No quisiera, en serio, no quisiera sentir el nervio que empuja para que aparezcan estas palabras. Pero a veces las palabras son un amparo, o mejor dicho el grito cohibido en una noche de lunes. El silencio que viste a las palabras jamás comulga con el ruido que las funda y mucho menos con la necesidad que las libera y atesora en un papel. Me pregunto qué es la decisión. Una ventana respirando, una vela amarilla tiritando, un vaso despertándose, alguien. Cuando la mirada se marcha con el humo que brota por la boca, las manos arriman el hombro a esa alma inquieta. Siempre dispuestas a satisfacer la necesidad, si el coraje lo permite. Las palabras traen alivio y son las manos las que salen al socorro del escritor, recordándole que ellas existen, aun, siempre, afortunadamente. Son un guiño de ojos. Quien escribe, siempre lo hará en solitario, sus palabras tal vez evoquen multitud pero siempre serán articuladas por las manos de un solo hombre.
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Cuando parpadeo y pienso en el vientre que las gesta, no deja de resultarme curioso que nunca viene el recuerdo del nervio que las empujó. No llegan más que los colores que repasan, las formas que delinean, los sentimientos que encharcan. Escribir no es solo una forma de vivir, sino también de revivir.