TEDON DE CAMUR

Esparta, siglo VI A.C.

Junto al río Eurotas y al pie del monte Boreo, Tedón enfrenta al destino. Sus hombres, en falange perfecta, esperan el ataque final bajo una cortina de agua que azota el campo de guerra.
Su maestro, el general espartano Aeto, cuyo ejército supera al de Tedón, lo ha cercado. Para el joven guerrero sólo queda una alternativa: el combate individual.
Tedón, cubierto de sangre y de barro, camina seguro hacia una línea de guerreros que, con sus lanzas y escudos, esperan la orden para masacrarlo.
—¡Aeto, general de Esparta! —¡Te desafío! —Tú y yo… a muerte.
Cubierto con una armadura color plata, Aeto, el soldado imponente, el guerrero más famoso de Grecia, se abre paso.
Veinte años antes, Tedón, nacido en Camur, es sometido a la Agogé y logra sobrevivir a la férrea disciplina que no perdona errores ni debilidades. Su maestro es Aeto, de noble familia. El joven se transforma en su alumno predilecto, en su espejo.
El entrenamiento es feroz, pero Tedón puede con todo y todos. De fuerte contextura física y formidable capacidad para aguantar el dolor, recibe elogios de la mayoría y la admiración oculta del maestro. Con el tiempo, éste se transforma en general y el joven guerrero, en su mano derecha. Libran batallas codo a codo y ambos se funden en una sola persona, de acuerdo a la afiebrada imaginación de sus hombres.
Cuando los ejércitos de Esparta se enfrentan con los de la ciudad de Argos, el joven Tedón empieza a tejer una leyenda. Es un verdadero demonio en la lucha cuerpo a cuerpo. Su capacidad con la espada despierta una ciega obediencia en los hoplitas que lo siguen sin dudarlo. Esta circunstancia lleva al general Aeto a enviarlo a la retaguardia. La envidia carcome sus entrañas y no quiere que nadie opaque su liderazgo. Tedón lo acepta a regañadientes y la unión entre ambos se resquebraja. El espejo se rompe en mil pedazos.
Las batallas se suceden unas tras otras. Aeto comete muchos errores y el ejército de Argos los empuja hacia las montañas. La retirada de los espartanos deja indefensos a los ciudadanos de Camur que son sometidos a una verdadera carnicería por las legiones enemigas. Ancianos, mujeres y niños sucumben ante las peores torturas. Sus cuerpos despedazados yacen entre casas destruidas y cosechas prendidas fuego. Un verdadero infierno. Aeto, en un acto de suprema cobardía, los abandonó a su suerte.
Luego de la masacre, Tedón entra en la ciudad en la ciudad junto a cien hoplitas y comprueba el horror. Frente a los ríos de sangre que cubren la tierra, jura vengarse.
El joven guerrero se rebela y parte a las montañas con sus seguidores; comienza, a partir de ese momento, una guerra de hostigamiento contra los ejércitos de Aeto, causándole numerosas bajas que el general no puede tolerar. Como escarmiento, orden sacrificar de la peor manera a la esposa de Tedón y a sus dos pequeños hijos: los crucifica al pie del monte Boreo.
A partir de ese momento, se desarrolla un juego de vida y muerte entre ambos. La mutua admiración se transforma en odio y el odio en el fuego de la venganza. Tedón asalta el palacio propiedad del general en las afueras de Esparta y destruye todo a su paso. No queda nada en pie. Sus hombres en un acto de osadía secuestran a la hija menor del general: Layna, su preferida.
La joven, de extraordinaria belleza, enamora al instante a Tedón, que nada puede hacer contra ella. Desde ese momento, una pasión incontrolable los lleva, sin que lo adviertan, al borde de un profundo y obscuro precipicio.
Enterado Aeto de lo ocurrido, desata una violenta persecución para atrapar al rebelde. Los enfrentamientos alcanzan un frenesí demencial, pero ninguno logra destruir a su adversario.
La lucha de Tedón logra adeptos. Muchos de los sobrevivientes de Camur se unen a sus fuerzas y el ejército del guerrero se hace temible. Aeto debe destruirlo lo más pronto posible.
Tedón, profundamente enamorado de Layna, duda en continuar su venganza y no ataca a su enemigo cuando la ocasión le es propicia. Aeto, astuto, aprovecha la indecisión y cerca al ejército del guerrero rebelde.
La muchacha, que ama a su padre y también a Tedón, intenta evitar una tragedia en ciernes, pero nada puede hacer. Su padre no la escucha.
Allí, al pie del monte Boreo, donde su familia fue sacrificada, Tedón y Aeto están frente a frente. A sus espaldas, dos ejércitos que esperan una lucha memorable.
Maestro y alumno se observan. Ambos se conocen de memoria. Cada gesto, cada movimiento es advertido por el otro.

La iniciativa es de Tedón. La furia de su espada choca contra el escudo de Aeto. Éste da un paso atrás y contraataca con un violento golpe que impacta en el yelmo del joven guerrero.
La lluvia arrecia y el barro dificulta los movimientos de ambos. Tedón responde con habilidad y logra herir el brazo derecho del general. Del corte mana abundante sangre que cubre el antebrazo. La herida enfurece al maestro que, ciego de odio, lo empuja con su escudo y clava la espada por debajo de la coraza que cubre el pecho de Tedón. El guerrero se desploma herido de muerte y el general con un grito de triunfo se dispone al golpe final. Levanta la espada y cuando intenta descargarla con todo el odio que anida su corazón, una certera flecha lo atraviesa.
Layna, arco en mano, dirime el duelo a favor de su amado.

© 2016 Fernando Cianciola