Porque la felicidad no la da el dinero, ni llega sola, ni se va por nada, ni te creas que avisa. 

Porque la felicidad se instala. Se cuela por las rendijas de quien no la espera y se escapa por las esquinas de quien no la aprecia.
Aprendí a esperarla porque la deseaba con toda mi alma. Me llegó con calma. 
Tal vez ya estaba. Tal vez no entendía nada y simplemente no me relajaba.

La felicidad me la da un abrazo. Una caricia no esperada. Una sonrisa encontrada. Un beso sincero de unos labios amigos y por supuesto ese amor de la persona amada. 
Y esa carcajada infantil que no deseas que jamás crezca y se vaya. Esa sensación de protección que siente cuando la abrazas. Ese ladrido de quien te acompaña en el día y en la noche, que te ama de una manera tan proporcionada que pocos humanos aman.

La felicidad la encontré y ya no hay quien me la arrebata.

Y vos, ¿A qué esperan? ¿La aprecian? ¿La perciben? En los rostros queda reflejada. O Tal vez esa mentalidad negativa no les deja ni saborearla. Es una pena. Vigilen, por que la vida pasa! No lo dije yo, es el tiempo el que manda.
Fdo. Miriam Giménez Porcel.