En el jardín de nazarenos
Había una vez un pequeño jardín.
Sus árboles apenas cargados de fruto, pocas flores, muchas piedras y el cuidado que una gran señora de piel oscura que sólo recogía hojas secas.
Sólo, casi como quien vaga sin rumbo en una desolada carretera, paseaba por el jardín. Me detuve y al distinguir relucientes frutos quise robarle uno al mandarino; ácido, pequeño pero humilde ante su suerte de abandono, se me ofreció y su espíritu luego a los pies del padre árbol se quedó. Era su propia inmolación con la esperanza de resucitar en nuevos frutos.
A los ojos de la mayoría no había mucho más por descubrir, sin embargo con atención pude distinguir forma, color y textura de una planta que fue gran amiga y que hace muchos años no veía.
La conocí sin saber su nombre y luego me confundieron porque no todos la llamaban igual. Me dijeron nazareno por el color púrpura de sus pequeñas flores. Me dijeron cola de zorro por la forma de cada tallo que terminaba en flores menudas una frente a la otra en los extremos de la varita.
Porque lo nuestro fue una relación amorosa siempre, me acerqué para mirar más y descubrí que alrededor había más plantas casi asfixiadas por hierbas que la gran señora de piel oscura no pensaba eliminar.
Con cuidado comencé a retirar las hierbas que sin hacer nada más que sobrevivir acechaban, en una lucha de vivir o morir, a las flores púrpuras que todavía no cumplían su misión.
Con manos desnudas y sin herramientas, poco a poco y bajo el sol abrasador del Caribe, fui descubriendo para los demás un espacio verde donde había un grupo de jóvenes plantas dispuestas a continuar con su crecimiento libres de cualquier tipo de opresión.
Con voz amistosa le pedí a la gran señora de piel oscura aproximarse para mostrarle mi pequeño tesoro y le encomendé una misión.
Ella no conocía la planta y menos su gran valor. Era una más entre todas las hierbas y porque en su vida las necesidades apremian desde que sale el sol hasta que se pone, su único pensamiento era llevar el pan a una mesa rodeada de niños con hambre.
Nos entendimos y acordamos que les daría atención y cuidado para que en las próximas Navidades ella, los ocupantes de la casa y la mujer de la pañoleta de colores, recibieran mi mejor regalo.
En Diciembre y luego de apenas dos meses las plantas estarían fuertes y adornadas plenamente con flores moradas y en esa Navidad la mujer de la pañoleta de colores quedaría rodeada de lindas mariposas que como fieles comensales abundarían alrededor del nazareno.
Nunca sabré si el encargo se cumplió. Partí de la Isla y nunca más volví pero si algo deseo es que la mujer que allí quedó sea desde ese entonces el manjar favorito de coloridas mariposas porque su dulzura y el brillo de sus ojos me cautivaron como a una mariposa de alas grises y oscuras.
Hoy el jardín es otro.
Los árboles, las plantas y las mariposas siguen allí. Lo que ha cambiado es el perfume en la pañoleta de colores con la que se pasea la mujer del jardín de nazarenos.
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Comentarios:
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22/02/2012
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Florencia
Hace 85 días
¡Que lindo! Me gustó, muy buen relato.