Dibujo

Como todos los años, casi al final, iniciaba una nueva temporada para el nuevo muñeco en aquél viejo y famoso Teatrillo. Cada día de función, la chiquillería que conformaba la audiencia, reclamaba más la presencia de la nueva estrella. El viejo títere casi no actuaba ya. Sólo esporádicamente hacía alguna aparición de relleno, aun cuando, de cierta importancia. Él era como un soporte, una contrafigura que ayudaba a distinguir mejor las cualidades histriónicas del muñeco nuevo. De hecho, era una nueva versión mejorada de él mismo. Cierta tarde “El Titiritero” abrió el cajón del muñeco viejo y lo notó pensativo.
–Creo saber en qué piensas: los días de antaño cuando los aplausos eran para ti.
–Sí, señor. Era bonito. Pero ¿sabes qué?, no siento nostalgia, más bien estoy feliz por Él. Sabes cuánto lo quiero.
–Claro que lo sé, en vuestro mundo es como tu hijo. Y también sabes que has cumplido con tu papel tan bien como has podido. Total, eres sólo una marioneta. Pero ya estás ajado, descolorido.
–Sí, señor. Y la fuerza que tú me dabas, se la dedicas ahora un poco más a Él, “Es Ley de Vida”; lo entiendo y acepto gustoso. Pero debo pedirte algo: cuando ya ni los padres de esos chiquillos quieran ver mi actuación y Él ya esté volando solo, no me dejes en ese cajón. Corta mis hilos y añádelos a los suyos para que tenga más soltura en escena, más “autonomía de vuelo”. Luego quema lo que quede de mi cuerpo, y esparce las cenizas por la senda que la ruta del Teatrillo vaya dejando atrás. Y, señor… ¡gracias por mis temporadas! Fue bueno actuar para ti. Ahora ponle a Él tus mejores reflectores y acompáñalo como a mí, sólo que con letras más grandes en tu cartel.

no es FIN, es continuación.