Fue un sábado en la mañana, cuando al abrir por fin las ventanas de mi dormitorio, sentir la humedad en mi rostro, ver el cielo y saber que una vez más el sol no iba a salir, que decidí hacerlo yo.

Salir.

Aunque el día estuviera gris y frío, tenía que dejar mi encierro.

Necesitaba ir a la Plaza de las Artes. Aquel lugar extraordinario donde pintores, músicos y poetas, de todas las edades y culturas, se reunían a diario a compartir su magia.

Estaba segura de que a mí, ni el rojo o el amarillo, ni el violeta de los frescos lienzos, ni la fuerza de la voz de Pavarotti, O sole mio, o el dulce ritmo de algún poema de Neruda, me llegarían a transmitir el don de las artes.
No era posible.

Y sin embargo, el simple hecho de estar allí, en esa Plaza, me hacía sentir parte de un mundo al que yo no pertenecía y nunca llegaría a entrar.

Desde pequeña soñaba con ser artista, pintar estrellas, duendes, pájaros, caballos, inmensos murales de colores que, por el solo hecho de verlos, causaran alegría. Pero mis limitadas habilidades con las manos, a pesar de mis esfuerzos, no me lo permitían.Y es que en realidad, y no era un secreto, desde niña tuve ese problema.

No tenía talento.

Era pésima.

Trataba de evitarlo cambiando un poco el sentido de mis trabajos en la escuela. Si debía dibujar a una persona, para no tener que trazar sus labios, nariz, ojos, (¡qué espanto!), simplemente la pintaba de espaldas. Así, solo tenía que encargarme de su pelo. Unas cuantas líneas largas y confusas y la obra estaba lista. Eso sí, para darle vida al cuadro, los tonos rubios y rojos, eran parte imprescindible de mi estrategia.

Pero esa tarde, en la Plaza de las Artes, allí donde existía todo y yo me sentía nada, una anciana llamó mi atención.

Vestía una túnica blanca con flores celestes y amarillas. La suavidad de su ropa contrastaba con la dureza de su rostro.

-Acércate -me dijo al cruzarse nuestras miradas. (Hoy no estoy segura si me lo pidió con palabras o si fueron sus ojos, esos ojos profundos, verdes, de gitana, los que me hablaron).

-Pon tus manos en esta arcilla -me ordenó acercándose a mí.
Y le hice caso.

Y al tocar el barro, la mujer hundió mis dedos en él. Estaba húmedo, suave, tibio.

-Déjame guiar tus dedos -me dijo-, no temas. Todo está bien. Cierra los ojos.
Y sentí el olor a tierra fresca y mis dedos sumergirse y dejé de oír a Pavarotti y los versos de Neruda también se fueron.

Me invadió el miedo.

Traté de abrir los ojos y fue imposible y lo intenté de nuevo y el sol empezó a brillar con fuerza, no lo veía pero entibiaba mi cuerpo.

-Abre los ojos -me dijo la anciana.

Y esta vez, pude hacerlo.

Y los vi salir.

Vi salir de la arcilla pájaros, peces y también mariposas azules, caballos y duendes…

Y la gente de la plaza nos rodeó.

Cantaban. Bailaban. Reían.

Un largo arco iris llevó mi mirada al cielo.

Y el sol estaba allí y también los pájaros y las mariposas, los duendes y los caballos…

Todos habían salido de mis manos.

De mis propios dedos.

Rossana Sala. 5 de noviembre de 2016. Para Cronwell Jara porque gracias a sus clases de narrativa, intentan salir de mis papeles, duendes.

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