Sabía que no podría evitarlo. Nunca podía.

Cuando llegó a la esquina, la oscuridad inundó  su alma y lo tuvo enfrente por primera vez  en aquella noche; trató de escabullirse entre las calles pero él la perseguía ajeno a su estremecimiento con su ambiguo ropaje de cieno, mirándola a los  ojos con los suyos de hielo.

En un arrebato de valor, ella detuvo su andar, lo miró fijamente al tenebroso rostro y se animó  a enfrentarle, pero él, permaneció  inamovible en su silencio sombrío.

Para cuando su caminar se volvió fatiga, pretendió olvidarlo al amparo de la luz mortecina cercana que titilaba en el horizonte de esperanza que simbolizaba su casa.

Apretando el paso, trató de esquivarlo de nuevo,  pero él le salía al encuentro una y otra vez, como una idea, impertinente, mordaz.

Cuando por fin llegó a destino, mientras ponía la llave en la cerradura,  bajo la tenue luz, él la esperaba paciente marcando su presencia entre las sombras.

Miró para ambos lados cuando su puerta se abría y lo dejó afuera, como siempre, a las 10 de la noche, en su pueblo, como todas las noches en su regreso a casa.