LA MUSA DE LA TRANSICION
Escrito fue, que nació en una familia aristocrática (Marqueses de Llanzol) Estudió en los mejores colegios, atractiva y apasionada, con novio desde la infancia, pero cuando preparaba la ceremonia para la boda con 18 años les dicen que son medio hermanos. Eran hijos del cuñadísimo de Franco, Serrano Suñer. Que tragedia de vodevil.
Ella no se suicidó de milagro, hizo curas de sueño en Suiza, se enclaustró en un convento y se fue a África de misionera seglar,  vuelve con 25 años  llena de inquietudes sociales. Fue amiga de los reyes, secretaria del Presidente del Gobierno y se comprometió en la legalización del partido comunista. Nombrada euro-diputada, muere de un cáncer mal curado, sola, sintiéndose hija de nadie y enemiga de la vida. Le pregunté si había sido la amante de Suarez y me contestó:
–Viniendo  de donde vengo,  tu crees…
Se llamó Carmen Diez de Rivera, y la llamaron “La Musa de la Transición”
 
LOS PESCOZONES DE LA ESPERANZA.
Murió el padre Alegría, doctor en derecho, filósofo, teólogo y compañero del padre Llanos en el Pozo del Tío Raimundo. Humanista comprometido con una iglesia renovada de esperanza, y jubilado por méritos de guerra incruenta, -puso en su tarjeta-. Vivió en una chabola, por “creer en la esperanza”, titulo del libro que le costó su expulsión de los jesuitas.                                                                                   Conocí la pasión del anciano padre por su iglesia. La iglesia  de la esperanza a la que tanto amó, en aquellos tiempos de amor brutal fue la iglesia del Pozo, mísera y dura, como la  “Esperancita”  del poeta “Maki Navajas”, una pobre puta del tercer mundo, vestida de verde, martirizada por las violaciones que frustraron su vocación maternal  y que se defendía del mal amor a pescozones.
 
                                                                                            
ESTO Y  AQUELLO.
Desde el delirio gritón y alborozado  del primer beso
a la rebelde lagrima del viejo en el geriátrico
guardamos amor en las grietas del alma sufridora.
Son “breves” que grava sin pensar el ciber del recuerdo
y sin quererlo brotan inundando de sentido la vida.
Escribir brevedades también es eso.
Vaciar el alma, y purgar el sexo.