Nadie pudo explicarse lo que ocurría aquella tarde de marzo cuando las frases y los símbolos  comenzaron a visualizarse entre las nubes. Caían lentamente, como copos de nieve oscura entre la asombrada gente que extendía sus manos para atrapar los delicados puntos de las íes o las ondulantes  eses.  Algunas personas intentaban rearmar frases con las palabras que estaban en el suelo, pero otros, las pateaban destrozándolas.

La montaña de letras crecía a niveles exponenciales, algunos hilaban los mensajes rotos e intentaban formar una madeja de palabras con nudos para tejer historias nuevas de viejos textos.

Al principio, el extraño fenómeno resultaba interesante, hasta gracioso. ¿Quién no disfrutaría  de una lluvia de letras y palabras que salpicaba las veredas llenándolas de deliciosas emes, escurridizas eñes o zigzagueantes zetas?

La lluvia no cesaba, aquel mar de letras se fue tornando más y más tedioso a medida que pasaban los días, los meses, los años. Ya nadie se miraba a los ojos, todo estaba cubierto por una espesa capa de tinta oscura, escapada de algún satélite corrupto que en algún momento dejó escurrir los mensajes que yacían ahora desperdigados hasta en los cementerios donde casi no puedo leer correctamente ni mi propio nombre en la piedra.

 

Nadie pudo explicarse lo que ocurría aquella tarde de marzo cuando las frases y los símbolos  comenzaron a visualizarse entre las nubes. Caían lentamente, como copos de nieve oscura entre la asombrada gente que extendía sus manos para atrapar los delicados puntos de las íes o las ondulantes  eses.  Algunas personas intentaban rearmar frases con las palabras que estaban en el suelo, pero otros, las pateaban destrozándolas.

La montaña de letras crecía a niveles exponenciales, algunos hilaban los mensajes rotos e intentaban formar una madeja de palabras con nudos para tejer historias nuevas de viejos textos.

Al principio, el extraño fenómeno resultaba interesante, hasta gracioso. ¿Quién no disfrutaría  de una lluvia de letras y palabras que salpicaba las veredas llenándolas de deliciosas emes, escurridizas eñes o zigzagueantes zetas?

La lluvia no cesaba, aquel mar de letras se fue tornando más y más tedioso a medida que pasaban los días, los meses, los años. Ya nadie se miraba a los ojos, todo estaba cubierto por una espesa capa de tinta oscura, escapada de algún satélite corrupto que en algún momento dejó escurrir los mensajes que yacían ahora desperdigados hasta en los cementerios donde casi no puedo leer correctamente ni mi propio nombre en la piedra.

 

Nadie pudo explicarse lo que ocurría aquella tarde de marzo cuando las frases y los símbolos  comenzaron a visualizarse entre las nubes. Caían lentamente, como copos de nieve oscura entre la asombrada gente que extendía sus manos para atrapar los delicados puntos de las íes o las ondulantes  eses.  Algunas personas intentaban rearmar frases con las palabras que estaban en el suelo, pero otros, las pateaban destrozándolas.

La montaña de letras crecía a niveles exponenciales, algunos hilaban los mensajes rotos e intentaban formar una madeja de palabras con nudos para tejer historias nuevas de viejos textos.

Al principio, el extraño fenómeno resultaba interesante, hasta gracioso. ¿Quién no disfrutaría  de una lluvia de letras y palabras que salpicaba las veredas llenándolas de deliciosas emes, escurridizas eñes o zigzagueantes zetas?

La lluvia no cesaba, aquel mar de letras se fue tornando más y más tedioso a medida que pasaban los días, los meses, los años. Ya nadie se miraba a los ojos, todo estaba cubierto por una espesa capa de tinta oscura, escapada de algún satélite corrupto que en algún momento dejó escurrir los mensajes que yacían ahora desperdigados hasta en los cementerios donde casi no puedo leer correctamente ni mi propio nombre en la piedra.