Engaño

- Debo hacerlo. – Pensó.

- Pero duele. – Murmuró.

- Debo hacerlo.- Recapacitó.

- Pero duele.- Volvió a repetirse a sí mismo.

- Puedo pretender que no pasó nada. Todavía puedo acabar con lo que nunca debí haber empezado. Tal vez, sólo así, encuentre la paz… – Y su voz se fue acallando hasta quedar en un siseo sordo e insonoro que se fue consumiendo en el aire hasta que lo hizo desaparecer casi por completo, mientras dejaba sobre la mesilla el marco con la fotografía de la única mujer que en toda su vida amaría.

 

 

Un año antes…

 

Llovía. El agua podía resbalar sin restricciones a través de las ventanas descubiertas del tren por las que ningún pasajero abordo miraba. Ella permanecía quieta, inamovible, como si nada pudiera turbar sus pensamientos a pesar de que el agua había mojado sus largos y sueltos cabellos, resbalando a través de su piel para finalmente poder calar sus gruesas prendas.

 

Una voz, proveniente de su espalda, rompió el silencio cuando la llamó por su apellido. Debió de haberla dejado allí sola, sumida en sus pensamientos, pero no podía hacerlo, por ello insistió en llamar su atención por segunda vez, llamándola está vez por su nombre de pila, lo que sirvió para que ella se encogiera de hombros y la hiciera tomar conciencia de que debía partir o el tren se iría sin ellos. Volvió media parte de su cuerpo, pero mantuvo la mirada fija donde momentos antes la había mantenido; no quería aceptar la evidencia, negándose a aceptar lo que la razón insistía en que tomara como verdad, y sin embargo tuvo que admitir de mala gana que su guarda personal la tomará del brazo y tirase de su mano para hacerle entrar en razón y obligarla a moverse del lugar que había estado ocupando durante largo tiempo. Sus primeros pasos se tambalearon en pisadas inseguras, los siguientes a esos en zancadas indecisas, hasta que finalmente fueron firmes y decididos.

 

Encontró charcos diminutos a su paso en los que hundió de manera voluntaria los pies en el fango, queriendo ser de alguna forma engullida por ese lodazal terreno que bajo sus altas botas de cuña se había formado. Al dar la primera zancada para posar su pie sobre el escalón de metal comprendió que podía dar marcha atrás, volver donde se había establecido minutos antes y esperar a que algún tipo de milagro sucediera. Pero sabía que no se lo permitirían. Por ello tomó el pasamanos con fuerza y se sujetó con firmeza tirando de su cuerpo para obligarle a subirse al tren. Fue en el último de los peldaños, cuando sus ojos ya casi se habían instigado a no volver la mirada, cuando el sonido de unas pisadas le hizo volver a mirar de nuevo el lugar que instantes antes había ocupado. Y al verle creyó estar sumida en una especie de fantástico sueño de fantasía; pero al caminar, moverse sin acelerar su pisada, y quemarla de deseo con esa fría y astuta mirada suya, comprendió que era real, lo que hizo que su corazón latiese vivamente hasta crearle un estado de nerviosismo que ahogó en la boca de su estómago intentando acallar así toda emoción súbitamente nacida del deseo que él le provocaba.

 

Ahora su masculino aroma era más intenso que el olor de la lluvia, tan sutilmente agradable que era como una descarga que deja tras de sí un leve cosquilleo en la zona afectada. Y esa picazón insaciable le generó un deseo ardiente en cada centímetro de su ser.

 

Su fuerte sonrisa, expresada en su varonil rostro de mentón ancho, la enloquecía. Podía dibujar con la punta de sus propios dedos cada una de las líneas de su rostro sin llegar a equivocarse en un sólo milímetro, pues se conocía al dedillo aquel duro rostro que él solía ocultar en demasiadas ocasiones bajo su largo y rubio flequillo oscuro. Se negó el placer de contemplar durante largas momentos sus amplias pupilas del color de la miel.

 

Al tomar consciencia de que no era ni una ilusión ni un sueño, sus rodillas temblaron, pero por suerte para ella nadie pudo apreciar el temblor de sus piernas, pues la larga prenda de vestir ocultó este detalle. Sin embargo, el inoportuno traspiés que dio le hizo comprender que debía de concentrase en lo que hacía, aunque fuese complicado hacerlo, pues estaba visto que ahora sólo tenía ojos para él.

 

Él la tomó de la mano en cuanto tuvo la oportunidad de hacerlo, y cuando nadie más le miraba la rodeó con sus fuertes brazos acercando su cintura contra sus caderas. La empujó con suavidad, pero sin demasiadas contemplaciones, un gesto que le dejó un regusto amargo que se suavizó con la fuerza de sus palabras cuando le oyó decir: Llévame, pues ya soy todo tuyo.

 

La fuerza de sus palabras, la connotación de aquella frase, fue demasiado ardiente para su alma. Era como si cuerpo se quemara en llamas, por tenerlo y no poseerlo al mismo tiempo. Se alejó de él, no demasiado, pero sí lo suficiente como para recuperar el aliento. Él tiró de la mano de ella, y en cuanto supieron que estaban a salvo de toda mirada indiscreta la besó con fervor, una y otra y otra vez, hasta que la sed del deseo reclamó sus cuerpos, noche tras noche, día tras día, y su propia pasión los consumió por completo hasta devorar sus propias almas. 

Fotografía: El beso robado (The Stolen Kiss) de Jean-Honoré Fragonard .