Corren como si no los pudiesen alcanzar esos pájaros negros, juegan a la vida detrás de los muros de la vida. Funden sus rayos de luz en la plenitud de nuestras miradas para hacerse más pequeños cuando dejamos de mirarles, hasta quedar contenidos en nuestro iris. No sienten el frío de las primeras mañanas ni los impactos que la vida, en su quinta estación, enarbola bajo sus pies. Hielo pueden pisar en las noches más oscuras y en todas esas ocasiones aprenden el valor del último aliento, la más dura lección para que una existencia ruede rápidamente hacia algún lugar, terminando por ser aquella estrella que nunca miraremos. Himno se vuelven esos despertares que nos conducen al enigma de esa mirada escurridiza, la misma que no tiene cimientos pero es ligera como la plegaria de los amantes por volver a sentir su calor.

Corro tras de ti por el laberinto caduco que es la vida, mientras los destellos de tu sienes me guían entre calles de paja, entre suplicas silentes de volver a amar antes del impacto final. Bailábamos esa música que sale de tu pecho, no envejeciendo con el paso de los compases que completan el otoño. Suena esa música endiablada rebotando en los rincones de mis costillas, haciéndome creer completo y con briznas de libertad.

Caen acentos que oprimen la fiesta del amor, sonidos metálicos dispersos en tus cartas, oquedades que derrumban mis esperas. Y si existiese música que desnudase el ayer no podríamos inventarnos libremente.

Ya brillan esas gotas de oro en mis ojos, esas que me devuelven al mundo como es: para volver al acertijo que es el otro, para acabar por nacer otra vez fuera de esa oscuridad tan plena. Respiro, gracias a esa luz que no apagaste.

toda esa oscuridad