—La vida es un viaje. Se viaja con la mente, con los libros, con el corazón. Vamos y venimos. De vez en cuando descansamos de ese viaje que empieza sin pedirnos permiso y termina sin pedirnos perdón.

La vida son también muchos viajes. Cortos, pero viajes.

Cada día, cada momento, puede ser un viaje. Un viaje al trabajo, al supermercado, al parque o una ciudad que nunca viste. Podemos hacer de ella, de la vida, lo que queramos. Salir y volver a casa. Mirar por la ventana una mañana cualquiera y ver un camino plano y seguirlo. El mar anaranjado y surcarlo. Una montaña azul y escalarla.

Imaginar también es permitido.

Con o sin equipaje. Abrigado o ligero de ropas. (Dicen que es bueno sentir frío). Decidir emprender ese viaje diario que al atardecer te lleve al lugar de donde saliste o a uno que jamás imaginaste conocer. La vida, es un viaje que hay que aprender a recorrer. A disfrutar.

Es un viaje hacia el final de la vida.

Y al terminar el día y cerrar los ojos, podrás saber qué tan bien supiste hacerlo. Y al terminar la vida y cerrar los ojos, sentirás que mañana no habrá viaje. Pero mira bien por tu ventana: hacia arriba.

—¿Y quién eres tú para hablar con esos aires sobre la vida, cuando solo piensas en el final de ella?

—¿Yo? Yo, soy La Vida, pero me siento la muerte.

Rossana Sala, 1 de junio de 2016