Hasta la última línea.Arropó suavemente el libro contra su pecho, presionando con suavidad el lomo inscrito cuyas letras, acuñadas en hilos de oro, describían el título de la obra omitiendo el nombre del autor, un gesto que ella desaprobó de inmediato sin llegar a cesar el involuntario chasqueo que la punta de su lengua producía contra su paladar, mientras movía de manera impulsiva las piernas en el aire y dejaba danzar rítmicamente sus blancas zapatillas que, apoyadas contra el muro de ladrillo descubierto, rascaban involuntariamente parte de la pared cuando sus pies se contraían presa del turbulento movimiento de su incomplacida dueña al recordar la forma en la que el libro se había acabado, dejando vivas en su memoria un sin fin de frases que al olvido no podría relegar. Los dedos que gentilmente se habían mantenido firmes de pronto se volvieron menos dóciles, mostrando su descontento, pues lo único que en aquellos momentos les complacía poder acariciar eran las envejecidas hojas cerradas, cuyas encerradas palabras sus ojos no parecían prestar atención, y de nuevo esa sensación de intranquilidad se asentó en la boca de su estómago llegando a ser capaz incluso de presionar a su afligido corazón. No podía soportar por más tiempo estar exiliada de ese mundo imaginario en el que él sólo vivía cuando ella pronunciaba su nombre, y poniendo voz a sus palabras, él podía expresarse. Por ello volvió de nuevo a ojearlas, a releer las frases inscritas que de memoria ya se sabía, y a leer en voz alta sin cesar de repetir el texto que más le gustaba y en el que decía que la vida es mucho mejor desde que ella había llegado.

 

Fotografía: Óleo de Pierre Auguste Renoir (1841-1919)