El ingeniero Goity iba todos los domingos al cementerio. Durante los últimos tres años no había faltado un solo día, lloviera tronara o el calor fuera infernal, nunca dejaba de ir. Lo hacía desde el domingo trágico en que su joven mujer perdió la vida al chocar el auto que Goity conducía a gran velocidad de regreso a Buenos Aires. Llevaban cinco años de casados. El remordimiento no le permitió desde entonces vivir en paz. Era consciente que había sido el único culpable de lo ocurrido y no hacía otra cosa que reprochárselo. Poco después del accidente, abandonó a su único hijo al cuidado de una nodriza y para escapar de una locura que prometía mellarlo, abnegadamente se volcó a trabajar sin descanzo en la empresa de su familia. El padre, un acaudalado constructor, intentó lo imposible para alejarlo de la crisis en la que se hallaba, pero todo fue inútil. Desde organizar reuniones y fiestas sociales periódicamente para que se vinculara con otras mujeres que lo alejaran del recuerdo de la difunta, hasta obligarlo a viajar con él alrededor del mundo con inventadas evasivas comerciales. Nada resultó. Solo lo alentaba trabajar y esperar la llegada del domingo para ir al cementerio y quedarse frente a la tumba de su mujer horas llorando. Durante tres años se mantuvo inmerso en esa rutina hasta que un domingo, halló sobre la tumba de su mujer un ramo de rosas blancas idénticas a las que él acostumbraba a llevarle. Preguntó al cuidador quien le había dejado flores a su esposa y la respuesta lo perturbó: “Un hombre, ayer por la tarde. Estuvo media hora y luego sin decir palabra se fue.” Goity imaginó a algún pariente o amigo pero le extrañó que en cinco años no lo hubiera hecho antes. Al domingo siguiente, otra vez la tumba tenía frescas rosas blancas en su porta flores y ya su curiosidad, a esa altura, comenzó a trocarse en celos. ¿Quién se adelantaba a él un día y cubría la tumba de su esposa con las flores preferidas de su mujer? En la semana siguiente, no esperó a que llegara el domingo para ir al cementerio. Desde temprano en la mañana del sábado, estuvo rondando el lugar hasta casi llegado el mediodía, cuando creyendo que sería el que esperaba, vió aproximarse con dirección a la tumba de su mujer, a un hombre con un ramo de rosas blancas en su mano. En efecto era el hombre que ansiaba conocer. Desde un principio le llamó la atención que llevara sombrero y que vistiera de traje a pesar del calor agobiante, por eso antes de acercársele decidió estudiar su proceder. Esperó a que se detuviera frente a la tumba y analizó todos y cada uno de sus movimientos. Lo vió quitarse el sombrero, luego besarse la punta de los dedos y tras hincarse tocar a modo de saludo, la lápida donde estaba grabado el nombre de su esposa. Después dejar el sombrero en el suelo y tras quitar el papel que las envolvía, acomodar cuidadosamente las rosas en los porta flores de la tumba. Parecía hablar mientras lo hacía. Pasado unos minutos y por último lo vio ponerse de pie y sosteniendo el sombrero con ambas manos permanecer calladamente pensativo un largo rato con la mirada fija en las flores. Ese fue el instante que Goity aprovechó para aproximársele.
- ¿Quién es usted?- -sin mediaciones preguntó-
Girando apenas la cabeza como advirtiendo la presencia de Goity el hombre del sombrero respondió:
- Usted debe ser el marido de Clarita.-
- ¿Y usted?.
- Ya no importa. De nada sirve que lo sepa.
- Pero yo quiero saberlo. Como puede ser que un hombre le traiga flores a mi mujer todas las semanas y yo no sepa quien es.
- Y que tiene. Los muertos ya no son de nadie. Nada me prohíbe hacer lo que hago y a usted principalmente no le debe interesar.
- ¿Pero que dice? Le exijo que me diga quien es.
- Si no que… Me va a pegar.
- Pero es que merezco una explicación. No es común que un desconocido, mas aun un hombre, le lleve flores a la mujer de uno. Que debo pensar yo que fue en la vida de ella.
- Lo que se le antoje. Váyase y déjeme unos minutos en paz con ella.
- Creo que no lo entiende. –amenazó Goity dando un paso adelante-
- ¡El que no entiende una mierda es usted¡ -enfáticamente y casí gritando le retrucó el hombre del sombrero- No me haga hablar. ¡Váyase¡
- Pero como se atreve. ¿Usted sabe quien soy yo?
- Ya se lo dije: el marido de Clarita. El tipo que por imprudencia me quitó lo mas preciado que tuve en la vida. La única mujer que quise y a la única que le fui fiel toda la vida hasta que usted por idiota la llevó a estar donde ahora está.
- ¿Fiel a mi mujer? Explíquese. –ahora mas intrigado por saber que por celos lo increpó Goity-
- Mire no me haga hablar y menos delante de ella. Estoy seguro que no le hubiera gustado vernos discutir así y menos ahora que ya no se puede hacer nada para corregir lo que pasó.
- ¿Qué es lo tan grave que sabe y que le impide decirme quien es usted?

El hombre del sombrero silenciosamente miró a Goity y meditando bajó la mirada al piso dudando si hablar o no.
- Usted conocía a Clarita, no lo puede negar. ¿Entonces?
- Claro que la conocía. Quizá mas que usted. Sabía de su devoción a las rosas blancas; de su preferencia por dormir en el lado derecho de la cama; de su manía de despertarse todos los días a las ocho para tomar un baño de inmersión de no menos de media hora con sales vegetales; de su predilección por el champagne demi sec rosé bien helado. Que le gustaba estar siempre descalza y comer con una pierna cruzada sobre la silla; que odiaba los tenedores y que le encantaba chupar el pan que mojaba en las salsas que hacía; que después de hacer el amor no podía evitar dormirse profundamente…

Aquellas palabras estaban destruyendo los mas sólidos conceptos morales que Goity hasta ese momento sostenía de su mujer. Mas furioso que celoso por la exacta descripción que estaba haciendo de su esposa en la intimidad se llenó de ira al concluir que aquel hombre y su esposa habían sido amantes, transformándose en la inocente víctima de un engaño premeditado.
- ¡Basta¡ No continúe por favor. Y desde cuando ustedes, bueno ya sabe…
- Fuimos novios hasta que apareció usted y aunque lo intentamos no pudimos vivir separados.
- Y cuando se veían…
- Cuando podíamos. Eran falsos sus té con canasta entre amigas y sus retiros espirituales cada medio año. También aprovechábamos sus viajes de negocios y sus prologadas partidas de golf entre amigos los sábados por la tarde y…
- Ya está bién… No diga más.
- A Clarita le gustaba mucho la plata y yo nunca tuve la disponibilidad que usted ostentaba. Lo siento pero yo no quería contarle esto. Usted me presionó.

Todo el amor y la idolatría que Goity sentía por su mujer se trocó en odio y resentimiento. Se sintió el ser más tonto del planeta por confiar en la fidelidad de quien solo ambicionaba su dinero. Su rostro se transformó y montado en cólera arrojó con violencia el ramo que tenía en su mano contra un árbol próximo a la tumba de su mujer. Luego giró y rápidamente se fué entre insultos y reproches a la difunta. El hombre del sombrero lo vió irse y tras darle una breve mirada a la tumba en sentido opuesto también se fue. A la salida del cementerio una limusina negra con los vidrios polarizados esperaba. Cuando el extraño hombre de sombrero y traje se aproximó a la puerta trasera, el vidrio automático comenzó a descender. Dentro un anciano también de traje se dejó ver. El Hombre del sombrero tras acodarse sobre la ventanilla le dijo al anciano:
- Todo salió como usted lo planeo señor.
- Muy bien Acuña. No me equivoqué cuando lo elegí para representar este papel. Es usted uno de los mejores actores que conozco. –dijo el anciano desde el interior de la limusina mientras le alcanzaba un sobre cerrado-
- Gracias señor.
- No me agradezca. Hizo bien su trabajo. A propósito, en el sobre hay algo mas de lo que le oferté. Quiero que esto quede entre nosotros. ¿Me entiende?
- Quédese tranquilo señor. Soy un profesional. ¿Puedo preguntarle algo?
- Diga.
- ¿Usted cree que no vendrá mas a ver la tumba?
- Si que vendrá. Tardará un tiempo pero vendrá. Estaba muy enamorado de ella, pero yo me encargaré que nunca le falten rosas blancas. Eso lo hará recordar el engaño cada vez que venga y terminará por olvidarla para evitarse el dolor de su traición.
- Bueno, ya sabe, si alguna vez me necesita: estoy a su servicio señor.
- Gracias Acuña y recuerde: mi nieto nunca se debe enterar de esto.
- Quédese tranquilo… Será un secreto.