Ela y yoEl sonido de la música parecía estar siempre dispuesto a reverberar en las duras paredes revestidas con escasas pinturas y llamativas telas. Las voces se superponían unas sobre otras, y todo cuanto se podía oír eran los murmullos de los demás invitados que impedían entender con claridad lo que uno intentaba explicar a su compañero de al lado. Ela desvió la mirada al mismo tiempo que yo volvía la mía en la misma dirección que ella, y sin vernos, sabíamos que mirábamos lo mismo. La atenta e indiscreta mirada de dos jóvenes observándonos desde el otro lado de la concurrida sala me hizo plantearme si no estaba siendo demasiado indiscreta por fijar mis ojos en sus torsos semidesnudos, así que me di cuenta de cuán abochornada me sentía cuando noté un leve y ligero calor ruborizando mi rostro, que tiñó de esta forma mi pálida piel. De inmediato tuve que hacer frente al problema de mi timidez, con lo que dejé caer mi cara contra mi copa y mis ojos contra el delicioso líquido dorado que a mi paladar parecía satisfacer. Levanté mi cara sin más, como si algo me hubiese impulsado a hacerlo, y vi que ella me miraba, segura, como si sólo yo estuviese en aquella sala, por lo que la miré y levanté mi copa para beber con cierta premura, pues la boca se me había quedado misteriosamente seca, como si no pudiera salivar porque aún tenía sus ojos puestos en mí. No me di cuenta, pero cuando quise tomar consciencia de lo que hacía ya había dejado caer mis dedos sobre mi vestido de raso y el aire podía flotar entre ellos, mecidos por el nerviosismo ante la tonta idea de que tal vez podría encontrarme con su mano, aun sabiendo que muy probablemente sus dedos y mis dedos no se encontrarían jamás. Pero me equivoqué, porque mucho antes de que pudiera darme cuenta su dedo anular quedó anudado a mi dedo índice, y mi cuerpo fue sacudido por la grata sorpresa que me proporcionó. Éramos de nuevo una misma identidad, Ela y yo, volvíamos a estar de nuevo en la misma habitación, compartiéndolo todo, y a su vez negándonos a mostramos tal y como en realidad éramos. Igual que aquella imagen que un día sin previo aviso nos unió, un retrato de nuestras propias almas, escondidas tras un abrazo y una mano, porque si los ojos son el espejo del alma, todo el mundo sabría que Ela y yo ya nos amábamos sin remedio y de manera desmedida.

 

Fotografía: Óleo de Pablo Picasso (1881- 1973).