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El viento zarandeaba con su ímpetu asesino las exiliadas hojas del invierno.
Mi corazón olvidado recordaba la presencia de tus labios, sentado en la fría madera de aquel banco desgastado, lugar donde, por primera vez, nos declaramos nuestro amor de forma sincera y espontánea; y ahora, en el abandono de la noche, yo estoy aquí, solo, refugiándome en mis penas sin siquiera un vaso de alcohol que degradara mi entereza.
No lloré, pues no podía, anhelaba, que es más duro, en las penurias de mis pensamientos, aquellas medias grisáceas que ocultaban tu nívea piel.
Nunca fui un santo, pero te quería, te quise incluso el día que me abandonaste en un coche inflamable y viejo, rodeado de miserias y emociones desgastadas, absorto por tu espantada y, llorando sin lluvia las mentiras de tus sábanas.
Fui tu amante y te olvidaste de mí, ya no solo me largaste, sino que marchitaste mis recuerdos a cambio de humedades en la superficie.
Ya no te odio, princesa de mis castillos escondidos, fuiste arena firme y te agarraste al viento para salir volando. Lo sé, sé que te quise y tú me odiaste, pero aun conservo algo que nunca envidiaste, la nostalgia de tu risa.