320px-Jakob_Auer_001 (1)Bramó violentamente, levantando repentinamente su voz y desaprobando de inmediato el tacto de las yemas de sus dedos sobre su desnuda piel. Recelosa del delicado empuje de sus dedos contra su propio cuerpo contuvo el aliento de inmediato, como si se lo hubiesen extirpado violentamente de un solo golpe, y a pesar de la angustiosa sensación que le producía ser tocada por un Dios no dejo caer ni una sola lágrima a pesar de que las sentía arder en su interior. Sus duras articulaciones de improvisto se amoldaron perfectamente a su cintura de manera casi perfecta, como si éstas hubiesen salido del mismo molde con el que habían creado su propio cuerpo, y aunque la idea resultó ser brevemente una emoción de alivio pasajero, pronto se transformó en un pensamiento repulsivo y desagradable. Se vio de inmediato agotada por la falta de oxígeno en sus pulmones, y con la lengua casi del todo seca chasqueó una débil voz, que apenas se oyó, pues antes de que se diera cuenta ya había quedado acallada por la propia presión de sus pies al golpear las piernas de él, en un intento fallido de escapar de sus fornidos brazos. El sudor de la frente del dios Apolo salpicó su desnuda piel, lo que la encolerizó aún más, y sin embargo él no deseaba molestarla, sólo pretendía cortejarla, pues no había visto en todos sus años de eternidad a ninguna ninfa más bella que su amada Dafne. De amor quería hablarle, con sus labios entonando sus palabras, y de ardiente pasión bajo el lecho nupcial en su noche de bodas, pero a ella no parecía interesarle lo que él tuviera que decirle, porque de miedo y congoja estaba llena su alma y sólo quería ser una mujer libre de toda atadura que el amor le impusiera. Apolo volvió a intentarlo de nuevo, está vez no podía fallar, y de manera intencionada astilló todos y cada uno de sus propios huesos demostrando que su amor por ella era tal real y puro que nunca le haría daño, pero ni con este gesto consiguió convencerla. Dolorido, a punto estuvo de dejarla caer; Dafne pudo ver en su dolor su oportunidad de huir, sólo que está vez lo no lo hizo, porque su voz fue oída por su propio padre en el momento preciso, y fue entonces cuando alzó sus brazos en el aire, estiró sus dedos, ahora convertidos en ramas, y dejó que sus brazos se ramificasen. Ahora su cara, su cuello y todo su cuerpo habían quedado trasformados. Donde antes había piel ahora se extendía toda una corteza, sus largos y ondulados cabellos desaparecieron para dar paso a hojas perennes de laurel que nunca se marchitarían, sus pies se convirtieron en raíces que, ancladas al suelo, dejaron de correr para siempre para poder vivir sujetos en la tierra donde su amado dios la seguiría protegiendo hasta el último día de su vida eterna.

 

Fotografía: Dafne transformándose en laurel por Jakob Auer/Wikipedia.