ¿Se molestaría mamá? ¿Se asustaría Luci?

Y sin dudarlo más, abrí la ventana de par en par.

¿Cómo me sentiría siendo mariposa?

Una brisa fría entró en la habitación y con ella, una nube de insectos voladores me rodeó haciéndome caer al suelo y oscureciendo mi cuarto. ¡Luci! Ya no quería convertirme en uno de esos bichos. No quería ser parte de ese mundo. Quería mi cama, mi casa, a mamá, a mi hermana, a mis amigas de la escuela, hasta a Frida, esa profesora de mal carácter que disfrutaba llamándome la atención, hasta a ella la quería. Pero no podía hacer nada.

—¡Luciana! —le ordené sin alcanzar a verla entre el alboroto—. ¡Métete debajo de mis sábanas! ¡Ven conmigo!

—¡Mami! —la llamé sabiendo que era imposible que me escuchara desde su cuarto.

Cerré los ojos con fuerza para protegerme. Me tapé la cara con las manos y regresé a mi cama sintiendo el aleteo de los animales entrar por la ventana.

Me refugié debajo de las sábanas.

¡Allí estaba!

¡Encontré a Luci!

—Hola, hermana —me susurró entre risitas como si se tratara de un juego—. ¿De quién nos escondemos?

—De las mariposas —le respondí al sentir un sudor frío en mis manos—. De las mariposas del cuento de mamá. No te asustes. Están afuera —le dije.

—Pero si son buenas —me tranquilizó como si ella fuera mayor que yo retirando las sábanas que nos defendían—. No van a hacernos nada.

—¡Por favor escuchen! ¡Quédense quietas! —les pidió Luci a las mariposas quienes al oírla empezaron a reposar una a una sobre las camas, cortinas, cuadros, repisas, sobre nuestras muñecas…

—Les presento a Ema. Ella, es mi hermana mayor —sonrió, aunque sin dientes frontales.

En ese momento, todas, absolutamente todas las mariposas de la habitación detuvieron su vuelo para observarnos mientras batían con suavidad sus alas.

—Vamos Ema, que hoy nos llevan a volar por el río —me animó.

—¿Volar?

—Confía en mí.

Y Luci, las mariposas y yo, nos acercamos a la ventana.

Un par de alas azules y tersas empezaron a brotar de la espalda de mi hermana.

—Tú también tienes —me dijo—. Pero no te las toques. Son muy delicadas —me advirtió de inmediato al notar mis intenciones.

—¿Y mamá? —le pregunté—. Si nos vamos, se va a molestar.

—No te preocupes —la oí decir mientras entraba a la habitación desplegando unas resplandecientes alas azules punteadas color caramelo. Yo voy con ustedes.

Rossana Sala https://rodandoentrelineas.wordpress.com/
14 de enero de 2017