Seguían ascendiendo en medio de un silencio metálico, absortos en pensamientos que, poco más tarde, serían derramados en forma de gotas de sudor, recorriendo cuerpos agotados y atravesados por una sensación creciente de pesadez. A medida que se difuminaban los metros andados: se distanciaban sus pensamientos justo en el momento en que sus manos no se tocaban, testigos de una canción encerrada en el roce de sus dedos.

Parte de sus vidas; armónicos a la espera de poder emerger en esa dimensión colgada en sus ojos. Fuera del alcance de la marea, barruntada por la impaciencia causante de tantos naufragios contra fachadas sanguinolentas, cargadas de esperanzas cruzadas en ese sordo roce que es el lamento de la llamada.

Corrientes gélidas empujadas por sílabas incompletas perforan sus costillas, casi ahogadas en ese mantel que no verá el gran día y bajo la ausencia dolorosa de anillos colgados sobre la infinidad de ruinas que adornan sus nombres.

Miraba indefinidamente aquella espalda, antes interiorizada con las yemas de los dedos, avanzar delante de los huecos insoportables de su propio pecho. Apoderándose una alargada sombra de lo diáfano de sus lágrimas no emanadas. Ni toda la candidez de las palmas de sus manos podía evitar la fuga de todas esas palabras susurradas, que más tarde subirían, como adioses arpegiados en mañanas frías.