Mientras llegaba a aquella casa, sentía latir su corazón con una fuerza tal que hasta se podía ver vibrar en cada poro de su piel.

Preguntándose una y otra vez porque esta mañana al despertar, no había pensado en nada más, en nadie más, sólo en esa casa y por qué era que se dirigía hacia ella como un imán atrayente, como si se rodeara de una brisa envolvente, por qué era que esta vez cayó en el delirio de dejarse llevar.

Mientras caminaba sólo escuchaba a sus desgastadas zapatillas rozar con la acera, sin poder detenerse y sin saber ni siquiera porque no lo hacía.

Recordaba los momentos imborrables que se escondían en aquella casa, en los cigarrillos de su madre que le ayudaban a aplacar su profunda desolación, en el llanto de sus hermanos y en la espalda de su padre atrevesando la puerta, eso es lo único que recordaba de él.

Creció con el odio de su madre incrustado en los intestinos, creció con el aliento venenoso de ella cada vez que hablaba del “ser inservible que les había dado la vida”, creció con el resentimiento que recorría en la sangre de sus hermanos, resentimiento no por su padre sino porque pareciese que desde en que el momento en que él cruzó la puerta, ella se fue con él, resentimiento por una madre que se quejaba de aquel “ser inservible”, tanto que lo único que no llegó a valer la pena en esa casa fue ella, resentimiento porque nunca la escucharon reír y si sonreía estaba ausente, con la mirada en otro tiempo, su cigarrillo sostenido por unos dedos quemados, con sus cabellos desteñidos y una ondulación mal hecha, con su rostro marchito y con el mismo vestido de siempre que sólo se sacaba después de una semana para lavarlo, luego volvía a él, contradictoriamente decía porque ese era el vestido preferido de aquel “ser inservible”.

Mientras caminaba creía haber heredado lo que más despreciaba de ella, la indiferencia, lo llevaba en la mirada, en esos ojos secos que la vida se había encargado de trasmitirle, en el fondo tenía miedo que también se secara su corazón.

Su mente en cambio reaccionaba con todo, mientras caminaba decía una y otra vez, tal vez llegó la hora de creer, no entendía el porqué de ese sudor frío que recorría su rostro, parecían ser las mismas gotas que resbalaban por las mejías de sus hermanos cuando yacían encerrados en algún cuarto de aquella casa, porque su madre prefería escuchar las voces tormentosas del pasado que el propio llanto de sus hijos.

Creía que esperar a que algo ocurriera no le iba a solucionar la vida, creía que Dios era el invento eterno del hombre, sin embargo a veces se le incrustaba en la mente como vidrios en la piel y se sorprendía hablando con él, diciéndole “¿por qué no estás, acaso me has abandonado igual que mi padre?”

Los mismos sentimientos confusos tenía hacia su padre, tal vez Dios y él sean la misma persona, pensaba en esos momentos, tal vez eso no importaba, si al final ambos no estaban.

Caminando sentía como su aliento se estrellaba contra el viento, se veía un humo salir, deseaba envolverse en él y desaparecer de aquella fría mañana.

Cada minuto que pasaba sentía que tenía un tambor por corazón, dos canicas por ojos por lo inmensos que se habían vuelto y un nudo en la entrepierna.

Por fin entró a aquella calle, pasó por una alfombra de hojas rojizas regadas en el suelo, es como si hubiesen sabido que llegaría, estaban dispuestas a volver a sentir su peso sobre ellas, a lo lejos se veía a un naciente sol que había salido sólo para meterse entre su ropa y reflejarse en su rostro. Tal vez en otro tiempo lo hubiera valorado.

Llegó a ver a aquel árbol, aquel árbol cómplice de sus locuras, desenfrenos y amores. Aquel árbol que guardaba el secreto de su primer beso y que aún llevaba aquella casita en lo alto, sintió unas ganas enormes de esconderse en ella y no salir jamás, así como lo hacía antes, durante los horrores histéricos de su madre o para soñar olvidando su rabia y frustración, pudo acercarse tanto a él, que se dio cuenta que era lo único bueno de aquella casa, lo estrechó contra sus brazos queriendo cubrirlo todo, pero sólo alcanzaba a cubrir la tercera parte, quería decirle que no se había ido, que no lo había abandonado al igual que Dios y su padre, que aún estaba aquí, quería impregnarse de su olor y que éste se impregnara del suyo también. Luego volteó su rostro y allí yacía aquella casa, la casa a la que tanto miedo tenía regresar, aún conservaba las flores lilas en el jardín, aún estaba verde, verde como la esperanza que llevaba sin saber de que. Tal vez era la misma esperanza que su madre llevó durante tanto tiempo, esperando ver entrar por aquella puerta a ese “ser inservible”, por esa puerta en la que veía ahora con sus enormes ojos y la piel helada, esa puerta que se cerró tras su padre y nunca más dejó que entrase la luz a aquella casa, a aquella enorme casa, con acabados casi perfectos, de madera antigua pero perfecta. Antes de entrar se preguntaba si su olor seguiría siendo el mismo, si seguían los mismos ruidos en ella, si su textura y color no habrían cambiado. Se armó de todo el valor que no había tenido en años, es más, era el mismo valor con el que decidió irse de allí, sin saber que necesitaría del mismo para volver.

Decidió subir aquellos dos escalones algo resquebrajados ya por el tiempo, su corazón siguió siendo un tambor, sus ojos las canicas grandes y bellas pero ahora con un brillo fenomenal y seguía con aquel nudo ajustado en la entrepierna. Al tocar la perilla, sintió de inmediato una retroalimentación con aquella casa y lo único en lo que pensó fue “como pude pasar tanto tiempo sin verte”. Abrió lentamente, lentamente como si no quisiera despertar a alguien, sólo escuchó el sonido de la puerta al abrirse, era un sonido muy agudo, parecía que no tendría final. Pudo sentir el piso bajo sus zapatillas gastadas y sentía como poco a poco el olor del árbol impregnado en sus ropas se desvanecía para dar paso a un nuevo olor, a ese olor que había estado en su búsqueda hace tiempo, ese olor que se metía en su mente de vez en cuando sin saber de que ni de quien era, sólo llegaba sin avisar. De pronto se dio cuenta que esa casa la llevaba impregnada en la sangre, que necesitaba de ella para desarraigarse del veneno de su madre y para curarse del resentimiento de sus hermanos.

Todo allí parecía estar igual, tenía el mismo olor a flores secas, pareciese que la desolación de su madre fue tan grande, que su alma se la llevó el viento y toda su energía desgastada quedó en aquellos cigarrillos, cigarrillos que aún impregnaban la casa con su olor. Todo estaba tan igual que parecía que en cualquier momento escucharía a sus hermanos correr con sus risas, sus cabellos castaños y sus enormes ojos azules. Mientras avanzaba tenía la misma sensación con su madre, la sensación de encontrarla pero de no querer verla, de no querer verla sumida en la profunda soledad que la acompañaba, sumida en sus tiempos mejores, sin querer dar paso al presente ni a la realidad, sin querer darle paso a ellos, sin querer escucharles ni mirarles, porque cada uno de ellos llevaba algo de él, tanto pensaba en él, en aquel “ser inservible” que se había olvidado de ella, se olvidó de reír, se olvidó de las razones de porque en un tiempo sí amaba a la vida, ¿qué le pasó?, pareciese que hubiese pasado toda una guerra sobre ella, pero no, sólo fue un mal amor que la olvidó, tal vez en el momento en que lo hizo, ella ya se había olvidado de sí misma. “¡Entonces qué era, qué fue lo que tanto te perturbó para que se llevara tu mente, para que tu presente sean unos delirantes cigarrillos, para que tu mirada demuestre el eterno vacío de tu alma, un vacío que ni siquiera nosotros podíamos llenar, qué fue lo que te pasó madre, qué fue lo que hizo que te fueras a millas de nosotros, qué fue lo que hizo que te ensordecieras tanto para no escuchar nuestros llantos y risas!” preguntaba, deliraba, gritaba una y otra vez frente al sillón en donde ella compartía con la soledad de su alma, con la soledad de su piel, con la fiel compañía de un cigarrillo desgastante, aquel sillón que se encontraba en el lugar exacto donde lo dejó, en frente de la puerta, siempre creyó que ella se sentaba allí porque esperaba la llegada de su padre, que aunque ella lo consideraba inservible, sabía que le podía devolver la vida a su piel marchita, recobrarle el brillo a su mirada perdida y reemplazar la compañia del cigarrillo por la suya. Se preguntaba porque nunca le había dicho nada, porque nunca había descargado su rabia contra el ser que era capaz de excitar esa rabia y exacerbarla, tal vez porque se apiadaba de aquel ser desteñido que tenia por madre. Lloró tanto, lo hizo por toda la cantidad de años que no lo había hecho, porque tenía miedo de ser débil como su madre, se cargó tanto de impotencia, de rabia, dolor y odio durante toda su vida que todo lo descargó allí, en aquel sillón, que en su momento lo odió pero que hoy era su consuelo. Se sintió como si hubiese dejado el peso del mundo en aquella casa, en aquel sillón que aún llevaba la forma del cuerpo de su madre y las colillas y quemaduras de aquellos eternos cigarros. Se paró, enjugó sus ojos, se dio cuenta que no tenia seco el corazón y que aquella indiferencia ya no estaba más. Siguió hasta llegar a aquella sala donde pudo ver el polvo traslucirse en las ventanas, ventanas por las que había escapado por vivir algún amor. A la izquierda estaba una cocina que había permanecido abandonada desde hace mucho tiempo más atrás que desde que nadie viviera allí, mucho más atrás de cuando su madre murió en aquel sillón en espera de aquel cruel amor que ni siquiera se dignó en regresar por ellos, por su descendencia latente, por quienes llevaban el retrato vivo de sus ojos. Esa cocina dejó de funcionar cuando ella, cuando su madre dejó de hacerlo también.

Recordaba como se colaban en la casa de los vecinos por un plato de comida, como tenían que sonreírle a todo el vecindario porque más que vecinos eran sus fuentes de alimentos, como tenían que congeniar con niños arrogantes y mezquinos para ser invitados a sus casas, casas de tres cuadras a la redonda, para poder visitar cada una, la cuales volvían a visitar despues de un mes sin levantar sospecha alguna, para que los vecinos no supieran de la madre ausente que tenían y de la mente en otro tiempo en la que ella vivía.

A través de la ventana de la cocina pudo ver aquel jardín descuidado, con los columpios oxidados y una llanta mal amarrada a un árbol, pudo ver pasar su niñez en un vaivén de emociones, ese lugar le traía buenos recuerdos, tal vez porque su madre no había estado allí.

Retrocedió pensando en que ya había sido suficiente, aunque seguía sin entender por qué esa nostalgia seguía aquejando su existencia, por qué parecía que esa furia de fiera volvería en cuanto cruzase esa puerta, por qué sentía que algo quedaba pendiente, algo que no sabía como explicar, lo sentía desde el paladar hasta aquel nudo en la entrepierna. Cuando estaba por salir y tocar la perilla, oyó algo allá arriba, a través de esa escalera que no se había atrevido ni a mirar porque sentía que a través de ella encontraría el dolor de sus hermanos, que se refugiaban en sus habitaciones o que miraban desde aquella escalera como es que su madre sucumbía a su profunda desolación. Aquel dolor era el suyo también.

Subió, pensando en las voces y murmullos que se ocultaban en aquella casa, sólo escuchaba el crujir de la escalera, parecía interminable, tanto como la espera de su madre y como la esperanza de verla cambiar. Mientras subía, escuchaba un sonido familiar, un sonido de otro tiempo, un sonido que ya no debería de estar allí. Por fin pudo llegar a la cima, a la cumbre, al fin de la escalera, la puerta estaba abierta, había una mesita en la que junto a sus hermanos trataban de adivinar lo que no entendían en la escuela, no había a quien preguntarle la respuesta. Ese ruido seguía, venía de la habiación del fondo, de aquella habitación que alguna vez albergó sus sueños, sus dudas y miedos, sus risas, la suya y la de sus hermanos, en serio que parecía escucharlas o sería que las deseaba con tanta fuerza que parecían seguir allí. Le dolía haberse ido sin despedirse y sin decirles cuanto los amaba, se preguntaba en donde estaban, si sus pensamientos coincidían con los suyos, si sus miedos también. Llevaba esa culpa sobre los hombros, talvez por eso deseaba tanto escuchar sus risas, mirarlos a los ojos y que éstos le digan que todo estaba bien, que no le odiaban por ser como su padre y su madre, por dejarlos con esa loca perdida del alma y del corazón, que no le odiaban por haberlos abandonado. Fue allí cuando pudo darse cuenta que tanto era su obstinación por su madre que no había aprendido a vivir sin odiarla y que en ese compromiso que le habia jurado a la vida, de llevar el rencor en su sangre, se había convertido en ella también, olvidándose de sus niños, así los llamaba, olvidándose de ellos, encomendándolos a su suerte. No supo en lo que pensaba aquella noche, cuando decidió irse con una tormenta que azotaba la casa sin piedad, así como la insensatez azotaba su mente también. Se acordó de ellos, con sus ojos grandes y azules impresos en su mente, fue como el despertar a la oscuridad.

Siguió avanzando contra ese ruido que carcomía su desesperación. Al entrar en su habitación, en su habitación que aún olía a inocencia, pudo ver con tal perplejidad de donde provenía aquel ruido, era de la mecedora, de aquella mecedora diminuta de niños, en ella pudo ver a un hombre dando la espalda, aquella espalda que pudo ver por última vez mientras cruzaba la puerta, aquella espalda que fue lo último que vio de él, no la había olvidado. Era su padre, estaba allí, con los cabellos blanquecinos, traía una camisa blanca con unos tirantes cruzados en la parte de atrás. De pronto no sabía que sentir, sentía la desolación de su madre recorrer como una energía eléctrica su torrente de odio exacerbado, pero por primera vez sintió que era con justa razón.

Atinó a decir, ¿qué haces aquí? Él ni siquiera se inmutó. Se indignó tanto que no iba a permitir un trato indiferente como el de su madre, caminó hacia él con una decisión firme nunca antes sentida, tal vez sea la misma que le llevó allí. En cuanto se acercó pudo ver entre sus manos una escopeta que apenas sostenía por el temblor de ellas, no sabía si era por viejo o porque le faltaba valor para tirar del gatillo. No pudo dejar de sentir consuelo al verlo así, pensaba que era una culpa compartida, que no sólo la culpabiliadad recaía sobre sus hombros sino que ya tenía para compartirla con alguien más, con aquel “ser inservible” que ahora estaba a punto de darse un tiro. Se puso frente a él y sin dejar de apuntarse, él le dijo, sabía que vendrías, te reconocí por tus ojos de fiera asustada, en eso te pareces a mí. Se quedó con una impavidez tal que no pudo sentir nada claro en esos momentos, es que nada estaba claro. No podía creer que aquel hombre por el que tanto su madre esperó lo tenía en frente, por el que tanto estuvieron sus hermanos al pendiente a ver si algún día regresaba, tenía a aquel “ser inservible” en frente de sus dos canicas asustadas a punto de estallar y no sabía que hacer con él, si odiarlo por la desventura de su madre que trajo por consecuencia la suya también o llorar a sus pies diciéndole cuanta falta le había hecho.

Le gritó desde lo más pofundo de su ser, tanto que las cuerdas de su garganta parecían cuchillas desgarrándole la piel. Le gritó, le imploró que le dijera por qué los había abandonado, por qué los dejó a su suerte, por qué no le importaba si ellos comían, lloraban o reían, por qué dejó que su madre se muriera en un triste sillón “acolillado”, en eso le interrumpió con una risa sárcastica de loco indulgente “ella no murió, yo la maté”, al escuchar eso sus piernas no pudieron sostenerle más, cayó sobre sus rodillas sintiendo a la vez que el peso que llevaba no era nada, ahora cargaba la desolación sobre su espalda.”¡Yo la maté! -gritaba una y otra vez- con esta escopeta que ahora sostengo entre mis manos, entre estas manos temblorosas, con las que ahora quiero desaparecer yo también y no puedo, ese es mi castigo. La maté porque odiaba la forma en que me amaba, porque fue capaz de deshacerse de sus crías como una leona hambrienta por sobrevivir ella, porque no pensó en ti, en lo que te pasaría cuando lo supieras, en el odio que ahora llevas”.

Lo miraba con tal estupor sin entender una sola palabra de lo que decía, se cogía sus cabellos con tal fuerza como si desprendiéndolos daría pasó a la claridad en su mente, “no entiendo lo que hablas ¿la leona? ¿las crías? ¿por qué es que tenía que sobrevivir? ¿sobrevivir a qué?”. -”Sobrevivir a mi desprecio, sobrevivir al aborrecimiento que sentía por ella, por su engaño, por su deshonra, a mí, a ti, a esta casa”- su padre le dijo esto empezando con la energía que llevaba por la rabia que sentía y terminó con los sollozos de un niño moribundo lleno de miedo.

“Dímelo padre, dime cual fue la deshonra que cometió mi madre para que la aborrecieras tanto, dime qué fue”

Aquel ser inservible se armó de valor para poder contarle sin transmitirle el mismo odio y aborrecimiento que él sentía por ella. Respiró hondo pero con la voz y las manos aún temblorosas, dio paso a desvelar la historia y le dijo: “una noche en la que la lluvia caía como si no fuese a caer jamás sobre esta casa ni sobre esta tierra, tu madre y yo bebíamos unas copas con un vino de sabor especial, en realidad ya eran muchas, ella amaba ese vino -sin querer sonrió y pudo notar un brillo en sus ojos- de pronto de las risas que salían de sus labios color rosa, salieron tres palabras que hasta ahora llevan martillando mi mente, no son tuyos, yo le dije ¿qué? entre una sonrisa miedosa y llena de desconcierto le volví a decir ¿qué? Y ella con la mirada perdida me volvió a decir, no son tuyos, luego me miró fijamente a los ojos, envueltos en un vacío de tormento y desolación infernal y me dijo, los dos últimos niños, mis hijos, no son tuyos”.

No podía creer lo que decía, no tenía ni siquiera como saber si era cierto o no, sólo siguió escuchándolo con aquellas canicas que seguían a punto de estallar, pero ahora estaban a punto de estallar en verdad, en la verdad que tanto buscaba, así que lo dejó seguir.

“Cuando escuché tamaña confesión -dijo él- caí en desconcierto, sentí que los truenos de aquella lluvia caín sobre mi mente aturdida, mientras ella, tu madre, me miraba con un toque de culpabilidad pero no hacia ella sino hacía mí, esa mirada quería decirme que si lo había hecho era porque yo ya no funcionaba como hombre, que era inservible para ella, que ya no le servía más como amante ni como esposo ni mucho menos para ser el padre de sus hijos, me desprecié tanto a mí mismo que sentía que tenía el alma inservible -en esos momentos entendió porque su madre lo llamaba así, porque les hablaba a ellos como el ser inservible que les había dado la vida, cuando ni siquiera eso era del todo cierto- Después de lo que me dijo y de aquella mirada confusa en la que parecía pedirme consuelo pero a la vez hacía caer sobre mí toda la responsabilidad de porque ella había hecho lo que había hecho y quien sabe con quien, haciendo caer sus culpas sobre mí como la lluvia que caía allá afuera, reaccioné y pude ver que yo no tenía por que llevar a cuestas su poca voluntad al querer mantener las piernas cerradas, la deshonra fue de ella, no mía, que si por una limitación me cambia y me da a querer unos hijos que no son míos, que no llevan mi sangre, pero coincidentemente sí mis ojos, pues yo la cambio por su insensatez y por su engaño, no sólo a mí sino también a esta casa. Hubiera querido que en verdad fuera “cambiarla” pero no había nadie allá afuera esperando, que por la impotencia del cuerpo y del alma ni siquiera me atreví a buscar -su voz había dejado de temblar y conforme avanzaba sentía al odio voraz en su aliento- Luego en esa noche ella cayó dormida en aquel sillón de lo ebria que estaba, yo me quedé toda la noche despierto o lo que quedaba de ella, pensando en ustedes, en los niños que llevaban mis ojos y que no sabía ni porque, tú eras mi único consuelo”.

Con lo que había escuchado de pronto sintió una extraña conexión con él, de pronto creyó que de inservible sólo tenía el amor que le había dado a su madre y que ésta era un ser más enfermizo y macabro de lo que creía. Mientras pensaba en los lazos fuertes que estaban empezando a unirlos, en unos lazos que a pesar que llevaba diez minutos de conocerlo, jamás se había compenetrado así con alguien, creía que era por la historia, por la historia y las raíces que le manentenían como un árbol pegado a la tierra, por su origen que parecía no tener fin, por esa casa que no se había desprendido de su alma durante todo este tiempo, sentía que con él compartía esa misma historia, mientras pensaba en todo aquello, él le interrumpió con un llanto de dolor y odio, rabia e impotencia, parecía como si llevaba tan marcado lo ocurrido que no podía desprenderse de ello o como si algo más recayera sobre él.

“Tú eras mi consuelo en esos momentos -no entendía como no era capaz de mirar al consuelo de su agobiada vida, por qué no le miraba, no dejaba de mirar sus manos temblorosas, así como su voz se volvió también- Mientras yo pensaba en ustedes, la luz del alba caía sobre mi rostro, como dándome energías para irme sin mirar atrás o para enfrentar a la fiera traicionera que tenías por madre, de repente ella despertó y lo primero que vió al abrir sus decrépitos ojos fue mi rostro carcomido de tanta indignación, mi mirada de desprecio y resentimiento. Ella despertó extrañada por verme en esa escena, con una mirada confusa que me hizo pensar que no recordaba nada de las injurias y confesiones morbosas que había hecho la noche anterior, sólo ella me dijo: desde cuando estás allí, yo le dije, desde ayer -también domiste allí- lo decía mientras estiraba sus menudos huesos con una voz de pereza y placer, le dije no dormí, sólo pensé, ella con su voz entrecortada con su risa me dijo ¿en, en qué? -en esta casa- y de pronto sentí que ya no podía más, que no podía llevar una conversación con aquella mujer como si nada hubiera pasado por más que las palabras sean frías y arrogantes, tenía que poner las cartas sobre la mesa y saber que es lo que quería de mí. ¿Y ahora qué es lo que le pasa a esta casa? dijo ella pensando que le hablaría de algún desperfecto eléctrico, de la madera o de las cañerías como antes lo solía hacer y sólo atiné a decirle, está a punto de derrumbarse, ella rió echada en el sillón con las piernas puestas arriba en el respaldar, jugando con sus cabellos y me dijo ¿de qué hablas? – está a punto de derrumbarse porque ya no puede sostener el peso de los secretos -qué secretos- lo dijo cambiando su expresión y sentándose en el sillón -piensa en el secreto más grande que tengas, colócalo dentro de esta casa y ábrelo, ¿qué efecto tendría? Ahora ya sabes porque te digo que esta casa está a punto de derrumbarse- me puse de pie, sostuve la botella de vino, me puse a un milímetro de su rostro y le dije, dime cómo se siente que lo que amas te haya traicionado, como se siente que este vino que era tu adoración te aventase a un pozo del que ya no podrás salir, así me siento yo y maldigo a la vida y a Dios si es que existe por haberme hecho sucumbir a los engaños de una mala mujer. En eso le restregué la botella de su adoración contra su boca para que le doliera a ella todo lo que había salido de esos labios color rosa que ahora estaban marchitos, al menos para mí habían perdido todo su color. Salí sin rumbo mientras ella se quedó alli abandonada, consternada en aquel sillón que después se convertiría en su tumba. No volví sino después de 5 años, 5 años perdido, pasando de cantina en cantina, de ciudad en ciudad, de bar en bar, para eliminar el dolor que me poducía esta casa, esta casa que llevaba incrustada en el pecho, al punto de doler tanto cada vez que respiraba. Al regresar, era de noche, tú estabas en aquel árbol que tal vez te daba el cobijo que esta casa no te sabía dar, tus hermanos estaban en su habitación, hubiese querido que estuviesen contigo también. A ella la encontré con esa mirada de locura profunda en la sala, con un cigarrillo en la mano caminando de un lado a otro sin parar, con una botella de vino en el suelo, quebrada en pedazos y arriba en la pared la marca de vino, de su adoración que al parecer ya no lo era más, deslizándose sobre la pared. Sobre el sillón se encontraba una escopeta firme, como si en esta casa ya tuviera su lugar. Con sus ojos grandes, de leona asustada vino corriendo hacía mí, me abrazó con una fuerza tal que jamás la había sentido y me dijo con la ternura de una niña en su voz, regresaste, me perdonaste y decidiste volver. A mí me povocaba envolverme en su locura también y que todo fuera así de fácil, deseaba en el fondo que ese vino delirante no hubiera existido, tal vez para seguir viviendo engañado porque eso no dolería tanto como dolía ahora, pero no podía, la había llegado a aborrecer tanto que parecía que traía sobre ella los olores de todos los hombres con los que había estado bebiendo en el bar más cercano hace unas horas, me la desarraigué del cuerpo como queriendo que con ella se fuesen todos estos sentimientos que no pertenecían a mí, que habían sido impuestos en una noche donde la rabia y la angustia estaban latentes.

Ella se tranquilizó, en su locura logró hacerlo, me miró tan convencida, me tomó del brazo con una mano y en la otra a la escopeta. Me llevó hacia arriba, entramos en esta habitación, la habitación donde dormían tus hermanos, parecían dos angelitos sin ninguna perturbación en su mente, nos paramos frente a las camas y me dijo con voz suave pero ya no de niña sino con la voz de alguien que había perdido la razón. Si tanto me odias por haberte dado a querer dos crías que no eran tuyas, aquí está, extendió sus brazos dándome la escopeta, esta escopeta infernal que ahora llevo entre mis manos con este temblor indescriptible, aquí está, tómala y acaba con este dolor que corroe tu alma, acaba con ellos y acaba con tu sufriento y el mío también. En ese momento no podía ceer lo que ella me decía, sólo que a diferencia de la vez en que me abrazó, esta vez sucumbí a su locura y me dejé llevar, me dejé llevar por un corazón insensato que no tuvo piedad, que sólo quiso dejar de latir con dolor y disparé, disparé y no sabes cuanto quise haber fallado, pero a pesar de la mala puntería que tuve siempre,, esta vez acerté, me temblaba desde los pies hasta las manos, pero acerté. De pontó una lluvia torrencial empezó a caer, las gotas que resbalaban en las ventanas se reflejaban sobre las paredes, parecían ser las lágrimas de tus hermanos cayendo sobre sus rostros, rostros que no volveríamos a ver con sonrisa alguna porque sucumbí a la tentación de aquel demonio vivo que tenías por madre, parecía que me había convertido en uno también. Ella empezó a reír desde lo más profundo, parece como si hubiese llevado esa risa guardada por años, una risa perturbada por la malicia y la desolación. La miré y le dije, si antes estabas en el fondo de un pozo, ahora no existes para mí. Ella dejó de reírse, como si de pronto entendiera que nada había cambiado, que todo estaba más sucio que antes y que ahora tenía dos secretos mortales que ocultar. Yo bajé de prisa, ella bajó detrás mío rogándome que no me fuera, que por siempre me esperaría, salí, cerré la puerta y en eso te vi, te vi con tu soledad, con una luz radiante alrededor, que ni siquiera te percataste de lo ocurrido ni de mi presencia. Yo no sé que habría hecho con mis niños, si los entrerró o si los puso en un basurero lejano, sólo sé que soy tan culpable como ella, que mi odio terminó por acabar con la inocencia que aún afloraba por sus pieles, regresé después de diez años, diez años en los que no había podido olvidar aquella mirada y risa de loca hiriente, diez años en los que no dejaba de pensar ni un momento en aquellos niños, ni un momento en ti, ni en la monstruosidad que había cometido. La casa estaba con un silencio especial, ella estaba sentada en aquel sillón, me miró con un brillo eterno en los ojos, como si supiera que su hora había llegado. Me dijo, viniste, me le acerqué como se acerca una fiera a su presa y le dije, vine porque algo me faltó hacer esa noche, me le acerqué aún más para tomar la escopeta que tenía sobre sus piernas, ella no puso resistencia alguna, es como si deseara no existir más, como si ese era el alivio que buscaba su alma cansada, le apunté firmemente sin una pizca de temblor en mis manos y jalé del gatillo. La dejé allí sumida en su más profunda desolación, para siempre”.

Mientras escuchaba a su padre no podía creer todo lo que había pasado, como es que sus hermanos estaban muertos al momento en que cogió sus cosas para irse, como es que no se percató de la sangre ni de que ya no respiraban, sólo recuerda haberlos visto a lo lejos e irse en compañía de aquella lluvia infernal. Ahora entendía la desolación de su madre, el porqué es que después de diez años cuando regresó para su entierro, su madre seguía con esa expresión de desolación en el rostro, ahora entendía porque es que desde que entró a esta casa la risas de sus hermanos le acompañaban, y es que ellos no se habían ido, permanecían en esta casa perdidos, esperando encontrarle. Entendió también porque al despertar sintió aquel nudo en la entrepierna que ahora ya no lo tenía más, porque es que sintió el llamado de esta casa con mucha más fuerza que antes, era el llamado de sus hermanos, querían tenerle allí para que ponga fin al tormento de su vida y de esa rabia indescifrable que recorría su sangre.

Mientras su padre se lamentaba de sus manos temblorosas y de su mala puntería, le arrancó de las manos aquello en lo que pensó que le daría la libertad que tanto su alma buscaba, le apuntó directamente a aquella cabeza blanca con una firmeza tal que su propio padre sintió pavor, no por lo que estaba a punto de ocurrir sino porque se veía reflejado en aquella descendencia que lo único que llevaba de él era el valor para tomar un arma y disparar, aunque sea el valor más cobarde de todos pero no podía dejar de sentir orgullo. Y disparó.

Mientras lo hacía pensó en que llevaba lo malo de su padre, en que había hecho lo mismo y con lo mismo que había dado muerte a sus hermanos y a su madre, pero a la vez lo hizo para limpiar y vengar la honra de ellos, de sus niños que no merecieron morir como ciervos en el bosque o como unas indefensas crías de cerdo en el lodazal, no se merecieron tener una madre insensata, que se olvidó de ellos porque sentía que la vida se había olvidado de ella, no se merecían un padre inservible, no por la impotencia que llevaba para satisfacer a una mujer, sino por las agallas que le faltó para seguir amando a quienes no tenían la culpa de la demencia y falta de cordura de su madre, de aquella mujer que le había destruído el corazón.

Sentía también que no se merecían una alma hermana como la suya, porque indiferentemente de que estuviesen muertos o no, ya los había abandonado.

Se fue, no sabía si mejor o peor de como había llegado, al bajar la escalera no podía sacarle los ojos a aquel sillón, pero ahora ya sabía que sentir, ahora sentía el mismo desprecio que sintió su padre, aquel que él no hubiera querido transmitirle. Bajaba cada escalón como si llevara en cada pie el peso de los secretos que esa casa había escondido por años, se fue llevando las risas de sus hermanos que aún estaban en aquella casa con la misma inocencia y felicidad como si no supieran que es lo que había pasado con ellos, como si no supieran de su triste final.

Cerró la puerta con ese ruido interminable, sin saber si regresaría, sin saber si vería aquel sillón de nuevo o si volería a sentir ese olor de vino desgastado, miró aquel árbol que parecía que ya no olía igual porque ahora llevaba el olor impregnado de pólvora en la sangre. Sólo se fue y se perdió en aquel horizonte donde le esperaba un sol radiante, se fue con aquel olor y dolor distintos que sólo el tiempo le podía hacer olvidar, con la intención de no acordarse de aquellos seres despreciables que le habían dado la vida, sólo llevaría en el recuerdo la risa eterna de sus niños, risas que nunca más dejaría de escuchar.