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Mi mente vuela alejada de aquí, disipada entre miles de miradas inquietantes e incomodas que vagan por el aire como fantasmas incoloros. El dolor aparece, como si de la muerte se tratase, para inmiscuirse en mis tediosos asuntos. Así es, no puedo evitarlo, mi vista se va cansando y el desprecio aumenta en mis retinas, condenándome así a un momento odioso sin ningún tipo de compasión. Ojalá comprendiese el porqué de tu venganza, de tu animal y brutal golpe hacia mi insignificante inteligencia, aun no lo comprendo, y si te digo la verdad, no sé cómo puedes permitir que la mano que te da de comer se vea temblorosa y asfixiada. Sí, soy un hombre vulnerable, no por ello me he hecho débil, simplemente soy fácil de herir, ya que no tengo barreras, no tengo murallas que conquistar, tan solo piedras derruidas por mis propios campesinos. Obligadme a creer, sí, obligadme a ser vuestro y os acompañaré al fin del mundo, pero jamás permitáis que mi ánimo se vea truncado por los malvados designios de la vida. Soy un hombre dispuesto, incompleto y amordazado, pero cuya fuerza de voluntad en este terreno supera incluso a la disposición de un Vikingo en la guerra. Soy animal con inquietudes, soy humano con deseos. Sí, provengo de una estirpe joven, tan joven como mis primaveras, y aquí estoy, esperando entre tus fronteras una respuesta a mí delirante impaciencia. Permíteme estar a tu lado sin interés alguno, conviérteme en súbdito de súbditos y encontremos la paz, esa paz escondida entre el fangoso barro y la voluptuosa lluvia. Ni tú serás cazadora ni yo recolectaré, simplemente nos tumbaremos frente a la hoguera a ver pasar el calor y la luz envidiosas de nuestra ternura.