La chica intocableAl principio no vi nada, porque mis ojos no estaban acostumbrados a mirar, y fue gracias a este hecho que me descubrí a mí mismo observando una excéntrica escena que, aun con el paso de los años, sigue estando igual de viva y reciente que el primer día en mi memoria. No quisiera adelantar los acontecimientos allí vividos en una mañana del mes de Mayo de un día y de un año que ya ha pasado a ser parte del pasado y que poco importa, pues con estas líneas, que tan cortas se verán al dar inicio y final a mi historia, comprenderán que omita estos datos de poca importancia cuando les pase a presentar a la heroína de mi historia, a la que por aquel entonces conocí como la chica intocable de la biblioteca pública de Savannah.

Carpe diem, quam minimum credula postero”. Cita así la frase más popular del poeta romano Horacio, en la que nos recuerda que debemos de vivir en todo momento el presente porque es lo único seguro que tenemos en nuestras manos, y dado que hoy en día le doy más importancia a cómo vivo, me doy cuenta de que al ayer no volveré, en el mañana no sé si estaré, pero en mi presente sé lo que debo hacer, y lo sé gracias a la dulce compañía que me prestó una mujer que vivía en un mundo donde nadie más podía ni tocarla ni alcanzarla, como un ángel divinizado por Dios. Su nombre se lo diré llegado el momento, cuando las palabras sean las apropiadas, y con la frase adecuada, pues créanme que hasta mi tiempo me llevó saberlo, pues ella nunca decía nada ni despegaba sus labios para hablar con nadie, ni tan siquiera conmigo, un completo desconocido que a los pies de su escalera rondaba todas las mañanas en busca de una respuesta a un misterio que le traía de cabeza.

Visité por primera y última vez la ciudad de Savannah, en el Estado de Georgia, en Estados Unidos, en un frío y lluvioso mes de Enero. Permanecí alojado, y casi diría que recluido a voluntad propia, en casa de un familiar durante más de cuatro meses debido al precario estado de salud mental en el que me había sumido tras la muerte de mi hermana Elizabeth, quien había fallecido meses antes en plena flor de la vida. Tan trágica me resultó su pérdida, y tan angustioso el dolor, que tuve que refugiarme en el exilio de un país extranjero donde nadie hubiese oído nunca nuestro apellido y no conociese la trágica y extraña muerte que aconteció a la figura de mi ya difunta hermana. No suelo hablar de ello con nadie, y a pesar de los años trascurridos sigo sin poder expresarme abiertamente sobre el tema, pues he de reconocer que sufro de cierto temor a ser dañado por mis propios recuerdos; así es como yo llevo mi propio duelo personal, evitando olvidar a quien más amé, anhelando a la vez extraviar mi propio pasado en algún rincón de la casa donde el olvido acoja de manera temporal los sueños que nunca llegaremos a hacer realidad. Quisiera olvidarlo todo, y a su vez dejar que esta triste emoción que me embriaga cada día, cada instante de cada hora, me consuma en la desesperación. Por ello, cuando me siento exhausto, vuelvo a evocarla, a la dama intangible que, ajena a mi presencia, pasaba las horas con los ojos clavados en las múltiples páginas de los innumerables libros de aquella diminuta biblioteca pública.

La primera vez que la vi no me di cuenta de que allí estaba, y por extraño que parezca no me percaté de que la tenía casi delante de la cara hasta que los volantes de su falda me hicieron notar su presencia. Oí la tela friccionar con el tacón de sus zapatos, y sólo movió sus piernas para acomodar el libro en su regazo. Yo debí de quedarme quieto y callado, casi diría que anonadado, pues nunca antes había visto a nadie como ella practicar una lectura como aquella subida en lo alto de una escalera de obra, donde sumida en una especie de trance no parecía percatarse de que mis ojos no podían dejar de mirarla.

Pensé, cuando me recupere del shock inicial, que había tenido suerte de no tener ningún caro ejemplar entre las manos, pues no hubiese querido dejarlo caer contra el suelo debido al sobresalto que me llevé al toparme con aquellas piernas de las que, sin verse a través de la tela, podía adivinar su forma con sólo imaginarlas.

Debí de pasar mucho tiempo mirándola, contemplándola como si de un extraño souvenir se tratara, pues cuando tomé de nuevo consciencia de lo que hacía sentí un ligero hormigueo en mi pierna derecha, la cual había comenzado adormecerse debido a la postura que había decidido adoptar minutos atrás. Reaccioné a tiempo, justo en el momento en el que ella levantó la mirada, no para verme sino para pasar de página, y pude disimular volviendo mis ojos a los lomos de un libro al que apenas presté atención, sin llegar ni tan siquiera a leer las letras doradas que daban nombre al ejemplar. Por primera vez en mucho tiempo pude olvidarme de mi propio dolor y centrame en otra persona que no fuera Elizabeth o yo mismo.

Los días posteriores a nuestro primer encuentro, en el que no intercambiamos palabra alguna, se volvieron como un dulce bálsamo con el que solía aliviar el dolor interno de mis cicatrices. Antes de ir a verla solía pasear siempre a solas por la ciudad, hasta que llegaba la hora en la que creía poder encontrarla. Tomé por un habito cotidiano regresar al mismo punto de partida, para poder atrapar entre mis dedos el mismo lomo que el día anterior había leído de pie colocado junto a su escalera esperando a que ella tomara la decisión de levantar la mirada y verme de una vez por todas allí plantado junto a ella.

Debo decir que durante las semanas que pasé visitándola nunca me hizo el menor caso, ni tan siquiera detuvo su lectura para hablar conmigo. Cuando por fin me armé del valor suficiente para preguntarle si la obra que tenía entre su manos era interesante, puesto que nunca levantaba los ojos del libro, sólo obtuve como respuesta el sonido de una página al ser pasada.

Estaba desesperado por conocer cómo se llamaba; me tenía fascinado, intrigado, acobardado y a su vez extasiado, así que el penúltimo día de mi estancia en Savannah me armé de valor y me presenté delante de su escalera con una flor para ella, con el único fin de despedirme para siempre de su persona, pues mi deberes y obligaciones ya requerían de mi atención y no podía posponerlo por más tiempo. Allí donde debía de estar ella no había nadie, sólo hallé una escalera vacía, un libro sobre el soporte y un ligero aroma a perfume desvaneciéndose en el aire.

Me alarmó el hecho de no encontrarla donde creí que debía de estar; la busqué sin éxito, esperé paciéntemente su regreso, pero no volvió en toda la tarde, y allí me quedé, acobardado por el desánimo de no poder despedirme de ella, puesto que no sabía a donde habría ido. Perplejo por este duro revés, dejé sobre su libro favorito la flor que le iba a regalar, con la esperanza de que volviera justo a tiempo para encontrarla; y sé que así lo hizo, pues el último día de mi visita, regresé para despedirme del personal de la biblioteca, y en la lejanía la vi de nuevo, subida en su impecable pedestal, con mi flor prendida en su pechera, sosteniendo entre sus piernas su pesado libro y sujetando entre sus dedos una nota que me hizo llegar en la que me decía sólo su nombre: Eleonor.