El hombre de la gabardina grisSolía eludir ser visto, como ahora vengo huyendo de lo que por aquel entonces asumí que era un hecho aislado, un insólito suceso al que no le di credibilidad porque no creía que fuera posible lo que con mis propios ojos pude ver aquella tarde del mes de Marzo en la ya desaparecida esquina de la calle Fortune, a la altura del número 456. Por aquel entonces yo trabajaba como mozo de almacén moviendo y clasificando los pesados volúmenes que, apilados en cajas, aguardaban pacientemente su turno para ser apilados en fríos y descoloridos estantes metálicos que, apoyados sobre el suelo, se alzaban majestuosamente hasta alcanzar los altos techos de la tienda. Era muy común verme afanado en mi labor, portando grandes volúmenes de un lado para otro de la trastienda, intentando no chocar nunca con el resto de empleados que con gran agitación se movían de un lado para otro intentando, a veces sin demasiado éxito, alcanzar todos los ejemplares que pudieran con sus propias manos para satisfacer la demanda de los clientes al otro lado del mostrador. En los diez meses que estuve allí trabajando nunca permanecí de cara al cliente, y en cierto modo me sentía muy satisfecho por ello, ya que no era precisamente elocuente y recurrente en las conversaciones banales que a menudo los desconocidos entablan en lugares públicos. Sin embargo, sí destaqué por mi capacidad para poder orientarme en espacios reducidos y localizar todos y cada uno de los libros allí exhibidos descansando sobre sus impersonales repisas, anhelando ser llevados a un hogar más cálido. Aquella tarde del día 17, a las 17:02, la puerta trasera se abrió y se cerró de golpe, lo que no evitó que el frío aire circulase por los falsos corredores fabricados por la mano del hombre. Recuerdo que levanté la vista tan sólo un momento antes de darle el segundo bocado a una roja manzana que tenía a escasos metros de mi boca; me encontraba en mi tiempo de descanso, el cual tan sólo duraba unos minutos, el tiempo suficiente para leerme las dos o tres primeras páginas de un viejo libro que había recuperado de los bajos fondos de un estante de madera carcomido por los años. Vi, o mejor dicho: intuí, que algo se había movido en la lejanía. No me pareció que fuera nada, pero no obstante quise disipar cualquier rastro de duda encaminándome en la misma dirección en la que el viento había arrastrado levemente las páginas del libro que yo estaba leyendo. Anduve y anduve por todos los pasillos y no vi nada, y cuando estaba a punto de tirar la toalla encontré algo o, mejor dicho, a alguien que me robó el aliento y el habla al mismo tiempo. Detrás del estante más viejo de todos los que había en la tienda me topé con la espalda de un hombre alto, de cabellos oscuros, cuyo cuerpo estaba cubierto por una amplia gabardina de color gris oscuro. Tenía la ropa mojada, pude olerla, incluso en la amplia distancia que nos separaba. Aun así no dije nada, no hice ningún movimiento que pudiera perturbar aquel solemne silencio que reinaba con firmeza en la sala; sólo me quede callado y quieto, muy quieto, esperando poder ver qué estaba ocurriendo. Para mi sorpresa vi algo que ojalá no hubiese visto, pero como estaba en mi destino que así fuera, lo asumo y punto. Aquel hombre, cuyo nombre nunca supe, levantó empleando algún tipo de truco, ilusión o manipulación todos y cada uno de los libros de aquella sala. Volaban, sí, lo hacían, ¡vaya que sí lo hacían! Los tenía delante de mi cara, por encima de mi cabeza, levitando, como si aquello fuese lo más normal del mundo. Sin previo aviso, todos ellos se abrieron al mismo tiempo, y de sus páginas desaparecieron todas y cada una de las palabras allí escritas, las cuales quedaron absorbidas por las manos de aquel hombre que, oculto en su ropaje, se llevó consigo todo el conocimiento allí escrito y adquirido por la humanidad.