Odio la Semana Grande. La odio profundamente. No puedo soportar a esa Marijaia cutre, hortera y profundamente horrible que parece que más que bailando está a punto de ser fusilada como en un 2 de Mayo. Ni toda esa peste que sube del Arenal mezcla de vino barato, fritanga con aceite requemado y olor a vómito y sudor. No puedo con el ruido incesante, con los borrachos ni con todos los imbéciles y graciosos que se cruzan conmigo, me miran como a un marciano y dicen estupideces sin sentido. Ni aguanto a esas comparsas que se creen que toda la fiesta es suya y que todo lo politizan. Ni el espectáculo bochornoso de la ría discurriendo llena de botellones y vasos de plástico durante toda la semana. Y sin embargo …

Fue allí donde la conocí. Era un día lluvioso, algo habitual en estas fiestas. Salía de la plaza de toros después de una magnífica corrida de “El Juli”, donde una vez más demostró su inteligencia y buen hacer torero, y me dirigía distraído como de costumbre hacia la tertulia del Hotel Ercilla cuando al pasar por Recalde la vi mirando el escaparate de una tienda de ropa barata de esas orientales que proliferan en los aledaños del lugar. Algo había en ella que …

En realidad no tenía nada de especial. Mediana estatura, morena, el pelo alborotado y aspecto descuidado. Iba vestida totalmente de negro embutida en unos leggins ajustados, una camiseta de manga larga pegada y saturada de brillantes que le marcaba un grosero sujetador y unos botines brillantes que le cubrían justo sobre el tobillo. A pesar de la fina lluvia no llevaba paraguas ni protección de ningún otro tipo. Me atrevería a decir que tenía el aspecto que uno puede esperarse de una fulana barata de calle de arrabal. Si la hubiera encontrado en otra parte lo hubiera creído así. Pero justo allí, en aquél lugar …

Algo, alguna fuerza desconocida o sobrenatural que no llego a comprender todavía, obligó a mis ojos a fijarse en ella. Su cuerpo estaba rebosante de curvas excesivas. Giró su rostro a mi paso y nuestros ojos se encontraron. Ojos marrones con brillo espectral. No se porqué demonios me miró. Y no solo me miró sino que además sonrió. No pude menos que devolver la sonrisa. Se colocó frente a mi bloqueando mi camino, sonriendo, esperando. No tuve más remedio que parar. Me detuve frente a ella. A esa distancia podía beber su respiración y hasta hundirme en su mirada. En un instante, sin saber ni cómo ni porqué, mi lengua se encontraba bebiendo su saliva. Por mucho que lo intento no puedo recordar como llegué a su boca. Y sin embargo …

Dos metros más abajo había un portal abierto. Entramos trastabillando, entrelazados de pies, bocas y manos. Nos hundimos por unas escaleras hacia una especie de sótano, oscuro y reducido, donde nos apretamos hasta comprimir nuestros cuerpos medio desnudados en uno solo. Su carne tenía el olor de flor marchita, medio sudorosa, pero su boca era cálida y ardiente y sus manos masajeaban mi cuerpo con extrema violencia. Sus pechos se hundían entre mis costillas mientras mi carne invadía la suya en un intento de atravesar sus entrañas de parte a parte. Alguien bajó por las escaleras …

Cuando desperté de éste suceso estaba sentado en el Ercilla escuchando la perorata de los contertulios. Me pregunté que es lo que hacía allí. No tenía ni idea de cómo había llegado hasta el hotel. No sabía dónde estaba ella, quien era, su nombre, su teléfono, nada. Me levanté y escapé de allí, casi huyendo, hacia las saturadas y concurridas calles, atravesando un sinfín de esas invasivas terrazas que se colocan durante las fiestas. Mi única intención era encontrarla. Pero, ¿por dónde empezar? Tanto bullicio, tanta gente me aturdía. Me di cuenta de que allí sería incapaz de hallarla. Tenía que volver a la fuente. A donde la vi por primera vez. Quizás allí …

Volví ese día, al día siguiente, al otro. Todos los días que duró la Semana Grande estuve allí esperando. Al principio iba a la hora en la que terminaban las corridas, pero a medida que pasaban los días fui ampliando el horario hasta quedarme tardes enteras, tardes enteras viendo pasar a todo el que iba a ver la corrida, y a todo el que volvía. De vez en cuando alguien conocido saludaba al paso. Yo hacía como que esperaba a alguien. Y realmente la esperaba, pero no sabía si iba a llegar. Y pasaban los días …

La Semana Grande llegó a su fin. Lo único que disfruté de ella fue la lluvia y la vista del paseo hacia la plaza. Comprendí, no se ni cómo ni porqué, que no la volvería a ver. Que se iría con la fiesta. Así cómo Marijaia se va con las llamas, ella se fue con el humo. Sabía que tendría que esperar otro año, otra Semana Grande, para volver a encontrarla. Miré el reloj, eran casi las once de la noche. Debía marcharme. La lluvia apretaba y aunque era Agosto comenzaba a sentirse el frío del otoño. Al día siguiente era lunes y había que volver al trabajo.

Y sin embargo …