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Ella se duerme entre mis brazos y yo la observo, contemplo su delicado rostro blanquecino, aprecio cada lunar, cada hoyuelo. Ella no me ve, pero sabe que estoy, se siente protegida y amada. Ella me ve en sus sueños, ella contempla nuestra hermosa vida entre los árboles, ella aprecia mis caricias, mis peculiaridades. Ambos estamos ahí, rodeados de una realidad insuficiente, de un mundo caótico, pero ambos nos sentimos, ambos nos entendemos, relatamos con nuestros cuerpos estáticos un bonito cuento sin final amargo. Somos parte de un todo, de un aura cognitiva. No somos amantes ni amados, somos uno, somos la explicación de nuestro destino, la esencia misma de la vida, somos compañeros apasionados que caminan por el mismo sendero, somos circunstancias diferentes situados en momentos iguales y con fines idénticos. La miro y recorro su cara con mis manos, la observo y recorro su cuello con mis dedos, no tardo en besarla, en darle cariño. La miro y me tumbo a su lado, la abrazo, la mantengo en calor. Ella es mi musa, ella es mi fortaleza; yo tan solo soy un mero pertrecho en su camino, y aun así se ha enamorado, me ha regalado su alma para que la cuide con delicadeza. Yo no dudo en complacerla, en sostenerla, ella no duda en empujarme, en hacerme volar. Ella es mi presencia, mi sentimiento. Yo soy su delicadeza, su entusiasmo, su cimiento. Ella y yo, yo y ella, somos parte de un todo creado por nosotros. La veo dormir, y cierro los ojos, me duermo a su lado, me duermo y sueño con ella, me duermo y sigo existiendo en sus pensamientos.