Las ventajas de llamarse Ernestor
Escrito por dasaleph
Mi autoestima tiene el tamaño de un grano de mostaza, y no por culpa de mis padres (como todo el mundo llega a deducir luego de dos o tres sesiones de terapia), lo mio viene de lejos. La historia es larga y tediosa, intentaré hacerla breve y amena.
Corrían los días primeros del año 1905, y mientras en Rusia una revuelta pacífica de obreros que pedían protección al Zar se despotricaba y detonaba en el Domingo Sangriento, en una pequeña villa del País Vasco nacía mi abuelo. El obrero que comandaba esa revuelta era un extranjero, el vasco Ernest Orriavarrena, quien antes había sido pescador de ballenas en los mares del sur, y ahora se dedicaba a la curtiembre. Mi bisabuela (doña Alonza Maria de las Mercedes de Vizca y Rancha Alcantara) no era muy afín a las revoluciones, y aprovechando que mi bisabuelo se encontraba en viaje procedió a nombrar a mi abuelo como Íñigo Manuel, nombre que mi bisabuelo detestó por siempre ya que él había querido llamarlo Ernestor, en honor a su héroe proletario.
Pasaron los años, el bisabuelo murió y mi abuelo se embarcó a las américas, en busca de un ideal inexistente. Fue un amante esposo, amasó una fortuna mediana y tuvo dos lindas niñas, la tía Gema y mi madre: Ernestina. Y aquí es donde empieza lo bueno, mi madre no tenía en sí ni una pizca de proletaria, gracias a la buena vida en América y a su sangre ibérica era tributaria de un conservadurismo desmedido. Se enamoró de un coronel de navíos, mitad uruguayo, mitad porteño, y dedicaba sus ratos libres a tomar el té en el Casino Parque Hotel. Cuando Ernestina quedó encinta junto a su esposo decidieron llamar al niño Adonis, ese era su plan y ya tenían sus batas con el nombre bordado en cinta de seda.
El abuelo era terco como una mula, y cuando el niño estaba por nacer el padre debió embarcarse para defender los intereses de la Patria, la madre fruto de su delicadeza pasó sus últimos días de embarazo casi inconsciente, no quería comer ni hacer cosa alguna. Así que cuando el niño (que soy yo) nació, Íñigo lo tomó y viendo que nadie reclamaba pieza de esa formidable faena hizo uso de su derecho de ser el abuelo y lo llamó Ernestor en honor a su padre, que es mi bisabuelo.
Mi padre regresó y ya estaba todo dicho, él era un conservador como mi madre y no era de hacer reclamos. Me contaron que el abuelo murió con una sonrisa en el rostro cuando yo tenía algo así como tres meses. No lo conocí, pero estoy seguro de que desde alguna gruesa nube cada tanto me mira y se sonríe, mostrándole con orgullo su nieto a Ernest Orriavarrena y a mi bisabuelo cuyo nombre nadie recuerda.
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Comentarios:
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22/02/2012
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VMONTEMAYOR
Hace 86 días
Muy buen relato, Alex, interesante y diverdtido.
Juan mireles
Hace 85 días
Me gustó tu relato. El nombre causa mucha gracia. Saludos.
dasaleph
Hace 85 días
Gracias a todos por los comentarios.