No entendía el por qué de la tristeza de mis padres y familiares, todos vestidos de negro, al pensar que mi abuela estaba en un lugar mejor. ¿No deberían sentir alegría por ella? Tampoco entendía el significado de llevar ropa oscura en un día de verano por la tarde.

Cuando pregunté dónde estaba mi abuela exactamente, mi padre me contestó que en el cielo. No encontré ningún significado alguno. Se despedían de mi abuela como si estuviera en esa caja, pero resultaba que estaba en un lugar mejor y ese sitio parecía ser el cielo. Pero el cielo estaba hacia arriba…

Después de que el señor que hablaba en la misa cada domingo leyera unos versos de un libro negro, rostros conocidos y no tan conocidos se dirigían a mi padre para darle un tal pésame o decirle lo siento…

Después de ver una caja enorme de madera que se deslizaba suavemente hacia el centro de la tierra, los más cercanos de la familia se reunieron en casa para comer, beber y hablar, como si de una fiesta se tratara. Ahí imaginé que celebraban el viaje de mi abuela.

Aquella misma noche, a través de las cortinas transparentes de mi ventana, miré hacia al cielo oscuro y estrellado, buscando el lugar en donde podría estar mi abuela, que tanto cariño me había dado y tantos tiempos habíamos pasado juntas. No sé si era la infinidad del cielo o mi abuela se escondía, porque no podía verla de ningún modo.
Escuché que se abría el pomo de la puerta y chirrió, como siempre al abrirse y aproveché para sentarme en la cama, como pude, debido a la cantidad excesiva de peluches que habían en ella. La decoración de mi habitación no hacía dudar en que era una niña pequeña la que dormía ahí. Incluso la cuna, de cuando era un bebé, seguía en un rincón. Mis padres la usaban para guardar los peluches, pero yo ya me encargaba de ponerlos todos en mi cama.
Al abrirse la puerta, vi que asomaba la calva delantera de mi padre, de forma tímida y vigilando de no entrar de golpe. Sus manos gruesas aguantaban la puerta, para que no entrara luz a la habitación y me despertase.
Al ver que yo seguía en pie, con solamente la luz de la mesilla de noche encendida, entró sin miedo en la habitación, abriendo la puerta de par en par y se dirigió hacia mi cama despacio, donde yo estaba sentada.
Al preguntarme que qué hacia despierta, le conté que buscaba a mi abuela en el cielo. Se le enterneció la mirada y sonrió. Fue la primera vez que lo vi sonreír en todo ese largo día… Me rodeó mi espalda con sus brazos, me giró suavemente hacia la ventana y con la otra mano señaló al cielo, explicándome que ella era aquella estrella que brillaba más de todas. Me quedé sorprendida… quise mirar aquella estrella toda la noche, pero ya era hora de dormir. Mi padre me arropó con aquella fría sábana, como cada noche hacía ella, me dio un beso en la frente y me deseó dulces sueños.

Cerré bien fuerte los ojos, con la imagen de la estrella en al cabeza para que ella me acompañara en mis sueños.
Al despertar, me levanté de golpe, asustada, sin saber qué estaba ocurriendo. No estaba en mi cuarto de muñecas, no estaba en mi cama y lo único que había alrededor de aquella habitación blanca, que brillaba de tanta iluminación, era mi cuna, tallada a mano, que hizo mi madre antes de que naciera, pero sin los peluches.
Grité a pulmón a mi madre pero ni ella, ni nadie respondió, así que me quedé dudando un momento, pero al final opté por levantarme de aquellas sábanas exageradamente blancas y me dirigí hacia la puerta del mismo color de la habitación.

Un rayo de sol potente hice que cerrara los ojos al salir y pusiera mi mano en la frente.
Cuando recuperé la vista, vi con sorpresa que estaba sobre un suelo blandito, con un ligero movimiento, que a penas se notaba y mis pies descalzos notaban la suavidad de aquel suelo. Una delicada brisa se daba en la cara y hacía que se moviera un poco aquél pijama de verano con el que me acosté aquella noche. Creí recordar que me dormí con calcetines, pero dados los acontecimientos, eso era lo que menos me preocupaba en ese momento.

Asomé la cabeza por un trozo de suelo azul, del resto de suelo blanco y resultó ser que estaba por encima de las nubes… No me dio vértigo, me sentía cómoda en aquél lugar. Estaba tan sumergida mirando los trozos de nube, que no me di cuenta hasta un buen rato que no estaba sola.

Había un grupo de ancianos vestidos de traje de domingo jugando a las cartas, un grupo de niños de mi edad jugando a pelota, una pareja con sus hijos paseando… Pero había algo en común: todos vestidos de traje de domingo, fuera de invierno o fuera de verano, pero descalzos. Entonces me di cuenta que yo era la única que iba en pijama. No pensé en darle importancia, tampoco…

A parte de ir de traje de domingo, tenían en común que parecían todos muy felices. Nubes, felicidad… tardé en reaccionar, pero entonces me di cuenta que ese debía ser “un lugar mejor”. Mis ojos miel se dilataron, mi sonrisa se hizo cada vez más grande enseñando mi diente de leche caído y mi cabeza, excitada, empezó a buscar a mi abuela. Lo que no sabía, era por donde empezar a buscar. Entonces, me acordé de lo que me dijo mi padre sobre la estrella… pero eso me confundió aún más. Por suerte, antes de seguir la búsqueda, ella me encontró a mí.

Oí su voz llamarme por mi nombre. Al girarme, vi como su sonrisa se ampliaba y se mostraban aquellos hoyuelos tan gracioso que tanto me gustaban… ahí estaba ella, con aquellas cejas canosas que hacían juego con su pelo liso y corto… Sin pensármelo dos veces, corrí hacia ella y me fundí en un cálido abrazo. Cuando por fin abrí los ojos, observé que ella también estaba en traje de domingo, su preferido de cuando íbamos a misa.

Me preguntó que qué hacía allí y yo le dije que la echaba de menos. Ella se puso pensativa y me preguntó si había sucedido algo para que yo hubiera llegado hasta allí en tono preocupado. Nos cogimos de la mano y paseando por las suaves nubes empecé a contarle todo, el largo día de ayer, todos vestidos de negro, que su hijo me contó que ella era una estrella, que me fui a dormir soñando en ella… y que desperté ahí. Mientras se lo contaba, todo excitada, mientras iba mirándola a sus ojos oscuros pero a la vez apagados, sin mirar hacia delante, ella parecía un poco confundida pero al final pareció entender la situación. Me estuvo observando y al final entendió que iba en pijama… y sonrió.
Me estuvo contando sobre aquél lugar mejor y respondiendo a mis dudas. ***Le dije que quería estar allí con ella para siempre. Pero después de un largo e intenso día con ella, me llevó de nuevo a aquella habitación blanca y me arropó como siempre hacía. Esta vez no me contó un cuento, si no que me estuvo explicando que esa noche era una despedida, pero que nos volveríamos a ver.

-¿Pronto?- pregunté yo con una sonrisa en la boca.

-Espero que no. -Respondió ella con lágrimas en los ojos a la misma vez que sonreía.
Yo no entendí por qué ella no quería verme pronto, así que con lágrimas en los ojos me puse a dormir después de despedirme de ella. Aquella noche tuve pesadillas.
A mitad de la noche, me desperté asustada con un grito. No entendía nada, volvía a mi antigua habitación. Corriendo, mis padres entraron y me abrazaron.
-¿Qué te ocurre, pequeña?
-He visto a la abuela y he estado con ella en un lugar mejor.
-Ha sido un sueño, cariño…- Me dijeron con un tono preocupado.
Mis padres se miraron de una forma que yo no entendí. Con cinco años, poco puedes entender. Ahora, a mis 70 años y vestida de traje de domingo, junto a mi abuela, entiendo que no fue un sueño lo que viví, aunque fuera en pijama.