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La arena reflejaba a cada paso mi realidad desconsolada. La apatía aparecía en cada huella prediseñada. El fulgor pasional de la vida desaparecía lentamente con cada paso que daba, y mis lágrimas, perdían una batalla impuesta contra el mar. También lo malo iba desapareciendo, el rencor, el dolor, todo se esfumaba tras el lento paseo de mi cuerpo. Yo tan solo ojeaba el lugar con la ilusión de un niño, con la empatía de un anciano, con el irremediable cansancio de un adolescente enamorado. Así miraba yo; buscaba un vestigio de luz en aquella negra noche que me elevaba hacia la blanca luna. Buscaba en las olas del mar un saludo diferente a la indiferencia de la civilización que habitaba poco más arriba de unas escaleras de mármol mal cuidadas. Los sueños precarios de mi mente se dividían al aterrizar en la tierra vulgar de aquel hogar de náufragos. Mentiría si dijese que no me hubiese gustado olvidar y vivir en un barril, diría la verdad si afirmase que soñé con triunfar en aquel lugar de asfalto y hierro. Soy así, incomprensible, un alma errática que vaga por una playa más imperfecta que su propio ser. Un individuo que ama la soledad en aras de un futuro más social. No tengo significado porque cualquier definición es borrada de mi mente asfixiada. Todos mis problemas, mis incertidumbres, mis sentimientos, se ven menguados por el resplandor de la decadencia humana. Aquí me encuentro, en una de esas pocas playas de arena natural, no de cemento turístico, envuelto en crímenes sin firmar, cantando, sin vergüenza, las melodías más profanas de la época.
El agua del mar era mansa pero inquieta. La luna reflejaba su imagen en el espejo redondeado del océano. La línea del horizonte parecía hecha por un pincel oxidado. Todo ello, puesto en marcha gracias a un atril de madera enterrado en algún lugar de un mundo que prefirió inventárselo. La arena no dañaba mis delicados pies, los acariciaba y recubría como si de agua se tratase. El cielo, oscurecido, mostraba toda su desnudez lumínica. El viento, irónico, no se dejó ver por aquel reducto de sueños olvidados, y el frescor, intrínseco, apenas erizaba mi bello. La naturaleza es sabia, y cuando un hombre viaja, encasillado, por un montón de rocas abrazadas por la arena, le otorga el don de la indiferencia. Quien busca la soledad obtiene soledad, pues es en el único momento en el cual la vida es complaciente.
Levanté la cabeza del suelo para observar la realidad predefinida. Algo llamó mi atención, un sonido intenso y apagado que hacía eco en las rocosas fronteras de la playa. Una canción antigua, una melodía muerta en la tierra, un sonido irresistible para los marineros de agua salada. La vi a lo lejos, una mujer sin trapos que ensucien su ánima. Un cuerpo figurado que desafiaba con sus curvas cualquier principio inteligible. Una musa de antaño, de pelo largo liso y caído, con pechos firmes, piel tersa y sin escamas, de ojos verdes resplandecientes e hipnóticos que acarician con su mirada mis frías ilusiones.

Yo seguí caminando sin miedo, atrapado en su cántico inusual. Me fui acercando despacio sin que ella se percatara siquiera de mi existencia. Entonces, en el fragor de la incertidumbre, ella se giró y caminó con dulzura hacia mí. No pude dejar de andar ni el más lánguido instante, pues su entereza me hechizaba. El tiempo fue infinito hasta encontrarnos frente a frente, el uno con el otro, abrigados por el calor del mar. Así, el reloj se detuvo. Nadie movía un dedo, nadie expresaba. Ambos continuamos firmes mirándonos a los ojos. Ambos contemplamos lo inevitable, y en un leve parpadeo, yo desaparecí de aquel lugar idílico para encontrarme cara a cara con la muerte en un hospital de algún lugar de algún país lejano.