Aleja el cristal del alma, de claro castaño, de brillo oculto, de belleza sin igual. No lo uses sobre mí, no los quiero mirar, no me quiero sumergir mucho más en ellos. Aléjalos, aunque lo deseo. Muero porque lo hagas en cada momento, ver mi reflejo sonriendo, tratando de ocultarlo de tu vista la alegría de tenerte en frente. Aléjalos, no quiero ver el fuego, no quiero, más lo deseo más que nada.

Aleja la comisura donde nace el perfume que viene de tu interior, aléjala de mí, no la quiero cerca, aunque la deseo más que el agua que apaga mi fuego. Aléjala, no quiero contemplar su fina delgadez de rosada figura. Aleja, aunque me quiero sumergir en el dulzor, acariciar el alma, avivar el fuego, revivir la pasión. Sentir la piel erizarse y la respiración agitarse. Aleja la comisura del deseo, esa que me invita al beso. Mi perdición. Mi anhelo.

Aleja la seda que te envuelve, esa canela perfecta que contorna la delgadez. Aleja su perfume que llama a mi caricia, que grita por erguir la cumbre sagrada que agita el corazón. Aléjala de mí, no la quiero sentir, aunque muero por un roce lento, por cerrar los ojos y entregarme al sentir. Aleja mi debilidad, aleja aquello que me invita a pecar, que me llama a saltar sobre ti.

Aleja tu presencia imponente y cargada de sensualidad. Aléjala, no la quiero percibir. No quiero sentir el impulso de ser el viento que agite tu cabello. Aléjate o me transformare en aquel quien no te deja respirar mientras te besa con locura, te acaricia con lentitud, te mira con fervor. Aléjate o volveré tu cabello la fuente interminable del deseo que hace latir mi corazón.

Aleja, no, aléjate… sí, solo aléjate, no te quiero ver ni sentir, no te quiero percibir. Aunque me muero por ser el aire que te rodea y te besa. Aléjate, no, acercarte y déjame fundirme en ti, déjame ser lo que en sueños puedo alcanzar y solo en estas palabras lo puedo hacer en la realidad.