Una empanadilla, un bote de cerveza y un horno de alta potencia.

Escrito por Muriel Dean

ES UN RELATO BASTANTE LARGO, PERO ME GUSTARÍA QUE ME DIERAN SU OPINIÓN PORQUE LO PRESENTÉ A UN CONCURSO. GRACIAS ANTICIPADAS.
 
Estando los moinantes habituales reunidos, vistiendo el trozo de madera que conforma la barra, preguntó, no sé quien, cual había sido la noche, o día, más gamberro de su vida. El más sobresaliente ganaría tantas cañas como pudiera beberse. ¡No se hable más! Es decir cañas gratis y cambiar tu modelo a seguir de Rafa Nadal a Homer Simpson.
Cinco cabezas, y la mía, se centraron en recopilar aquellos tiempos en lo que lo más importante del día solía suceder de madrugada. En mi caso, habían pasado más de cinco años del período estudiantil o universitario; en otros no llegaba a tres; y en otros la década se había quedado corta para contar. Éramos un grupo de variopintas generaciones.
Las historias que podían salir de las cinco cacerolas pensantes, y la mía, merecían tomarse otra caña … Y otra. Y otra. Y ya no más, sólo las suficientes para estar en el umbral entre el “me muero” (de risa) y el “ me muero” ( de sitio, sitio, que no llego al váter).
La pregunta, mítica entre varones o féminas mayores de treinta que añoran edades sin hipoteca, era, sin duda, la más variada en cuanto a su forma. Podía empezar con: “recordáis cuando … “; o “la mayor borrachera de mi vida la cogí con mengano … “; o también “¿éste? si sabes lo que hizo una vez este camándula … “. Es decir, empezara como empezara siempre remataba de la misma manera: con un grupo de personas rememorando y jurando repetir aquello que ahora sonaba a utopía. No hace falta mencionar que lo último no llegaba a ocurrir, aunque el único soltero convencido del grupo apremiara con la rapidez de un guepardo y la matraca de las bombas de un pueblo.
En fin, que la pregunta era garantía de tarde de jolgorio. Tarde, no noche. Porque las estatuas soldadas a la barra, y yo, no fusionábamos la continuación de la siesta con la tenebrosidad nocturna, no fuera a ser que al día siguiente sufriéramos una reuma o un dolor de barriga por exponernos a la fría temperatura de la cerveza gallega.
En aquel momento de disonancia cognitiva, me asusté al girar la cabeza y ver una ristra humeante que coronaba varios taburetes. Mis compinches estaban cavilando de lo lindo para encontrar el cuento ganador.
Transcurrieron unos pocos segundos hasta que decidí pensar en mis propios demonios, en todas aquellas circunstancias que habían conformado, en gran parte, mi personalidad. Por fortuna, todos mis recuerdos gamberretes y/o avergonzantes giraban alrededor de otras personas. Nunca me he sentido solo navegando por mi memoria, fuera nadando entre lagunas embriagadas, o fuera escalando montañas serenas.
En una de estas navegaciones, me vi contemplando de nuevo la figura de la chica que, por entonces, me quitaba el hipo etílico al decirme hola. Prefiero no revelar su identidad y renombrarla Tomasita, que siempre me ha gustado y se está perdiendo – hoy en día hay más Indiras y Zoes que Tomasas; se me escapa el porqué – . Tomasita presenció una de mis historias más ridículas, pero no la mejor. Gracias a lo ocurrido, la susodicha me deleitó con uno de sus pestañeos contorsionísticos. Poca cosa para un medio hombre con un aglomerado de hormonas en los bajos. Sobre el suceso en sí no me pronuncio, ya que incluso después de tantos años me siguen dando ganas de meterme debajo de la cama por la vergüenza pasada. Prefiero recordar solamente la mirada de la chica con la que imaginaba compartir algo más, algún día.
No fui el único que tuvo un amor veinteañero en aquel cubículo alquilado donde vivíamos, al cual los dueños llamaban piso recatado. Uno de mis compañeros, Sergieras (Sergio para su madre), se moría por una de las vecinas de arriba. Tanto se moría, que cuando las tres chicas nos visitaron con un twister en la mano (un juego donde se tocaba más carne que en un autobús a las nueve de la mañana), la emoción del momento hizo que al torpe Sergieras una aceituna se le atravesará en el gaznate. Y cuando palmeé su espalda, el pobre chaval hizo “pop” como un bote de tomate Solís. La trayectoria de la aceituna recorrió cartesianamente la habitación y se suicidó por la ventana. Lamentablemente cayó en la acera y no sobre algún caminante como todos, incluso Sergieras, esperábamos. A diferencia de mí en su situación, mi compañero no sufrió bochorno. Quizás aquella ignorante aceituna ayudó en su conquista consumada.
Aquel no fue el único incidente culinario que tuvimos. Y de éste también fue responsable Sergieras, cuando no se le ocurrió otra idea que rellenar con pasta de dientes un bote de mayonesa el día que teníamos ensaladilla rusa. ¡Por un día que hacemos la comida!. El compañero que la hizo, el tercero de los “mosqueperros”, esperó nuestro veredicto después de servirla; y Sergieras, muy espabilado, me miró con cara de “tío,noledigasqueestámala”. El cocinero no la probó porque decía tener alergia al huevo y al gañán de Sergieras le entró prisa por ir a clase. Así que me la comí yo. Cómo se reían los cabrones cuando por la noche volvieron a ponérmela en la mesa.
– Come, come que la ensaladilla es rica en flúor.
A día de hoy, sigo pensando que estos dos conspiraban contra mi, en el buen sentido. Porque aunque me lo negaron muchas veces, aquella no fue la única perrería que me hicieron.
Hablando de comida y volviendo al momento presente, el camarero colocó delante de las cinco narices, y la mía, la tapa. La anécdota del más novato de los presentes quedó a medias al encontrarnos con los abrasadores callos. A ninguno nos importó ya que la anécdota no era muy buena. Trataba de un tanga, un carrito de supermercado y un bote de nata. Nada fuera de lo común para unos ex-adolescentes que presumían de alocados.
Terminados los callos y con otra cañita refrescante, mi vecino de la izquierda empezó a contar su desafortunado incidente, que implicaba papel higiénico, una suegra y un bigote. Dejo a la imaginación de cada quien que puede hacerse con estos tres elementos. Sólo aclaro que aunque no fue el ganador,con éste sí que nos reímos. Como posesos.
Y para poseso y obseso estaba otro de mis compañeros de piso. Llegó en nuestro tercer año. Nosotros lo denominamos como Álvarito el náuseas, porque eso era lo que le provocábamos cada vez que usábamos el baño.
Era un chico de buena familia, acostumbrado a llevar una existencia limpia. Una existencia donde no se acumulaban platos en el fregadero, donde los ceniceros eran simples adornos y donde la tapa del váter se levantaba. E aquí nuestro problema: ninguno de los tres “mosqueperros” era capaz de utilizar impolutamente el aseo. Nos reñía como si el mundo girara alrededor de la maldita tapa, y nosotros nos mostrábamos impasivos a sus improperios. Por lo menos, hasta el día en que se le ocurrió contarle a nuestras vecinas y compañeras de fiesta nuestras más bajas porquerías. Nunca había visto tan enfadado a Sergieras como el momento en que se enteró de que Alvarito el náuseas mancilló su nombre ante su enamorada. Presa del demonio, se agenció un tubo de film transparente (del que se usa en cocina) para envolver el retrete. Por primera vez, subió la tapa. Colocó adecuadamente y con máxima precisión el film alrededor, y esperó. Un grito, que hizo erizar mi vello varonil, brotó de la garganta de Alvarito cuando salpicó su agüita amarilla por el lavabo y sus pantalones. Para encumbrar su obra, Sergieras ordenó al náuseas limpiar cada centímetro si no quería que avisáramos a los dueños para que lo echaran del piso. Un año después, la pared seguía salpicada de gotitas amarillas que el obseso de la pulcritud nos dejó de recuerdo.
Cuando reviví el cuento de Alvarito pensé que sería bueno para deleitar a los presentes en el bar, pero escuchándolos me di cuenta de que el nivel era muy superior. ¡Y tan superior! Incluso más personas se nos acoplaron. El ambiente ya era un cachondeo, brotaban tantas palabras como sorbos de cerveza dábamos. Teníamos una temperatura perfecta, ésa que se da cuando un ruso se quita la camisa, pero a un español le llega con arremangársela. Más de uno bebió de botellas de cerveza que para otros estaban sirviendo de cenicero; y alguno se propasó haciendo brindis que acabaron con la paciencia de la camarera y cristales por el suelo. Uno, apodado Pinreles – nunca me atreví preguntar el porqué, preferí ni imaginar el posible motivo –, empezó a hablar de su época. Esa época reinvindicativa por la que muchos pasamos según el panorama político del momento.
En el caso de Pinreles, la nostalgia se reflejaba en sus palabras. Porque Pinreles vivió la punkiana Movida Madrileña y eso te queda grabado en la mollera. La musicalidad vivida en sangre. Los Nikis. Un movimiento sin límites. Glutamato ye-yé. Juventud y ganas de vivir. Kaka de Luxe. La cultura por encima de la política. Alaska y los pegamoides. Frenesí extendido a cada rincón nacional. Los zombies. Grupos musicales por doquier y premisas ocultas sobre como vivir la vida a tu manera. Tiempos underground a los que muchos deseamos pertenecer.
Pero yo soy de los noventa y pico largos, y a mucha honra.
Recuerdo uno de mis primeros conciertos como si fuera ayer: Heredeiros da Crus. Yo no lo sabía, pero aquellos chavales se convertirían en el máximo exponente del rock gallego. Acudí al evento a lo que los americanos llamarían una primera cita con Tomasita. Bueno, con ella y con todo el grupo de gamberretes que nos acompañaban. Nos pusimos delante, motivo por el cual acabamos llenos del vino que echaban desde el escenario. Evidentemente, Sergieras, ahora llamado por mí Sergieras la alcahueta, me daba generosos empujones hacia ella. Rebasado el límite de la confianza, Tomasita se cansó y empezó a empujarme a mí contra ellos, lo que formó un corrillo de empujones y vino al ritmo de “quero josar” . Fue entonces cuando me dí cuenta de que la bravura de esa chica me había enamorado, por muy ñoño que suene.
Ese gran sentimiento empalagoso no era el que reinaba en el bar en ese momento. No seré yo el que diga que no había amor en el ambiente. Porque señoras y señores, personas casi todos, habíamos llegado al instante en que tu mejor amigo se personifica en el alcoholizado sujeto que tuvieras más cercano. A mí, cual premiado en una ruleta rusa, me tocó el Pinreles:
- Tío, eres un tío cojonudo.
- ¿Yo, Pinreles? No, tío no. ¡Tú sí que eres un tío cojonudo!
- Que no, que no, que se te ve buena gente. ¡Hazmeee caso! Otra caña pa'l colega, Paco.
- Pero tú …, tú eres un luchador, tío.
Y entre finos vocablos como “tío” y “cojonudo”, Pinreles y yo parloteamos durante una media hora. Quizás fue más, quizás menos. De todos es sabido que cuando hay cervezas de por medio, el reloj se alia con el dueño del bar. Me imagino a éste último cerrando el acuerdo:
- Oye aguja minutera, tú cuando los mendrugos de la barra lleven tres cervezas encima, te paras para que no se me decaigan; a cambio te prometo no sumergirte otra vez en agua.
- ¡Pues a ver si es verdad, macho! Porque con la humedad me salen unas burbujitas en la panza que no las quita ni el Aero-red.
Divagando me hallo, imaginando relojes que traman en nuestra contra.
Aunque, afinando un poco el oído, era sencillo adivinar con una mirada que no era el único en tal situación. Otro de mis, llamémosle dispersos, compatriotas de barra estaba concretando los detalles de su huida del seminario de clérigos cavernarios en el que sus progénitores lo habían enclaustrado. Es elemental imaginar que necesitaría para escapar: o algún vehículo con ruedas, o unas buenas piernas, o que le salieran alas. Pero no. Este Houdini travieso optó por aprovechar la fe en los juegos del infierno. Y para ello, sólo necesito un palo pintado, un bote de pimienta y una sábana. La lentitud de curas y profesores hizo el resto.
Me vino entonces la añoranza del día que Darwin me saludó por primera vez. Me refiero, claro está, a un profesor. No voy a ser tan arriesgado como para decir que cambió mi vida, pero sí me enseñó que todos tenemos un don oculto, que a veces ni sabemos. Sea el don de la broma como mi amigo Sergieras; sea el don de la belleza como Tomasita; o sea el don para contar historias como ahora estaba haciendo uno de estos maleantes con los que me junto en el bar. ¡Ay,amigo de Vigo, a quién se le ocurre jugar con un burro, unos palillos y una caja de profilácticos …! Menuda aventura tuvieron, menos mal que fue un final feliz. A veces no se sabe quien es más burro.
Bueno … en el pueblo de uno de mis amigos de la infancia, puedo afirmar y afirmo que los más burros eran sus habitantes. Y no me refiero a que eran analfabetos, me refiero a que eran cabestros y las montaban pardas. La mayoría de la gente pensaría que eran pueblerinos sin estudios, pero yo incluso a veces los veía como héroes. Para ejemplo, el viejo Rufino, que cansado de que el cabrito le diera con los cuernecillos, se anudó un cinturón a la cabeza con un clavo tamaño rascacielos, y retó al animal:
– ¡Dame ahora, carallo! ¡Dame!
Asomados desde el muro: mi amigo, unos cuantos chicos y yo, vimos como el viejo se encaró con el cabrito, y éste, ni corto ni perezoso, lo embistió con todo su poderío. Fue la última vez que lo hizo. Ni el viejo Rufino ni el cabrito volvieron a ser los mismos desde ese día; sin embargo cada vez que me encuentro con mi amigo revisualizamos la escena sin poder parar de troncharnos de risa.
¡Si es que hay gente muy burra!
Y entre esa gente se encontraba algunos de los me acompañaban en la taberna. Podríamos haber escrito tantas hojas de aventuras como páginas tiene el Quijote. Me pasmaron los víctores que se llevó el último hombre que habló. Y lo que más me sorprendió de aquella tarde de jolgorio, es que a pesar de lo bien que lo estaba pasando, de volver a sentir que tenía veinte años, de hacer nuevos colegas, de tomar unos callos estupendos …, deseaba llegar a casa para acostarme al lado de mi Tomasita, que por muy cansada que viniera del trabajo, siempre tenía ganas de fiesta.
¡Ah! Se me olvidaba comentar que la historia más exitosa versaba sobre una empanadilla, un bote de cerveza y un horno de alta potencia. ¡Felicidades al ganador!

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categoriaRelato commento8 Comentarios data15/03/2012 pdfPDF

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Comentarios:


Juan mireles
Hace 435 días

Muriel, dejando de lado el tema; sí veo detalles: acentos faltantes, algunos fallos en puntuación y otras cositas que vi. Con una pulida queda. Dices que ya lo presentaste ¿es esta misma versión o mandaste otra? Si es esta esperemos que los jueces no sean muy exigentes.
¡Saludos!


Muriel Dean
Hace 435 días

tranquilo juan mandé uno que estaba corregido por una profesora. Sólo que aquí puse esta version porque la otra la tengo en otro ordenador. Un lio. Los jueces son los usuarios, asi que confio no sean exigentes. El relato tenía que tratar sobre la cerveza y su aspecto social, y espero haberlo reflejado. Un saludo


NEUROMANTE
Hace 434 días

Muriel, me gustó, es raro encontrar un texto escrito por una chica que hable de hombres y se desarrolle con ese tono masculino tan coloquial, y las cosas que viven en la alcoholescencia.
Como apuntaba Juan, hay varias fallas, pero esperemos que con el texto corregido ganes.
La cosa que me inquieta es que en los concursos literarios, señalan en un sus reglas que los textos deben ser inéditos, que no hayan sido publicados o colgados en la web, ¿no tendrás problemas por publicarlo aquí? Saludos, y muy bien.


VMONTEMAYOR
Hace 434 días

Querida Muriel, yo lo encuentro muy bien, la idea de escribir desde el otro genero no es facil. Lo unico que espero es que el jurado sea espanol, porque esta lleno de expresiones coloquiales poco comprensibles para hipanoparlantes que no sea espanoles. Un beso y que te vaya muy bien en el concurso…no dejes de avisar.


Muriel Dean
Hace 434 días

Bueno supongo que este concurso es un poco especial, tal vez porque es el primer año que lo hacen. Votan los usuarios y entre los más votados eligen uno. No ponía ninguna pega a que el relato estuviese en una web, y por lo que sé la mayoría de los votantes son españoles.
Digamos que es un concurso aun novato.
Me haría ilusión ganar, claro está, pero si mandé el relato fue porque votaban los usuarios y no un jurado (como en la mayoría sí hacen).
Y sí, la mayoría son expresiones españolas o gallegas (como “quero josar” que es gallego puro).
Lo que si os puedo decir es que algunas de las historietas son ciertas como la de Rufino.
Gracias por la paciencia por leerlo y comentar


Adri Delfini
Hace 433 días

Me gustó el cuento Muriel,sólo que para mi gusto es extenso…no tengo idea que es “quero Josar” es lo único que no entendí, exito y bendiciones para tu cuento, abrazo.


Muriel Dean
Hace 433 días

Gracias a Adri y a todos por dedicar tiempo a leerlo. La extensión es debida al concurso, no suelo hacer relatos tan largos. Y “quero josar” es “quiero gozar”, una canción de un grupo gallego Heredeiros da Crus.


MIGUEL
Hace 367 días

Muy bueno, recuerda: sea cual sea el personaje; masculino, fenenino, lo mas importante es que sus dalogos y sus comportamientos sean totalmente creibles.
Muy bien y enhorabuena. yo no soy jurado de ese concurso, pero aqui te pongo 5 estrellas.
Felicidades escritora.

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