Ella mi flor- Quisiera besarte.

Él no le estaba sugiriendo una pregunta, sino reafirmando un acto que deseaba llevar a cabo con aquella frase, y aún así ella había gemido involuntariamente de manera inesperada, y permitió que sus danzarinas pupilas se moviesen inseguras en las cuencas de sus ojos. ¿Por qué? Pensó de inmediato, pero ya era demasiado tarde para arrepentirse, para pedirle que por favor se alejara de su lado, para suplicarle que le permitiera volver a recuperar ese ansiado espacio vacío que momentos antes había permanecido establecido entre sus cuerpos. Ya no había holgura alguna entre sus brazos, que tan unidos estaban que podían sentir la rigidez de los músculos del otro sin llegar tan siquiera a deslizar las yemas de sus dedos para tener que comprobarlo. Fue más que aterrador oír el sonido de la camisa de él doblegarse al dominio de su voluntad, pues su mentón quedo girado en la dirección de su cara, y la sorpresa no se hizo de rogar, pues ella volvió el rostro y su caras quedaron enfrentadas, y ya nada se podía hacer, porque él ya se había percatado del rítmico sonido acelerado de los latidos de su corazón, y para ella fue casi un alivio sentir la palma de su mano contra su enrojecida mejilla. Tal vez habían esperado demasiado tiempo, o quizás estaban dejándose llevar por el momento; las dudas eran demasiadas y fatigosas, no le dejaban pensar con claridad, pero al verle venir, al sentir sus fuertes labios contra su boca, se olvidó de todas ellas y se dejó llevar para experimentar lo que significaba ser besada por primera vez. No había sido doloroso ni traumático, sino todo lo contrario, y sabiendo cuán dulce había sido el momento quiso que él volviera a hacerlo de nuevo por segunda vez, por lo que se detuvo para mirarle y él de inmediato comenzó a hablarle de nuevo.

- Ahora. – Añadió. – Te haré el amor.

Y donde antes habitó el miedo ahora nada había, pues la inseguridad se había vuelto confianza. De alguna forma las palabras siguieron fluyendo, anestesiando a los sentidos, y sus manos, antes frías y heladas por las inclemencias del tiempo, quedaron templadas, y fueron sus dedos los que finalmente se encontraron a tiempo pare entretejerse mutuamente y quedar pegados a los pies de las sábanas.

Él la tumbó contra la cama dejando caer suavemente su fino y delgado cuerpo contra el colchón, mientras la cabeza de ella quedaba pegada contra la almohada, con los cabellos revueltos y todas las emociones y sensaciones a flor de piel.

La impresión de sentir la boca de él contra su cuello hizo que se le escaparan más de mil gemidos a la vez, y exhalando el aire entrecortado de sus pulmones se aferró a su fornido cuerpo, diciendo su nombre una y otra vez sin cesar. Abrió de nuevo su propia boca para dejar paso a su húmeda lengua, que parecía estar inquieta pues tan pronto besaba su labios como se saciaba con la erizada punta de sus pezones.

Sus dedos, por el contrario, se hicieron en un abrir y cerrar de ojos dueños de las zonas más íntimas de su ser, y ella ahogó su propia voz contra su hombro cuando él la hizo mujer entre sus brazos.