Primer plano 4 de junio de 2011A partir de ahora, en mundopalabras vamos a contar con un nuevo apartado, escritores estrella, en el que queremos hablar, intercambiar opiniones, enriquecernos… con autores que consideramos que tienen una trayectoria interesante de la que todos podemos aprender.

Empezamos nada más y nada menos que con Isabel Martínez Barquero, una escritora murciana que tiene publicados siete libros: dos de relatos, Linaje oscuro y El cauce de los días; dos poemarios, Lunas de ausencia y El nervio de la piedra; y las novelas La historia de los mil nombres, Aroma de vainilla y Diario de una fuga. Cuenta con algunos premios literarios. Colabora asiduamente en diversos medios, en numerosos libros antológicos y revistas literarias, así como en páginas culturales de internet. Imparte un taller de relato en la Escuela de Formación de Escritores, EFE. Miembro de la redacción de la revista Scribere. Autora del blog literario http://elcobijodeunadesalmada.blogspot.com.

Os dejamos con ella prometiéndoos que no os defraudará.

Desde que somos niños nos atrapan los relatos, las historias que nos han contado nuestros mayores o que hemos leído por nuestra cuenta. La necesidad de fabulación es consustancial al ser humano. Gracias a la literatura entendemos mejor la vida, nuestra compleja estructura interna, nuestros miedos, deseos, frustraciones y, en general, todo aquello que nos define en nuestra grandeza y en nuestra miseria; también, las endiabladas relaciones humanas, sus equívocos y sus trampas. Porque, como señala Jorge Volpi en su ensayo Leer la mente, «el arte de la ficción nos ayuda a adivinar los comportamientos de los otros y a conocernos a nosotros mismos», «leer cuentos y novelas no nos hace por fuerza mejores personas, pero estoy convencido de que quien no lee cuentos y novelas —y quien no persigue las distintas variedades de la ficción— tiene menos posibilidades de comprender el mundo, de comprender a los demás y de comprenderse a sí mismo».

En un momento dado, muchos sentimos la necesidad de expresarnos a través de la escritura. Si usamos las letras para la catarsis personal, acudimos a cartas, diarios y otros textos que intentan ajustarse estrictamente a nuestra realidad concreta. Pero algunos preferimos la urdimbre de historias que pueden tener que ver o no con nuestra propia vida. La diferencia entre escribir y desahogarse estriba en la voluntad de ocultamiento. Si elegimos escondernos por considerar que nuestra vida no difiere mucho de la del resto de los humanos, vamos a tomar el camino de la ficción, donde se puede partir de algo personal o no personal, de la «cosquilla» que nos incita a escribir usando la expresión de Julio Cortázar. Contar historias surge de una íntima necesidad del subconsciente. Se disfruta mientras se escriben. Cuando empezamos no sabemos muchas veces cómo concluirán, ni debe preocuparnos. Actuamos movidos por la pasión, porque no debemos olvidar que, sin pasión, no hay literatura.

Decía el poeta portugués Fernando Pessoa que «el poeta es un fingidor». Así es. Tanto el poeta como el escritor en general «es un fingidor». Transformamos la realidad, simulamos estados de ánimo a través de los personajes, inventamos mundos inexistentes… Mediante la escritura construimos un universo paralelo que ejerce una gran influencia sobre nuestra psique. Desde el momento en el que entramos en el campo de la ficción, toda una serie de retos se nos plantean, tanto de fondo como de forma.

Escribir ficción es algo que está al alcance de cualquiera. Escribir buena ficción, sean relatos o novelas, exige tiempo y conocer ciertos mecanismos o técnicas. Pero no basta con acumular conocimientos teóricos para convertirse en un buen escritor. Se precisa algo más, como lo es la chispa interna que cada uno alberga dentro de sí, ese don intangible que lo dota para escribir y consigue el encantamiento en los lectores, los aísla del entorno y los emociona. En definitiva, es necesaria la gracia literaria, que se traduce en una mirada peculiar para elegir los temas y, una vez elegidos, atinar en la manera de contarlos. Esto último es nuestro propio sello, nuestra marca, el llamado estilo, la huella personal de nuestros textos que los hace inconfundibles. El estilo es la respiración del escritor en sus párrafos, su particular modo de organizar las ideas y las palabras para transmitirnos el mensaje.

No olvidemos que se puede escribir muy bien y no estar dotado de esa magia, de ese don que nos permite transmitir mucho más de lo que está escrito en el texto, de ese duende que acapara la atención de los lectores y los aleja de su realidad inmediata para introducirlos en la realidad fabricada por nosotros. Aunque en líneas generales a cualquier lector experimentado le suelen agradar las ficciones bien escritas, traten del tema que traten, lo cierto es que si la historia no tiene el hechizo de la pasión entre sus líneas, el encanto que surge de los que poseen el fuego de la palabra, pronto se cansará y acudirá a otro libro donde respire el ambiente prodigioso de la literatura surgido de quien posee la gracia, ese algo inefable que tienen unos pocos para deslumbrarnos con sus obras. Bien sabido es que, donde no hay agua, es inútil pretender un manantial.

Por el contrario, se puede escribir mal y estar dotado de esa gracia que transmite y conmueve. En este caso, está claro que habrá que perfeccionar nuestros conocimientos de lengua si deseamos llegar a ser considerados escritores. No basta con tener el don si no se aplica de manera adecuada. Un carpintero conoce las herramientas de su oficio, un herrero también. El escritor debe conocer las suyas, poseer cuantas más mejor, pulirlas con alegría. Jamás he entendido a esos que se llaman escritores y no perfeccionan su herramienta básica: el lenguaje. Se supone que a todo escritor le gusta la lengua; de no ser así, no estaría en contacto continuo con ella. Y, junto con el lenguaje, están todos los demás clavos, tornillos y útiles que nos sirven para conseguir mejores textos: ortografía, ortotipografía, sintaxis, semántica, estudio de técnicas literarias y un largo etcétera.

Cuanto más sepamos de técnicas literarias, mejor; pero sin olvidar que, al tratarse de una materia entroncada en las humanidades desde tiempos remotos, no estamos ante una ciencia exacta, sino ante una materia dúctil, a la que cada uno imprimirá su particular visión del mundo. En literatura, conviene huir de dar sentencias, sentar verdades inamovibles o emitir dogmas de fe. La creación tiene mucho que ver con la valentía, con el riesgo (indica Antonio Muñoz Molina en una reciente entrevista: «Si no hay riesgo, no hay mérito»), con la intuición, con la libertad. Por tanto, conviene moverse en ella sin prejuicios ni corsés que agobien, con una mentalidad abierta, porosa, la precisa para apropiarse de todo aquello que nos permita mejorar. La teoría ha de servir para soltar nuestra propia creatividad, no para asfixiarla. Como es bien sabido, los grandes escritores han conocido las normas, pero han ido más allá de ellas, se las han saltado, mostrando de este modo nuevos e interesantes caminos. La existencia de determinadas reglas no significa, por tanto, que no podamos quebrantarlas si el resultado final lo justifica. La literatura es libertad, abre caminos y no los cierra.

Cuando sondeamos el terreno de la creatividad literaria no solo hallamos lo previsible, sino que también podemos llevarnos la sorpresa de encontrar algún camino poco transitado pleno de hallazgos. Estemos atentos a todos los indicios, seamos atrevidos, perdamos los miedos y soltemos los dedos sin censuras. Merece la pena hacer el esfuerzo de ser libre, de no ponerse prohibiciones. Sin ideas preconcebidas, sin posturas intransigentes hacia nosotros mismos, sin temor a nuestros temas y a nuestros sentimientos y emociones, nos enfrentaremos al folio en blanco, o a la pantalla del ordenador, con la actitud precisa para que no nos deje mudos. Se requiere una cierta arrogancia para soltarnos a escribir, pero en la tarea continuada de la escritura hemos de potenciar la paciencia y la humildad. Sin estas dos últimas virtudes poco vistosas, estamos perdidos de antemano.