My kingdom for a horse
Por fin el silencio de lo acontecido, por fin la serenidad que acarrea la apatía. Y pensar que hace unas horas, lo que acaba de suceder se trataba de una cuestión trascendental para él. Sin embargo ahora, un cierto alivio le ofrece el saber que ya no hay más nada que se pueda hacer, que la estampida de los hechos lo han atropellado dejando en su sangre la última dosis de adrenalina, la desconsolada cuota final que poco a poco, lentamente, se escapa del cuerpo mientras despierta su sensibilidad. Derrumbado en el suelo reposa sin decisión, desplomado y con la cabeza girada hacia la derecha, mirando al mar. Siente la arena soldada al sudor del rostro y al percatarse de esto, llega la imagen de ese instante donde vio a esa misma arena de cuerpo liquido caer como en el reloj cuando jugaba ajedrez, solo que esta última era de color castaño y la que vio en plena acción fue rojiza y volcánica, o así la recuerda. La corona duerme tumbada a su lado con su impecable vestido de oro que resalta entre tantos cuerpos moribundos. Curiosa es la piedad que el tiempo le concede a ciertos objetos, ahuyentando de ellos a los estragos que a nosotros los humanos nos puede ocasionar en cuestión de minutos, solo basta que la violencia llegue empeñada en nosotros y nos arrolle, dejándolos a ellos intactos y a nosotros arruinados. La belleza altanera del oro y sus diamantes color violeta incrustados a los lados súbitamente se luce y valora gracias a la discordancia que provoca entre tantos despojos de guerra.
La corona a su lado es una premonición de las tantas entidades que acaban de abandonar a aquel hombre. Que importa en realidad quien es, aquí tumbado no es más que un mortal con la suerte de estar respirando. Sin embargo ahí está él, aun rey (las noticias tardan en llegar, y hasta que no lleguen, lo que fue sigue siendo), desplomado y con sus piernas rotas, ensangrentadas, insensibles, lejos de lo que eran hace unas horas. Y sin embargo, no es un cuerpo más, el maldito sigue siendo impar, aún tiene la suerte de desentonar con lo que lo rodea, un campo sembrado de cuerpos sin un solo indicio de vida. La suya aún perdura, aun lo atraviesa con un delgado hilo de existencia que borra el dolor físico y va directo al pensamiento para ofrecerle sus espasmos.
Mi reino por un caballo, murmura (o my kingdom for a horse, en sus palabras) y su ansiedad lo proyecta ya montado en el lomo del animal rescatándolo de aquella carnicería humana que mansamente se va convirtiendo en cementerio. La corona sigue intacta sobre la arena y los ojos del hombre hablan al verla. De qué sirve ese cacharro ya sino solo para evocar memorias inútiles, como todo lo que llega del pasado en los momentos de desesperanza, evocaciones que en realidad nunca dibujan lo que realmente sucedió. Y sin embargo, ahora todas esas memorias se condensan y se deprecian con el correr de los segundos. Todo ese pasado ahora se convierte en una moneda que se desvive por pagar. Una moneda de memorias con una corona de propina sorteándose a la primera alma que por allí pase y la exija para salvarlo.
Si, my kingdom for a horse vuelve a remachar por segunda vez con los ojos fijos en la corona, como un deseo que busca consuelo ante el frio de la muerte.
Y con la sospecha del final, llega la vida en un instante. Alcanza la presencia de la juventud, cuando la falta de luz de una certeza o vocación, lo convirtieron en ese rey introvertido y poseído dispuesto a matar despiadadamente al miedo que se aplaca en los cobardes cuando la vida se despierta y se ofrece. Llega también la evocación del amor, como un calor húmedo; y del enamoramiento, como el único sentimiento que lo hizo sentir vulnerable y feliz.
Por un instante se imagina a salvo, lejos de la muerte a la que ve llegar son su barca a vela desde el mar. Sin embargo se aterroriza al verse a salvo pero descoronado y retirado de la vida. La diferencia entre el retiro y la muerte es que con la muerte no existe pasado mientras que en el retiro, todo es el pasado (y quién puede sobrevivir a semejante tormento). Mejor morir, piensa, pero no se puede dejar morir, no él. La vida es más fuerte que la muerte en los momentos de irreflexión donde prevalece el instinto. Y ahí, en soledad, desde la arena volcánica y rojiza, con el puño cerrado y abrazado al recuerdo del amor, se va diciendo con su último respiro de vida: my kingdom for a horse.
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Comentarios:



22/05/2012
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Genoveva
Hace 367 días
Un relato: en donde la cercanía de la muerte le hace saber al protagonista que su corono era solo una parte de su traje de poder, Muy bueno.
Un saluso Genoveva.
Sebax
Hace 367 días
Gracias, Genoveva. Frente a la llegada de la muerte, todo objeto de poder se vuelve un trasto -solo se busca un objeto que nos rescate o un sentimiento calido que nos lleve de la mano a donde sea que estemos yendo-. Me alegro haberlo podido transmitir. un saludo, S