Mi cuerpo se hiela, al sentir su mirada de fuego sobre mi cuello. No le he visto, apenas la siento, pero no hay forma de confundir el intenso deseo en su punzante mirada. Giro para verle, pero su carita inocente sonríe, ignorándome mientras sigue su camino. Hago lo mismo por un instante, y el sonido de sus pasos parece esfumarse. Con cuidado le miro de reojo, trato de ocultar mi deseo de observarle. Demasiado tarde,  la mitad de su cuerpo ha desaparecido y mis ojos se posan sobre el fruto prohibido que intenta asomarse. Ruego al cielo por el viento, para que sople como en el averno y deleitarme como en mis sueños.

Lentamente su espalda aparece ante mis ojos y mi cabeza parece robótica, girando paulatinamente para ocultar mi mirada hambrienta. De nuevo los pasos, firmes y elegantes, mientras mis ojos se desvían para verle alejarse. Un suspiro para inflar mi pecho, para acallar la voz que me ordena y resuena en mi cerebro. Muerdo mis labios para no grítale y empuño mis manos para evitar levantarme. Todo mi ser lucha por correr, pero el miedo invade mi razón y cual estatua permanezco en mi silla, mientras mi corazón palpita y mi interior grita.