Equilibraba su vida como a una cuenta bancaria.

Sus emociones, puestas a plazo fijo por seis meses con opción a otro semestre, seguían dándole ganancias.

Cuando se acostumbró a la seguridad y al aval de su mirada, decidió poner su capital en la cuenta de él y se casó ilusionada.

Al  transcurrir los meses, el amor fue ganando intereses y decidió abrir otra cuenta de ahorros, la cual fue acrecentándose paulatinamente al nacer su primer hijo.

Con el pasar de los años, diversificando sus emociones, comenzó a retirar su fortuna cuando él ya no le correspondía como antes.  Consiguió un amante y fue gastando sus reservas sin dejarse abatir por el débito.

Finalmente, su saldo se puso en rojo; desesperada, volcó todas sus expensas en contra de la Institución que no dudó  en cerrarle las cuentas y mandarse a  mudar  a un país asiático que le resultaba mucho más atractivo.