Su madre soltó un gemido lloroso. El estruendo de vajilla quebrándose contra el piso se detuvo. Los fragmentos de la ensaladera de la abuela hechos añicos continuaron tiñéndose de rojo bajo el peso de sus rodillas. Pensar que la ausencia de sangre le había dado un indicio del problema hacia unas semanas. Pensar que esta tarde caminando del colegio a la casa había anhelado volver a sangrar para despertar de la pesadilla. Pero el mal sueño no terminó ni en el metro abarrotado de gente, ni en el bus de acercamiento, ni al rodear la plazoleta para llegar a casa. Una nueva vida latía en su vientre compartiendo su sangre, sus frágiles catorce años quebrados  como la vajilla familiar diseminada sobre el piso, como su madre al oír la noticia. Su madre que había despedazado la cocina, que había gemido al verla doblarse hasta quedar con las rodillas ensangrentadas sobre el piso y que ahora la abrazaba.