Caminando opuesta a la pronunciada bajada, su cuerpo se encorvaba ligeramente hacia adelante buscando impulsarse por efecto de palanca y peso, sus zapatos algo desgastados se quejaban en silencio a cada paso, y sus vestidos blancos empezaban a sufrir las inclemencias del sol. Llevaba en el pelo una cola improvisada armada con una liga cualquiera.
Escurría agua de cada pliego de tela y destilaba arena con cada movimiento, la cara tostada como grano de café, sufría ante los pequeños rayos de sol que se colaban como agujas punzantes entre las palmeras posadas a las orilla del camino empedrado.
En una mano un gran bolso pesado, lleno de una cantidad inimaginable de soluciones, un bolso pensado y armado para poder apaciguar cualquier situación posible o imposible. En la otra mano llevaba fría y vacía a la soledad, ningún cuerpo cálido que sostener, aferrando sus cinco dedos a un té extraño y los “me haces falta” que pronunciaban continuamente sus labios en un murmuro casi igualable al silencio.
Cada paso era más pesado que el anterior, la boca se secaba y le raspaba la garganta, respiraba profundamente buscando llenar sus pulmones, pero solo conseguía polvo y ardor, la atmosfera era cerrada, agobiante, pesada. Sacaba fuerzas del alma para continuar su camino, se apoyaba en un bastón de sueños y se impulsaba en la esperanza del cambio.
Al final, cuando ya casi todo se perdía, cuando sintió que la base de la ladera la halaba y la haría rodar como piedra hasta el principio de todo, llego a la cima de esa pequeña montaña. Un anillo de tupidos arboles caribeños se apoderaban de los bordes de una pequeña corriente de agua, afluente seguramente del río, que desembocaba en la playa kilómetros más abajo.
Uvas de playa, aves del paraíso, palmeras y palmitos se posaban impetuosos y tenaces contra el viento del perpetuo verano que los azotaba desde el norte caribeño, un montón de otros árboles de gran follaje se amontonaban en cada lugar, erguidos buscando los rayos del sol a los que ella ahora tanto le huía.
Era un contraste de paisajes, como si todas las biodiversidades se empecinaran testarudamente a ocupar el mismo lugar, un vapor que se desprendía del suelo de tierra húmeda se le acumulaba en los hombros pesadamente y sus rodillas no lo resistieron. Fue a dar al piso estrepitosamente, la tierra húmeda y suelta, amortiguó la caída y no le dolió, su cuerpo se balanceó hacia adelante, soltó el bolso de la mano izquierda y la posó junto con la derecha en el piso para evitar caer de bruces. En el choque de sus manos con el suelo, salpicaron gotas negras y espesas, de un líquido viscoso que en el pasado le había condenado, era una mezcla de avaricia y altanería, un líquido que daba la sensación de poder absoluto y eterno.
Al recuperarse del pequeño sobresalto, y limpiarse con un poco de asco, aquel lodo aceitoso, se dio cuenta de que estaba cansada, pero que ahora podía respirar con más facilidad. Sin percatarse, al subir la mirada, sus ojos encontraron un pequeño claro en la maleza, un túnel horizontalmente ovalado que le mostraba el paisaje más allá de donde estaba, una conexión con el futuro, con el próximo camino.
Allí vio un cambio, una diferencia y pudo notar como un halo de un sentimiento ya casi muerto y olvidado se posaba sobre la boca de su estómago y cómo esta sensación jugaba tentadoramente con robarle un bosquejo de sonrisa. Miraba al pasado en su mente y al futuro con sus ojos, se encontraba en la posibilidad de comenzar de nuevo.
Desde allí veía al valle de Caracas y esa luz de esperanza que renacía aquel 6 de diciembre de 2015, el nombre de aquella chica era Venezuela con toda una vida por delante.
Jose Bertorelli
20/12/2015