Me enamoréOndeó el viento los pliegues de su vestido a la misma vez que el bordado de sus encajes se alzaba solemne y súbitamente en el aire impulsado por la suave brisa de una mañana otoñal, y fue lo primero que de ella vi, las oscilantes ondas retornar para después suavemente dejarse llevar, para caer en la misma posición que momentos antes habían establecido como punto de partida. Podía oír, sin llegar a detenerse, el alterado e intranquilo ritmo de mi propio corazón, latiendo de manera tan enérgica y convulsiva que me hubiera delatado si de su lado más cerca yo hubiese estado. Agaché la mirada para fijar mis pupilas sobre el papel, pero no pude mantenerlas quietas durante demasiado tiempo, porque al levantar la vista del cuaderno vi cómo ella me estaba mirando, y sentí que nada más podía importarme en aquellos mismos momentos, porque ella sólo me miraba a mí, como si todo a nuestro alrededor se hubiese desvanecido y sólo hubiese espacio para nuestras propias miradas. Pero fue entonces cuando me percaté de que el tiempo seguía estado vivo, y las nubes en el cielo se movían, y las aves volaban en grandes bandadas alejándose de estas tierras que pronto se volverían marchitas y frías. Volví de nuevo la mirada para mirarla, pero ella había dejado de mirarme, y me dije a mí mismo que no debería haber apartado la vista ni un sólo instante de su falda, pues ya estaba a un paso más lejos de la última vez que la miré, vi con mis propios ojos cómo los últimos pliegues de su vestido quedaban regazados por el movimiento del constante viento que aún seguía levantando los perezosos bordados de su encaje que, apoyados sobre las silvestres flores, estiraban sus troncos como si con este simple gesto pudieran llegar a desperezarse para escapar y echar raíces en alguna tierra lejana lejos del sendero que las vio nacer.

 

Me vi a mí mismo sin nada que decir, sin palabras que con mi propia boca pudiera expresar, y de nuevo la vi alejarse otro paso más, como si la distancia que nos separaba no fuese ya lo suficientemente grande y larga. Y de algún modo creo que ella oyó a mi alma hablar por mí, porque en el mismo instante en el que yo iba a decirle “No te vayas” ella volvió su cara para mirarme una vez más sólo a mí, pero en lugar de hablar no pude decirle nada, y lo único que logré fue quedarme callado por segunda vez. Y con la mano temblorosa, unida al lápiz y al papel, seguí mirándola sin ver más allá de lo que aquel marco me mostraba, porque si me hubiera fijado bien hubiese visto a la pequeña muchacha que la acompañaba, cuyos rasgos eran tan similares que madre e hija me hubieran hecho saber que este sueño no podría hacerse nunca realidad por más que al corazón le niegue la voluntad de seguir amándola como yo sólo la podré llegar a amar. 

 

Fotografía: “La Promenade” de Claude Monet (1875).