AmantesEl sol pigmentó la mañana con sus primeros rayos raspando la ventana, para posteriormente verter su propia claridad sobre los cabellos de la amante dormida. Las hebras de su pelo le evocaron el recuerdo de los dorados campos de espigas silvestres que, al igual que sus mechones, ahora estaban flexionados y doblegados a la voluntad de los algodones sobre los que ella descansaba, permaneciendo inmóviles, como si la fortuna les hubiese concedido el deseo de estar en esta posición de forma permanente para toda la eternidad.

Mantuvo su mirada fija puesta en su cabellos, y no le pareció ver que fueran a ser movidos, pues su antebrazo ya se encontraba posicionado por encima de su cabeza y sus ojos seguían estando cerrados, como si nada pudiera ya perturbar el más soberbio de sus sueños.

Él volvió a mirarla, levantando la vista para contemplarla, para fijar sus ojos y ver de nuevo su lechosa desnuda piel de cuyos grandes montículos sobresalían dos erizadas puntas rosadas que de besos y succiones había cubierto la noche anterior asegurándose de extraer sólo para el deleite de sus oídos los sutiles gemidos que una dama de su alcurnia le podría ofrecer. Y al evocar este pensamiento en su cabeza no se dio cuenta de que ya se había llevado la punta de sus dedos, la yema de su articulación, contra la comisura de sus labios, y repasando el contorno de su propia boca, deslizó la punta de su lengua por su belfo inferior, y el paladar de inmediato le ofreció una brutal descarga de placer, al notar su dulce sabor aún vivo en su propia boca.

Se quedó sin palabras, porque no podía articular movimiento alguno, pues la mandíbula aún le dolía de la fuerte impresión que le había dejado momentos antes el dulce sabor de ella, tan vivo y tan latente que desde la cabeza hasta las piernas el cuerpo le hizo temblar.

¿Podría alejarse de su lado ahora que la mañana ya daba paso a un nuevo día? Reconsideró la posibilidad de continuar su propia existencia sin ella, un pensamiento que le pareció de inmediato insoportable, una acción intolerable, indigna de haber sido imaginada, por lo que acabó reprendiéndose a sí mismo por haber tenido aquel espeluznante propósito vivo aunque sólo hubiese estado vigente durante una milésima de segundo en su propia cabeza, tiempo más que suficiente para comprender que el corazón ya se le había hecho añicos. Volvió retomando sus propias pisadas, olvidando que el ventanal ya había sido descorrido y las nubes de París alcanzaban los tejados de las casas colindantes a la suya. Pero eso poco o nada ya parecía importarle, pues su mente ya estaba ocupada con otro tipo de pensamiento, uno más ardiente, que incluso ya había comenzado a quemarle desde lo más profundo de su ser. Pero tuvo la suerte de darse cuenta de que sus dedos se habían anticipado a su idea de volver al lecho compartido, pues los botones de su blanca camisa ya habían sido forzosamente desatados, con una rapidez pasmosa, y mientras acariciaba la idea de volver a yacer en el mismo lecho que ella deseó ser rey, dueño y señor del tiempo, para poder tenerla para siempre como la estaba viendo ahora, joven y bella, eterna y musa de su febril pasión que de nuevo había vuelto a encender la chispa de un deseo que nunca llegaría a extinguirse mientras siguieran estando juntos como amantes.

 

Fotografía: “Rolla”, Henri Gervex (1878).