Puedo ver la ciudad, extendida a los pies de este coloso de concreto y cristal que se levanta desafiando el cielo;

su cúpula hiriendo el corazón de Dios.

Debajo las aves enfermas  y las nubes preñadas de lluvia. Nubes grises, quejumbrosas, cansadas de tanto  vagar entre venenos y tóxicos fabriles;

que en bailes sacrílegos ascienden.

Allí, los hombres en su mar de estrés diario, debutando su insensibilidad ante los pobres del destino, que pueblan las calles sin nombre de la ciudad;

esta ciudad, de nieve y frío en el aire y la mente.

El pensar es de hielo ; el corazón viento que palpita. No hay gente en esta gente. Autómatas imaginando vidas, en sus coches de lujo. En sus casas perfectas donde les esperan muñecas de carne y silicona, ávidas de Channel.

Esos hombres que creen en el dinero, que cuando se escurre, deja al descubierto un esqueleto de ambiciones crudas, una vida no vivida, y encuentran el llanto por primera vez y el sol de la verdad.

Veo desde esta ventana hacia donde va la humanidad, pero el mañana es un enigma lleno de amenazas. Amemos por aquellos que tienen el corazón de piedra, seamos gentiles los que aún podemos ser humildes.

Ayudemos al que perdió el rumbo de la vida. Alguien nos ve. un rayo de luz se desprende de a poco y atraviesa las nubes calentando vidas muertas que florecen entre los témpanos que andan y respiran en las calles.

Aun queda virtud, dios nos mira desde su trono inaccesible. Nos habla en el deshielo de los lagos, y el brotar de las hojas y la yerba.  En la madre que sujeta por primera vez su vientre fecundado.

En los niños que nacen y sonríen sin abrir los ojos. En la luz, en estos versos. Escuchemos su canto de amor entrar por las ventanas. ¿lo ven? Las nubes ya no son tan grises, y se funde el hielo en las montañas.