Y sólo quedaron los recuerdosCreando diminutos remolinos esbozados en el aire, la humeante taza de té fue recogida entre sus enfundados dedos blancos, y reclinando su espalda contra el mullido sillón de orejas dejó caer parcialmente su cuello hacia atrás, hasta que sus canosos cabellos recogidos en un pequeño moño se posaron sobre dicho respaldo, y todos sus músculos quedaron parcialmente inmóviles al sentir la sensación de descanso que apaciblemente ofrecía aquel holgado mueble situado al lado de una amplia ventana en la sala de estar. Descansó su mirada un instante en el blanco techo, cuyas vigas transversales cruzaban la estancia de lado a lado, y al volver a dejar caer su mirada contra su plisado vestido de un rosa pálido sus pestañas le parecieron más pesadas que nunca, y sólo pudo desviar levemente la mirada hasta llegar a guiarla donde uno de sus brazos quedaba oculto tras un guante blanco de seda. No podía dejar de recordar esa suave sensación de quemazón que aún después de tantos años seguía estando viva en el contorno de su muñeca. La penúltima vez que él la había tocado fue para detenerla, para hacerle entender que aún la seguía queriendo a pesar de sus múltiples errores; él fue quien fue a buscarla como si necesitase encontrar la rendición en sus labios. Si la memoria no le fallaba, y estaba segura de que no era así porque la mente olvida lo que el corazón siempre recuerda, fueron sus sinceras palabras, empleadas con suavidad en aquella conversación, las que les mantuvieron despiertos durante varias horas en las que en contadas ocasiones cruzaron las miradas para después dejar caer duramente sus enrojecidos ojos contra el férreo suelo entablado. Él fue el primero en hablar, y ella sólo se quedó callada, guardando silencio, ingiriendo duramente la cruel realidad, anhelando desadormecerse de aquel amargo sueño del que su mente no quería despertar. Tenían tanto que decirse que hubo demasiadas pausas y silencios, que costaba mantener una conversación fluida sin tener que pausar sus labios para seguir hablando con normalidad antes de que el dolor les volviera a detener por segunda o quizás por tercera vez. Su perdón era verdadero, pero el golpe de saber que la había traicionado fue más poderoso que la sensación de saber que le podría perdonar algún día, no quería ponerle punto y final a su historia, porque al fin y al cabo era eso, su relación con él, pero se había equivocado y no era un error fácil de perdonar, y aunque ella quería olvidarse de todo, dejar a un lado ese incómodo dolor que la presionaba de igual manera el cerebro y el corazón, se acabó por dar cuenta de que sería imposible retomar sus vidas como si nada hubiese pasado. Por eso, cuando él la tomó entre sus brazos y presionó su rostro contra sus hombros ella sintió que el mundo bajo sus pies iba a desaparecer en cualquier momento. La nostalgia y el hecho de hacerse a la idea de que nada volvería a ser igual que antes le trajo de vuelta a realidad, y fue cuando el tacto de su piel volvió a quemarla de nuevo, pero esta vez dejó una cicatriz en sus dedos muy diferente; ahora, aún después de todos los años que ya había pasado sin estar con él, volvía a recordar el dulce tacto de su piel entre sus yemas y pensó que ahora ya sólo le quedaban los hermosos recuerdos del ayer de los que nunca lograría desprenderse, porque al fin y al cabo las heridas ya habían cicatrizado y ahora la sabiduría de la vejez ya le había preparado para encontrar un nuevo y breve amor con el que pasar el final de sus días.