El horizonte quebró la luz y la despedida. Partía de la llanura para entrar en ese espacio de tiempo en el cual no podía discernir quien era yo, lo verdadero eran esas llamas que quedaban entre esas caras jóvenes y sonrientes, repletas de proyectos. Desde las ventanillas del ómnibus veo como los edificios se van desgajando, acompañados de la aún atmósfera vibrante y luminosa que proviene del centro de la ciudad, algunas chispas arquitectónicas sorprendían los monótonos edificios de las afueras. De la llanura hacia la cordillera, pasado y futuro, eternidad y finitud, exilio en mi propia tierra, tan vasta y misteriosa. No puedo elegir, solo quiero asimilar en las retinas caídas de mi corazón las caras de mis amores.
El ómnibus se desplaza indolente por la rotonda, un antiguo edificio color rosa viejo se impone, múltiples ventanas espían a los viajeros. Se cruza onírica, veloz, la visión de los cerros heridos de belleza ante el contacto con los copos de nieve, ese disfraz inocente se mete en el alma de manera perversa. Las llamas que quedaron en el andén y la cordillera al fin del viaje presionan mi eterna nostalgia. El ómnibus va terminando su giro para luego encarar la autopista, cosa rara, no lloro, sé que es tan fuerte la despedida que las consecuencias ya llegarán a su tiempo. Trato de distraerme, me deleito con los recuerdos, de pronto aparece el edificio rosa viejo. El tiempo tiene conflictos con el espacio, sigo girando por la rotonda, la autopista se ve cercana, pero nunca llego. Una y otra vez aparece el antiguo edificio, desde sus ventanas parecen asomarse sombras espiando a los viajeros.
la rotonda