Nota al pie de página

Cloé Nhasmor, de siete años de edad, se encuentra en paradero desconocido.

 Así rezaba el pie de la foto ubicada en el margen izquierdo del artículo cuyos ennegrecidos rótulos lograban hacer pasar inadvertido el nombre del periodista involucrado en el seguimiento del caso. Josef Gre… Era difícil leerlo porque el periódico había sido doblado por su mitad y de nuevo plegado sobre sí mismo, así que su apellido acababa convirtiéndose en un interrogante para el observador. Pero fue el mismo Josef quien lo había plegado de aquella manera y quien ahora disfrutaba de una ducha caliente en la habitación del motel que había alquilado unos días antes de que la tragedia golpease virulentamente aquel diminuto y remoto pueblo del Norte de Virginia. Huyendo del fatídico agotamiento que lo azotaba desde la cabeza hasta los pies se refugió bajo el grifo de la ducha, donde se encontraba sumido en una confusa alteración de pensamientos que le obligaba a tomar pequeñas bocanadas de aire que poco a poco iba exhalando, mientras que con su aliento empujaba el agua que caía en torno a sus gruesos labios. Había sido un día absolutamente agotador, nunca antes había caminado ni tanto ni tan deprisa, sin dirección alguna, intentando hallar respuestas en las bocas de los habitantes de la zona que, reacios a responder a sus preguntas, callaban o le incitaban a marcharse de allí y dejar de una vez por todas de involucrarse en los asuntos ajenos. Pero no podía hacerlo: Cloé Nhasmor era noticia, tanto si les gustaba como si no, y él no iba a dejar de hacer las preguntas adecuadas en los momentos más inoportunos sólo por agradar a un puñado de lugareños que lo único que deseaban era que todo volviese a la normalidad. Incluso Frank Werthinthon, el dueño del taller donde ahora se encontraba su coche averiado, se había desplazado personalmente a la ciudad más cercana a comprar las piezas de recambio para devolverle su automóvil y obligarlo a marcharse lo antes posible.

A Josef le dio la impresión de que ya no era bienvenido en los locales de la zona en los que había estado alternando durante los últimos tres días, pero eso ya le daba igual: ahora tenía algo bueno entre las manos, una noticia sensacional, y nadie más se había hecho eco de ella, porque en aquel remoto paraje no había ningún periodista que se inmiscuyera en sus asuntos, ni tan siquiera tenía un periódico local, por lo que el caso era todo suyo.

Tras dejar correr el agua por su desnudo cuerpo durante no más de cinco minutos se animó a salir de la ducha y pasar a máquina las últimas anotaciones que había logrado escribir en su libreta de color amarillo con espiral. Pensó que estaría bien tomar algo caliente, así que probablemente después de trabajar llamaría al único restaurante de la zona para preguntarles qué iban a servir en el menú de la cena, aunque tampoco tenía demasiado interés en saberlo, porque con cualquier cosa que le pusiesen él estaría satisfecho y su estómago quedaría saciado.

Oyó el timbre del teléfono sonar un par de veces, pero evitó darse prisa para contestar a la llamada, dejando que siguiera sonando mientras él se secaba la húmeda piel con la toalla blanca aún sujeta en sus manos. Se percató de que el espejo estaba húmedo y empañado, pero no se esforzó por encontrarse con su propio reflejo: ya lo había visto en la mañana, y la verdad era que no creía que hubiese mejorado sino todo lo contrario, probablemente había empeorado tras el inagotable trajín de todo el día. Enrolló la toalla en torno a su cintura y salió del cuarto de baño con los pies aún húmedos y caminando de manera incómoda sobre la alfombra. No era buena señal, sabía que al pisar le dolía demasiado, así que probablemente tuviese algún tipo de ampolla en alguna zona que no pudo determinar, dado que la mullida y recién colocada moqueta era suave y blanda. Arrastró sus piernas hasta que logró alcanzar la mesa camilla redonda que había ubicada junto a la ventana. Una vez allí rebuscó entre sus papeles hasta dar con el paquete de cigarrillos y tomar entre sus dedos el último sin saber exactamente dónde había dejado ubicado el mechero. Debido a la costumbre de llevarse las manos contra los bolsillos se dio cuenta de que hizo el mismo gesto que siempre repetía una vez que tenía el cigarro en la boca, sólo que esta vez se sintió como un idiota al darse cuenta de que lo que llevaba sujeto a su cintura no eran sus pantalones sino la toalla de baño.

Revolvió entre sus pertenencias y dio con él: lo había dejado colocado debajo de la fotografía de Cloé Nhasmor, su prima Angelique y Whiskers, el gato de su tía Roanha. Se olvidó del encendedor al contemplar la imagen de las dos niñas y el animal. Cloé, ubicada a la izquierda de la fotografía, lucía un semblante serio y el pelo lo tenía cubierto por un sombrero de media ala. Miraba al fotógrafo pero con cierto desdén y desinterés, como si no quisiera formar parte de ella. Sin embargo, su prima Angelique y Whiskers posaban, e incluso la niña más pequeña se había atrevido a esbozar una pequeña sonrisa que hacía resaltar su natural belleza infantil.

Pero a Josef la única persona que le interesaba era la niña de su izquierda. ¿Qué edad habían dicho que tenía? Hizo memoria, el cansancio ya le estaba pasando factura: siete años de edad, a punto de cumplir los ocho, el mismo tiempo que su sobrina y ahijada Anhietha. Hacía tanto tiempo que no veía a la niña… Tal vez desde el día de su bautizo, y sólo había pasado con ella unas horas y nada más. Había perdido todo contacto con su familia desde que se había convertido en un periodista de mundo, sin ataduras ni obligaciones con sus semejantes: ahora era un hombre libre, que vivía el día a día y el momento por y para sí mismo. Volvió a echar un último vistazo a la foto y la dejó de nuevo sobre la mesa al llamar alguien a su puerta e interrumpir sus pensamientos. Dado que no esperaba a nadie se sintió un poco molesto por ser interrumpido a esas horas de la tarde noche, pero dado que tal vez se tratase de algún informante con nuevas noticias sobre el caso de la niña desaparecida decidió que no estaría de más ver quién había decidido llamar a su puerta.

Al abrirla se encontró con una mujer joven, de unos treinta y pocos años de edad, algo más joven que él, vestida con un abrigo de tres cuartos, con el cabello húmedo y las mejillas y la cara enrojecidas por el frío viento helado.

  • ¿Puedo ayudarla?

La mujer dio unos pasos hacia atrás al ver su desnuda piel, parcialmente cubierta por una toalla. Ahora el calor había vuelto a sus mejillas, y no se sentía cómoda en su presencia.

Josef, que no se había dado cuenta de que había salido a recibirla parcialmente desnudo, dejó caer su mirada y de inmediato se disculpó, dejando la puerta entreabierta y buscando entre sus pertenencias una bata con la que cubrir la desnudez de su piel. Cuando volvió para ocuparse del asunto por el que se le requería la joven mujer le habló despacio, como si intentase darle una mala noticia suavemente y sin rodeos.

  • ¿Quiere pasar?

Josef se permitió entreabrir la puerta, aunque la vista no fuese agradable. La máquina de escribir descansaba sobre la cama, junto con un sinfín de papeles y sobres que, apilados en pequeños montones, habían logrado expandirse sin control alguno en aquella diminuta estancia.

  • Disculpe el desorden. No tenía pensando recibir visitas esta noche. ¿Le gustaría pasar?

La mujer que tenía delante de sus ojos contempló con cierta inquietud aquella habitación de motel desordenada; estaba claro que se había estado esforzando en su trabajo, pero quizás lo mejor sería para ambos hablar en algún lugar donde pudieran estar más cómodos y tranquilos.

  • Y bien, ¿va a entrar o no?

La mujer se esforzó por no aparentar que se sentía algo indispuesta por la idea de entrar en una habitación de motel con un extraño hombre al que apenas conocía así que, tomándose unos segundos para responder, pensó que lo mejor sería decirle que no, y así lo hizo. Josef contestó:

  • Bien, como usted quiera.

Y su mano se resbaló por el contorno de la puerta hasta alcanzar el pomo, al cual se aferró con fuerza para cerrarle el paso a la mujer y volver a su espacio personal.

  • Espere un momento. – Añadió finalmente la mujer mientras detenía con su mano extendida la puerta de la habitación con el fin de evitar que ésta se cerrase por completo. – He venido porque necesito hablar con usted.

  • Ya… – Exclamó de manera algo tosca y seca un Josef cansado que le pidió que hablase sin rodeos.

La mujer no parecía interactuar con él de manera apresurada, es más, para cada palabra o acción se tomaba su tiempo y eso le estaba sacando de sus casillas.

  • Mire, no quiero parecer inoportuno, pero estoy cansado y hambriento, y tengo que pasar a limpio mis notas. Si ha venido a decirme algo, hágalo y que sea pronto, porque me esta haciendo perder la paciencia, y de eso, mi querida señora… – Su voz sonó tosca y ruda.- De eso tengo muy poco.

Ella levantó sus dedos, movió el flequillo de su morena frente y deslizó las puntas de sus dedos detrás de su oreja, un gesto que a Josef le pareció extremadamente sexy en la manera en la que ella lo ejecutó.

  • Es importante que hablemos, señor Greforth.

¡Ah! Pensó de inmediato, así que le conocía y sabía quién era.

  • Bien, como ya le he dicho…

  • Aquí no. Mejor vayamos a otro sitio. En la recepción del hotel tienen unas butacas en las que podemos sentarnos, allí podremos hablar con tranquilidad.

Josef exhaló un profundo suspiro y en su rostro se dibujó una mueca de falta de interés.

  • He venido para hablarle sobre Cloé Nhasmor. Sé que usted está cubriendo el caso, pero tengo que advertirle…

  • No me digas más, estaré listo en dos minutos… – Se detuvo.- No, mejor dicho, en un minuto. Espéreme allí.

Si el caso de Cloé Nhasmor no fuese tan serio y visceral, ella se habría sentido satisfecha con aquella respuesta, pero de alguna manera no podía sentirse complacida ni emocionada, así que aferró con fuerza su pequeño maletín de color negro y caminó con lentitud sobre sus propios pasos para llegar al lugar de la cita antes de que él.

  • Y bien. – La irrumpió Josef con su fuerte sonido de voz, cuando sus ojos aún cansados estaban revisando las últimas páginas del archivo que llevaba consigo. – ¿De qué quería que hablásemos?

La mujer se quitó las gafas de los ojos con lentitud y las depositó con cuidado sobre la mesa de café que tenía delante de sus piernas.

  • He venido para hablarle de Cloé Nhasmor, pero será mejor que se siente.

Josef se sintió de inmediato intranquilo, como si toda la seguridad a la que siempre se aferraba se le escapase de las manos muy lentamente.

  • Primero quiero presentarme, mi nombre es Simone Lusthren, y trabajo como asistente de los servicios sociales de éste y otros pueblos de los alrededores. Sé que usted está llevando a cabo una intensa investigación sobre el caso de la niña desaparecida conocida por el nombre de Cloé Nhasmor.

Josef asintió, pero no se molestó en pronunciar palabra alguna.

  • Está bien.- Dijo finalmente. – No me andaré con rodeos. He venido a ofrecerle mi ayuda, señor Greforth, porque sin lugar a dudas usted no sabe dónde se está metiendo.

A Josef esto último le molestó, pero dado que quería saber qué le tenía que decir, le dejó seguir hablando.

  • Verá, el verdadero nombre de Cloé Nhasmor es Anhietha Greforth, según consta en nuestros archivos; la niña era la hija ilegítima de una mujer llamada Anet.

  • ¿A dónde quiere llegar? – Exclamó súbitamente Josef.

La mujer carraspeó levemente su garganta y finalmente añadió:

- El apellido de soltera de la señora Nhasmor era Greforth. Anet Greforth se vino a vivir a esta ciudad hace cinco años. Dos días después de la desaparición de su hija, Anet hizo las maletas y se largó, así sin más, y ahora llega usted a este pueblo haciendo preguntas una y otra vez sin cesar, esperando obtener una respuesta. Sinceramente, es algo que me tiene muy preocupada y desconcertada. Mucho me temo, señor Greforth, que su historia ya no será una simple nota a pie de página, porque ahora usted se ha convertido en parte de ella con la desaparición de su hermana y su sobrina.