Besándose sin descanso, llegaron más allá de lo soñado, más allá de una sonrisa tonta, de un simple descaro.

Besándose lentamente, no miraron quien observa, ni entendían quien pudiera juzgar unos besos tan ansiados.

No fueron otras lenguas viperinas, las que rompieron un amor ya fraguado.

No serían esas miradas mal intencionadas, las que les hicieran sentirse juzgados.

Serán sus miedos.

No saberse entregados.

No conocer sus manías, no tener claro sus pecados.

-No sabes nada de mí, decía ella sin descanso.

-No quiero saber más que lo que veo, una mirada limpia, un beso apasionado, un abrazo sincero, un corto tiempo a mi lado, pero que me llena para siempre, aun habiéndose acabado.

Y así cerró ese día, creyéndose siempre al lado, siendo simplemente amantes, y al final nada intentando.

Es de cobardes no dar el paso, es de valientes lograr darlo. No quiere menos el que se mantiene oculto, pero no quiere tanto el que no consigue el final deseado.

Te quise a mi lado, tuve miedo y no di el paso.

¿Perdí para siempre, tal vez, el amor soñado?

Es imposible saberlo, muero sólo al pensarlo.