Alzo su espada contra el cielo, su filo brillaba a la luz de la luna, el sonido de los tambores sonaban de fondo, haciendo eco en toda la cueva, comenzó a danzar, la noche hacia que su torso desnudo brillara, alguien comenzó a entonar una canción antigua, retumbaba en mis oídos, me sentía en trance. De repente, una fina lluvia comenzó a caer, tan fina que apenas se sentía, que hacía más mágico el momento.
Una mujer con el pelo suelto tan rubio que casi era blanco, un vestido azul hasta el suelo, salió al centro y danzó junto a su compañero, manteniendo el ritmo, danzando al compás, miré a mi alrededor, todo el círculo estaba en un eterno trance, de fondo ya solo se escuchaba el sonido de los tambores, el cantar de algún pájaro como si los acompañara en su homenaje a la tierra.
Todo me resultaba extraño, era la primera vez que presenciaba algo semejante.

No se cuánto tiempo paso, pero los tambores dejaron de tocar, la pareja dejo de bailar, me pasaron un cuenco con un líquido, me lo lleve a los labios, era de sabor dulce, con toque fuerte de alcohol. El tiempo se detuvo durante un breve instante y tal como habían llegado se fueron, dejándome en la soledad de la noche. Las ramas apenas se movía, me mantuve en mi posición unos minutos, disfrutando de la paz que despertaba el lugar, me levanté y puse rumbo a casa, solo una cosa sabía, era una noche, que no iba a olvidar nunca.