Tras la ventana de la residencia universitaria, Bruce estudiaba cada noche, pero también apagaba la luz y se apostaba en la oscuridad para mirar a la casa de enfrente.

Cuando la vio por primera vez, iba y venía desnuda por la habitación sin ningún pudor, creyendo que nadie podría verla. Sentada en el alfeizar de la ventana, cepillaba despacio su pelo, absorta en sus pensamientos. La noche anterior, atraída quizá por la tensión del muchacho, levantó los ojos y le sonrió.

Si hoy seguía allí, pensó Bruce, podrían ser cómplices.